Micky González y el racismo en el Perú
Artículo que nos muestra cómo es el racismo en Perú, una visión del racismo peruano a nivel nacional. Muy útil para entender este problema social que afecta a todo el planeta.
20 de febrero · 1782 palabras
El racismo es un tema en boga hoy en día.
Se pueden encontrar varios ejemplos en los medios, como los jugadores a los que se les grita "mono de mierda" en los partidos de fútbol, a una chica mestiza que es pateada en el metro en España por un drogadicto al ser ecuatoriana, y a una joven blanca europea que es violada por chamanes peruanos durante una sesión de ayahuasca.
La infancia es un lugar donde el racismo también florece. Se puede recordar cómo se burlaba de un chico blanco cuando estaba en la escuela primaria. Los niños se reían y hacían muecas del niño mientras él los perseguía por el patio, enojado y llorando.
Finalmente, el niño blanco recibía puñetazos mientras los otros niños se reían. En resumen, el racismo es un problema persistente en todo el mundo y se manifiesta en formas sutiles y más obvias.
Los efectos del racismo pueden ser duraderos y debemos trabajar juntos como sociedad para erradicarlo en todas sus formas.
Un tema muy actual es el del llamado racismo.
A menudo escuchamos que en un partido de fútbol, a un jugador le gritan: “mono de mierda”, porque es una persona de raza negra.
Así también vemos en la televisión que a una chica en el metro en España un drogadicto la patea por ser ella mestiza, de origen ecuatoriano.
También tenemos noticias de que a una joven blanca, europea, la violan en el Perú unos “chamanes”, en una sesión de ayahuasca… por ser blanca. Porque esto no ocurre jamás con personas del país, indígenas, que van a esas sesiones seguido y vuelan con esos brebajes para ver, en el otro lado, a sus enemigos, a los que les hacen daño…
Racismo en la infancia
Recuerdo que cuando estábamos en la escuela primaria, mi amigo íntimo Nil Lavarello Sifuentes y yo nos burlábamos duro de un chico blanco, de ojos verdes, cabello rubio, de nombre Alex Ramsey Andrew.
Todo el día, de lejos en el salón, le hacíamos muecas, lo arremedábamos y la víctima, desde su carpeta, con señas, nos advertía “que nos iba a dar duro en el recreo”.
Ni bien sonaba la campana, mi amigo y yo salíamos corriendo del salón a buscar algún lugar del patio para escondernos. Alex, el chico “gringo”, enfurecido, salía tras nosotros. Nos correteaba por todo el patio.
Nosotros, muertos de risa, corríamos en círculo por los baños. Alex nos perseguía y cuando nos alcanzaba nos golpeaba a su gusto: patadas, puñetes, jalones de pelo, mientras nosotros, muertos de risa, recibíamos golpe tras golpe.
El niño blanco nos miraba con odio y lloraba, mientras nos daba puñetazos… sufría porque no nos hacía llorar, nos decía: “indios malditos, indios de mierda”… y lloraba. Sus ojos, cargados de lágrimas, parecían desorbitarse, mientras nosotros reíamos sin parar.
¿Por qué lo molestábamos, por qué nos burlábamos de él?
Porque era blanco. Por eso.
Nos daba risa su figura delgada, su tamaño enorme para su edad. Parecía un fenómeno, porque todos apenas le llegábamos al hombro, pero todos éramos más fuertes que él. Éramos pequeños, pero con brazos y piernas macizos, caja torácica más ancha.
Es más: su cabello rubio, sus ojos verdes, su rostro casi rosado nos provocaba risa. Parecía una muñeca. Asociábamos su rostro, su tipo racial, con la imagen de una leona tuberculosa cuando se enfurecía.
Así crecimos, insultando a todos los compañeros de clase que podíamos, para que se enfurezcan y nos correteen por el patio de la escuela. En la edad adulta, un día comencé a darme cuenta de que todos en el país éramos racistas, por naturaleza, por hobby, por ignorancia, por falta de solidaridad con nuestros compatriotas. Pero lo éramos.
En el barrio, en Pueblo Libre, entre nosotros había chicos y chicas blancos, morenos, negros, indios, chinos o asiáticos.
Un día, cuando estábamos en la calle, un ambulante de apariencia quechua, de casualidad, golpeó con su paquete a mi acompañante.
De inmediato mi amigo Luis, de raza blanca, le dijo:
— Serrano de mierda. ¿Qué te pasa?
Esta expresión significa: ¿Cómo te atreves, no sabes que me debes respeto?
A mi tía Olga, un día un quechua le dijo: “Mamacita rica”.
Mi tía se enfureció y le contestó: “¿Qué te pasa, cholo de mierda? Yo podría ser tu patrona”.
Hay la idea en el Perú de que la gente que es mestiza, aborigen, indígena, le debe respeto a cualquiera que sea de raza blanca, porque esta última es mejor, superior.
Cuando no es así.
Hay miles de blancos burros, brutos, homosexuales, drogadictos, vagos, muertos de hambre, rateros, bribones, como los hay en todas las demás razas.
No se es mejor porque se es blanco, negro o asiático.
Antecedentes históricos
Desde la conquista ya hubo una gran discriminación contra las razas negra, asiática, indígena y quechua, a quienes se les mira y trata con enorme desprecio.
Ellos no podían asistir a la escuela, menos a la universidad. Solo lo hacían los hijos de españoles nacidos en el Perú, los peninsulares.
Para los asiáticos la colonia española ofrecía trabajos en el campo y luego terminaron dedicándose a ser cocineros, pero nada más.
Para el negro estaban los trabajos forzados en cañaverales, porque no rendían en las minas.
Para los quechuas las minas, el socavón. Estos sufrieron un genocidio como raza a manos de los españoles en el Virreinato del Perú.
Es así que cuando llega la Independencia su situación no cambió; los negros siguieron siendo esclavos, los quechuas vivieron abandonados en la sierra, considerados por los nuevos “conquistadores”, los criollos, como basura, chusma, muertos de hambre, salvajes, “la vergüenza nacional”.
Por eso vemos que desde esa época hasta hoy hipócritamente los dueños de los bancos, de las empresas mineras, los dueños del capital, los que manejan el país, en función de sus intereses, privilegian las imágenes de éxito asociándolas con gente de raza blanca. Cuando justamente esta raza es la que hoy día llena nuestras cárceles por narcotráfico, siendo todos los presos mayoritariamente pertenecientes a la raza supuesta superior, blanca, de nacionalidad española. También hay holandeses, ingleses, sudafricanos, judíos, blanquitos maleantes, en cantidad.
En estas tierras peruanas no se han dejado atrás las costumbres de la colonia, menos las del Virreinato.
Así como en aquellos tiempos el virrey amanerado, medio marica, le decía a la que dicen era su amante: “Perra chola” y hoy día hasta le dedican miniseries como “La Perricoli”, que solo estúpidos miran con placer. Hoy se sigue menospreciando a la mujer por su raza.
Si es quechua, debe ser doméstica; si es blanca, secretaria ejecutiva; si es asiática, cocinera de chifa; si es negra, no sirve para esposa, solo como diversión.
Hoy día, cuando un negro pelea con un quechua, le grita:
“Serrano de mierda… indio”.
El quechua le contesta:
“Anda nomás, orangután, simio”.
Si la pelea es entre quechuas, se gritan unos a otros: “cholo de mierda”.
Que a un blanco limeño le digan: “Cholo de mierda” es una mentada de madre, en el Perú. Un insulto imperdonable. Esto provocaría una pelea feroz.
Micky González
Nuestro cantante jamás ha sido racista; más bien incorporó el ritmo negro a sus composiciones. Con enorme cariño incorporó la música negra a los ritmos modernos; sus videoclips de sus temas presentaban a poblaciones negras de rincones del país, donde ellos son mayoría, bailando y cantando con él.
Estos videos musicales y sus composiciones dieron la vuelta a todo el país y traspasaron las fronteras.
Lo ocurrido con su menor hijo y una pareja en una sala de cine en Lima no lo convierte a él y su familia en racistas. No lo son.
El niño es un menor de edad, no es de ningún modo responsable de sus actos. Por muy grosero que hubiera sido, no se le puede exigir responsabilidad por sus actos, ni menos será castigado ni sancionado por la ley.
Tal vez estuvo mal que contestara con groserías y calificativos, pero no era eso suficiente ni motivo válido para que la pareja lo golpee, lo agreda. Eso sí que es absolutamente reprobable y debe ser castigado por el órgano jurisdiccional.
Nadie puede golpear a un niño de trece años, por más insultos que reciba de este. Así el niño conteste con patadas a la agresión, eso no lo convierte en delincuente. Es una reacción a la bofetada recibida por parte de un par de extraños.
Los menores de edad son inimputables; no responden penalmente por sus actos.
No se le puede pedir a un niño cordura, responsabilidad ni consecuencia en sus actos.
La mayoría hoy en día son irreverentes; incluso insultan hasta a sus padres o hermanos. Son así.
La educación los va cambiando poco a poco; es un proceso de años, interactuando con los demás miembros de la sociedad.
Que un niño le diga a una señora: “Chola de mierda” no es una justificación para que ella le dé una bofetada. Téngase en cuenta que la señora es mayor de edad y ella sí responde por sus actos, civil y penalmente.
Una persona adulta debe reaccionar de manera responsable, con cordura, porque al final de cuentas todas las expresiones consideradas insultos, humillantes, no son más que palabras.
“Las palabras, los insultos, los adjetivos no provocan ni siquiera lesiones leves. Pero una bofetada en la cara sí provoca lesiones, de todas maneras, en un niño.
Nos imaginamos que el abogado de Micky González ya habrá exigido a la Policía Nacional que su hijo pase el examen del médico legista para que este indique el grado de lesión que sufrió el niño abofeteado.
Si el médico legista encuentra que hay lesiones, pues lo consignará en el certificado respectivo y no olvidemos que por lesiones leves muchos han sido ya en Perú sentenciados.
La televisión, como siempre, ha aprovechado para hacer un enorme escándalo, para hablar de algo que venda, que genere rating. Un asunto que debe verse estrictamente en el campo jurisdiccional ha pasado a ser el tema del día en todos los noticieros de televisión, radio y en los periódicos.
Es como si quisieran los señores periodistas direccionar las decisiones judiciales, como en el caso de Miriam Fefer y del estudiante universitario que asesinó a un delincuente en las calles de Lima y que hoy día está con comparecencia restringida.
La ley debe prevalecer: un niño fue golpeado por dos adultos. Si el médico legista encontró lesiones, la pareja debe ser sentenciada. No es un asunto de racismo; es un asunto de dos adultos que le han puesto la mano a un niño.
Sé que muchos dirán que busco congraciarme con el cantante, pero no es así, porque no lo he visto jamás en mi vida; no lo conozco, no soy amigo de su familia. Soy una persona racional que ve las cosas dentro del contexto legal y punto.
¿Le gustaría que a su hijo le peguen dos señoras blancas porque les dijeron: “pitucas de mierda”?
¿Le gustaría que dos caballeros quechuas le den una paliza a su hija de catorce años porque ella les gritó: “serranos de mierda”?
¿Está justificado que uno o dos adultos golpeen a un niño de trece, catorce, doce años porque contesta con insultos o les arroja cáscaras de plátano en la cara?
Si usted cree que sí, yo no.
Yo creo en la ley, en el sistema legal. Yo creo y sostengo que estos dos adultos deben ser sentenciados por el órgano jurisdiccional si le provocaron lesiones al niño hijo del cantante.
Si hoy día se disculpa que dos adultos golpeen niños con la excusa tonta de que sufrieron insultos racistas, que no nos extrañe que en los próximos meses veamos innumerables niños golpeados por personas mayores de edad, acusando a los párvulos de “racistas”.
Esa es la estupidez en que han caído todos los noticieros del Perú, calificando a un niño de trece años, a un menor de edad, de racista.
Es tal estupidez, increíble.
Sonría y sea feliz.
PEDRO ALEJANDRO REYES RAMOS
www.actiweb.es/alvisegperu
PEDRO ALEJANDRO REYES RAMOS
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Sobre el autor
Instructor de Seguridad Publica y Privada inscrito en el Ministerio de Interior de Peru.Director de AASIPP PERUDirector de Alvisegperu
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