Grado de toxicidad masculina en zona urbana y rural
La sociedad hoy día sufre mucha violencia, violencia que generamos nosotros mismos sin darnos cuenta y que nos destruye a cada instante. Necesitamos dejar de actuar condicionados por el pasado: salvemos nuestra identidad del paradigma masculino tóxico y vivamos usando la razón, no solo el instinto.
14 de diciembre · 3386 palabras
El artículo aborda la presencia de la toxicidad masculina en zonas urbanas y rurales y su relación con los altos niveles de violencia que se viven en la sociedad actual.
La investigación busca establecer el grado de toxicidad en aspectos como la igualdad de género, los valores, el manejo de los sentimientos y la exploración personal, para poder visualizar que el hombre necesita redefinir su personalidad y reducir el daño causado a sí mismo y a quienes lo rodean.
La violencia se ha vuelto común en la vida diaria, incluso en la familia, la escuela, la política, los deportes y los medios de comunicación. Esta situación ha generado temor, desesperación, impotencia, crisis emocionales y rabia.
Sin embargo, también crea una gran necesidad de cambio para recuperar la estabilidad y la libertad personal, lo que a su vez puede generar una sociedad más sana.
Por lo tanto, es crucial tomar medidas para combatir la toxicidad masculina en todos los contextos y fomentar una cultura de respeto y equidad de género.
2011
Universidad del Valle de Atemajac
Plantel La Piedad
“Grado de toxicidad masculina en zona urbana y rural”
Yesenia Macías Rojas
Resumen
En la actualidad vivimos en un mundo donde el pan de cada día es la violencia, nos la encontramos a la vuelta de la esquina, en las familias, en la escuela, en la política, en los deportes, en los medios de comunicación y hasta en nosotros mismos. Esta situación tiene como objetivo obtener el poder, lo cual autoriza a las personas a aplicar el principio: “el fin justifica los medios”. Lamentablemente esto es parte de nuestra realidad, lo cual ha generado temor, desesperación, impotencia, crisis emocionales y rabia. Pero, por otro lado, también crea una gran necesidad de cambio que nos permita recuperar estabilidad y libertad personal y que esto a la vez genere una sociedad más sana. Por tanto, el presente trabajo trata de establecer el grado de toxicidad masculina en una ciudad y en una comunidad rural, así como también identificar en cuál de estos dos contextos se presenta más toxicidad. Tal toxicidad es una de las principales causas de los altos niveles de violencia actuales; sin embargo, con esta investigación también se busca establecer de manera más específica el grado de toxicidad en varios aspectos como son: la igualdad de género, la aplicación de los valores, el manejo de los sentimientos y la exploración personal. Cuantificar estos aspectos de la personalidad de los hombres nos permite visualizar que el hombre necesita redefinir su personalidad en la cual no se cause tanto daño a él mismo y a los que lo rodean.
Marco referencial
Es realmente alarmante que ante tal situación de violencia el cambio urgente se siga postergando. Pareciera que estas situaciones de violencia son inevitables y hasta hemos llegado a considerarlas normales. ¿Por qué? Bueno, pasa algo similar a esos momentos en donde al referirnos al gobierno decimos que no sirve favorablemente a la ciudadanía, que es deshonesto, que el gobierno tiene la culpa, sin darnos cuenta de que el gobierno, en este caso, está conformado por personas como tú y como yo. De igual manera ocurre con la violencia: la vemos como un fenómeno que ha venido a atacarnos; sin embargo, somos nosotros quienes la creamos y la intensificamos a cada momento; somos como el pez que no se percata de la existencia del agua, pues vive inmerso en ella. Como integrantes de una sociedad actuamos regidos por un paradigma hegemónico perteneciente por sus características al poder, a lo masculino, al machismo. Tal paradigma es el principal responsable de la calidad de nuestra sociedad actual. Sin embargo creemos que “el machismo” pertenece al pasado, a la época de nuestros abuelos; lo creemos porque estamos contaminados de tal paradigma y llegamos al grado de adherir un pensamiento mágico que nos aparta de toda responsabilidad ante nuestros actos y creemos que con solo desear un cambio este sucederá. Y es así como solo giramos en el mismo lugar sin ver lo urgente de comenzar a actuar.
La masculinidad tóxica
Desde los tiempos primitivos el hombre y la mujer han adquirido aprendizajes y conductas que les han ayudado a sobrevivir: el hombre se dedicaba a la caza para alimentarse y alimentar, mientras que la mujer se dedicaba a la recolección de frutos y al cuidado de los más pequeños. Tales antecedentes han tenido gran peso en la relación entre los géneros; a los hombres se les encargó el manejo del mundo externo, lo social, y a las mujeres les tocó la administración de lo doméstico, lo íntimo. Es desde este momento donde se fundó un modelo de interacción que, mediante las funciones de cada género, ha formado nuestra sociedad y nuestra cultura.
Lo anterior es el inicio de un paradigma hegemónico; sin embargo, tal paradigma tomó fuerza con el surgimiento de la Revolución Industrial: los hombres empezaron a dejar el hogar para ir a trabajar largas horas y en ocasiones días o semanas, lo cual fortaleció la especialización. El hombre trabajaba para proveer y la mujer cuidaba la casa y criaba a los hijos. Los hombres entonces se definieron como productores y proveedores, agresivos y fuertes, lo que significaba carecer de debilidad; y aquí entran las emociones, las dudas, los temores, la pasividad y la amabilidad, características de las cuales era necesario deshacerse para lograr el objetivo. Desde entonces la organización social ha tomado forma.
En nuestros días las acciones humanas están, lamentablemente, basadas en este modelo de opresión y carente de humanidad: el hombre que se posiciona con características de “macho” ejerce poder y control ante los más “débiles” (mujeres y niños).
Tal modelo recibe el nombre de masculinidad tóxica, que “se basa en la agresividad, el rendimiento, la fuerza y la anestesia emocional” en el hombre (Sergio Sinay, 2007), y ha dejado consecuencias que rigen cada uno de nuestros días; nos impide enriquecernos de la diversidad, nos infecta el pensamiento y nos imposibilita para trascender y complementarnos.
La masculinidad tóxica es una estructura histórica que, con ayuda de instituciones como la familia, la iglesia, la escuela y el Estado, mantiene el orden de los sexos y, por supuesto, la identidad de los mismos. Las características masculinas y femeninas no son innatas, sino el resultado de este proceso de socialización.
Otro aspecto que da fuerza al paradigma masculino es la distinción anatómica de los órganos sexuales, pues aparece como la justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre los sexos y de la relación parcial de dominación de los hombres sobre las mujeres. El ser femenino es percibido como un ser para otro y se genera una violencia simbólica con relación a la dominación recibida, pero tal violencia resulta invisible tanto para el dominador como para el dominado, puesto que las acciones dominantes en el hombre parecen estar sustentadas en lo consciente, sin embargo se encuentran ocultas en percepciones y hábitos culturales duraderos. Lamentablemente se ha generado una diferencia excluyente entre ambos géneros que se intensifica con los cambios económicos, socioculturales y políticos, lo cual da como resultado una crisis de identidad masculina.
Lo femenino compartiendo exclusividad masculina
Hay tres situaciones que marcan las diferencias entre hombres y mujeres: el género, el trabajo y la educación. Es bien sabido que en el pasado las mujeres eran definidas como meras reproductoras de la humanidad; no tenían oportunidad de trabajar en puestos de gran mando y mucho menos de estudiar. Sin embargo, en el siglo XX surgió una reconfiguración del mundo social: la mujer se incrustó en el mercado laboral, lo que le permitió generar las condiciones necesarias para su independencia económica y, de manera progresiva, la posibilidad de participar del poder en ámbitos públicos, políticos, ejecutivos, empresariales, artísticos, intelectuales, etc. Lo cual fue resultado del desarrollo de sus capacidades; la mujer ponía en práctica un recurso que parecía exclusivo del hombre: la razón.
Mientras la mujer seguía construyendo con seguridad el mundo que quería, el hombre quedó en una posición incómoda, pues convivía ya con un ser que exigía sus derechos en el ámbito social como cualquier otro individuo. La mujer dejaba de ser un objeto sexual y se convertía en un sujeto sexual, dueña de su cuerpo y de su vida en general.
El trabajo es un aspecto de suma importancia para la formación de la personalidad en el hombre, pues lo hace el proveedor; sin embargo, con la aparición de la mujer en lo laboral esto dejó de ser exclusivo para el hombre y hasta llegó a convertirse en un aspecto que devaluaba al varón, pues las crisis económicas generaron la necesidad de que la mujer apoyara para el sustento del hogar, lo cual generó que el hombre se sintiera desvalorizado y humillado. Diríamos que esta reacción en el hombre no es normal, puesto que tendría un apoyo en la mujer antes que una amenaza.
Lo natural está dado, creado con leyes inamovibles, pero también cada cosa funciona en armonía y se integra a lo opuesto. Lamentablemente esto no sucede con lo masculino y lo femenino. A estos los definimos a partir de paradigmas y estereotipos; los creemos diferentes, por tanto contrarios, y esto genera rechazo e imposibilita la integración y la trascendencia.
Hombre libremente esclavizado
Se habla de una violencia simbólica, pues el hombre actúa bajo la influencia de la masculinidad tóxica: este debe ser violento, poderoso, proveedor, productivo, fuerte, etc. Por mencionar un ejemplo, en el aspecto sexual se cree que la mujer ha sido un objeto que el hombre utiliza a su antojo; sin embargo, el hombre al mismo tiempo también lo es: el paradigma masculino lo obliga a sentirse siempre listo, a tener el pene más largo, a demostrar su condición de semental. Lo cual nos hace pensar que el único esclavo ha sido el hombre, pues ser hombre significa imitar y transmitir más de lo mismo: más machismo, más aislamiento emocional, más competencia y menos cuidado de sí mismo y de los demás. Entonces, el resultado son hombres inseguros y solos que fracasan cuando se topan con algún problema; crean una sobredosis por no haber sido estimulados en otras alternativas, como las psíquicas, y no generan un cambio positivo.
¿Cambio? Para un verdadero cambio el hombre necesita explorar su interior, conocerse, utilizar características que están en su persona pero que no ha desarrollado. Solamente utiliza una característica por miedo a parecer ridículo o un marica. Si le damos un sentido a nuestra persona, nos perdemos de muchos más; por lo tanto, quedemos abiertos a las diferencias y a los cambios.
Se han explorado cuatro grandes energías arquetípicas que habitan en el hombre y que, mientras no las descubra y explore en sí mismo, será un simple repetidor del modelo tóxico.
Estas energías son la del rey (energía paterna nutricia y orientadora, energía de guía y protección), la del guerrero (la agresividad puesta al servicio de causas constructivas, la capacidad de afrontar sus emociones, hacer de la violencia amor, del miedo determinación, de la duda audacia; la energía que lo lleva a establecer prioridades antes que urgencias), la del mago (la del conocimiento puesto al servicio de la transformación, sobre todo de la interior; la energía que lo conecta con los mundos no tangibles) y, por fin, la del amante. Ésta es la energía que los varones necesitan explotar y poner en sus relaciones con las mujeres en particular y con el mundo en general. El amante accede, con conciencia, a lo más sensible de las relaciones, desarrolla la empatía, puede registrar el dolor y la amargura del otro (y del mundo), así como compartir su gozo; ve a los otros como sujetos únicos y aprende a “leer” sus emociones. (Robert Moore y Douglas Gillette, pág. 169, citado por Sergio Sinay, 2007).
Si el hombre solo actúa con una de estas energías puede ponerse violento (si solo aparece el guerrero), o embaucador y paranoico (solo el mago), o autoritario (solo el rey), o manipulador afectivo (solo el amante). Por el contrario, si el hombre integra estas energías en sí mismo, construirá mejores relaciones con la mujer y con el mundo. Es tiempo ya de que el hombre se disfrute realmente, deje de ponerle un solo sentido a su vida y disfrute de lo que se ha perdido; también es tiempo de que deje de defenderse de la mujer, de someterla y de verla como una amenaza para reconocerla como un complemento diferente pero integrador.
Humanizando la virilidad
A lo largo de la historia han aparecido “masculinidades nuevas” tratando de generar un cambio en el hombre que le permita adquirir características que la mujer desearía encontrar en él, como ternura, paciencia, compañía, amor, protección, etc. Lamentablemente, estos intentos solo han sido eso, intentos, pues lo único que ha sucedido es que el hombre ha imitado sentimientos y acciones que ya existen en la mujer. La mujer no pide tener lo que ya tiene; pide igualdad, pide nutrirse, complementarse y trascender desde esa especial diferencia que caracteriza a cada sexo.
Es tan conmovedora la actitud de un hombre maduro que siente esa necesidad de hacerse responsable de sí mismo, de sus características, de sus errores y, sobre todo, de sus sentimientos. Estos hombres, aunque pocos, sí existen, lo cual nos dice que un cambio es posible y que las emociones y sentimientos no tienen sexo; son un atributo humano, por tanto urge el cambio. La humanidad necesita un cambio en su conjunto, pero este cambio jamás se dará en su conjunto: se necesita empezar por mí, por ti; si un hombre cambia, cambiamos todos.
Claro está que vivimos regidos por el paradigma masculino tóxico, pero para mejorar la humanidad no necesitamos más discursos, sino hechos diarios y perceptibles. Es tiempo entonces de las conductas. Un cambio siempre es viable empezando por la actitud, por las acciones y por las conductas.
Tendríamos entonces que transgredir el paradigma que nos rige, lo que significa oponernos a lo que es aceptado y común y, por consecuencia, redefinirlo. Sin embargo, es peligroso: por un lado la persona quisiera combatir lo que la restringe y, por otro, podría confundirse y perder su identidad. Pero como todo, siempre hay un riesgo y en la actualidad vale la pena correrlo; se trata simplemente de admitir el miedo para trabajar desde lo individual (lo esencialmente masculino).
La violencia no está fuera de nosotros; nosotros la creamos desde nuestro interior, por lo tanto, paremos de crear campos de batalla y guerras, justificando no sabiendo el origen de la misma. Con lo que realmente debemos luchar son con:
Los numerosos enemigos internos, pero no habrá que matarlos ni destruirlos; tienen que ser transformados, tienen que ser convertidos en amigos. La rabia tiene que ser transformada en compasión, el deseo en amor y así con todo. Por eso no es una guerra, pero un hombre necesita ser un guerrero. (Osho, pág. 186, citado por Sergio Sinay, 2007).
Es bien sabido que estamos infectados del paradigma masculino, que nos deja una carga tóxica y perversa de machismo; también sabemos que desarticular el paradigma de la masculinidad tóxica es una cuestión urgente, pero sobre todo de responsabilidad. Sin embargo actuamos y vamos contra la vida empobreciéndonos y limitándonos a actuar como nos enseñaron. “Todos los hombres tienen testículos, pocos hombres tienen coraje espiritual. Lo primero viene de fábrica, lo segundo se construye.” (Sergio Sinay, pág. 187, 2007). Utilicemos la conciencia para actuar como humanos que utilizan la razón y no meramente el instinto.
Método e instrumentos
Esta investigación es de método cuantitativo y descriptivo tipo encuesta. Se llevó a cabo en una zona urbana y una rural para establecer el grado de toxicidad en cada una. Para tal investigación se utilizó como instrumento un cuestionario de 15 reactivos diseñado por la investigadora; en cada espacio se aplicó la encuesta a 30 hombres de cada zona que tengan o que hayan tenido una relación de pareja.
CUESTIONARIO
Instrucciones: Lea con atención cada oración y marque con una “X” la frecuencia con que presenta cada acción. Debe basarse en la siguiente escala donde el 5 es el número con menor frecuencia y el 1 el de mayor frecuencia. Conteste las preguntas según su criterio. Conteste lo que primero venga a su mente y en el menor tiempo posible.
Siempre = 1 Casi siempre = 2 A veces = 3 Raras veces = 4 Nunca = 5
1.- Cuando siento que amo digo “Te amo” y traduzco este amor en actos, sin sentirme sometido. 1 2 3 4 5
2.- Puedo convertir mi miedo en una guía. 1 2 3 4 5
3.- Dedico tiempo y atención a eso que me gusta y no es productivo. 1 2 3 4 5
4.- Puedo estar solo y en armonía. 1 2 3 4 5
5.- Puedo pedir ayuda espiritual, emocional, afectiva (no emocional o material) a otro hombre. 1 2 3 4 5
6.- ¿Qué opinas del hombre que afecta su hombría al realizar actividades domésticas?
7.- ¿Qué opinas de esta frase? “Si hay prostitución es porque hay clientes que pagan”
8.- Sabemos, porque así nos enseñaron, que el hombre debe ser fuerte, violento, ganador, poderoso, conquistador. Pero, si un hombre no es lo que le enseñaron, entonces ¿qué sería?
9.- ¿Qué heridas emocionales has recibido a lo largo de tu vida, qué has hecho y qué haces para solucionarlas?
10.- ¿Qué significa satisfacer sexualmente a una mujer?
11.- Me preocupo por mi salud y le doy un espacio. 1 2 3 4 5
12.- Veo en la mujer algo más que una vagina, un par de pechos o un par de piernas. 1 2 3 4 5
13.- Pongo límites sin ser violento. 1 2 3 4 5
14.- Respeto las leyes y las normas aunque obstaculicen mi camino. 1 2 3 4 5
15.- Rechazo en palabras y en actos la conducta o el discurso machista de otros hombres, así estos sean amigos. 1 2 3 4 5
Conclusiones y trabajo futuro
De acuerdo con la investigación realizada se concluye que no hay diferencia significativa en el grado de toxicidad de los hombres de zona urbana con la zona rural. Lo cual nos ilustra que el hombre en general está condicionado al paradigma hegemónico de la masculinidad tóxica; por tanto, la condición de los géneros se inscribe en un proceso de cambio cultural en el cual coexisten el pasado y el presente. El paradigma no se generaliza para la sociedad actual; sin embargo, se requieren nuevas prácticas sociales y de conciencia para no contaminarnos de tal paradigma a la hora de realizar tales prácticas, las cuales irán redefiniendo nuestra identidad.
Como ya hemos visto, estar regidos por un paradigma nos impide actuar de manera diferente, libre y única; por tanto, la masculinidad tóxica es un tema que debe ser tomado con importancia para irnos descubriendo como personas diferentes pero complementarias. Démosle al mundo un giro total iniciando con el propio, cambiando conductas negativas y heredadas por conductas positivas y de seguridad. En este mundo no hay mejor experiencia que la de conocer, pero empecemos con nuestra persona para así darle sentido a lo externo: paisajes, personas, recursos económicos, etc. Claro está que para todo cambio se requiere tener la necesidad de hacerlo, y es aquí donde inicia la primera resistencia. Sin embargo, nada en este mundo es imposible; por lo tanto, considero que sería de gran ayuda incluir dentro de la educación aspectos como identidad desde un enfoque crítico, para conocer nuestro pasado, entender nuestro presente y sobre todo transformar para bien nuestro futuro. Además de incluir el conocimiento de las emociones y sobre todo su gestión. Tales aspectos los considero fundamentales para una mejor calidad de vida del humano que se ha deshumanizado. Si nos detenemos a conocernos, disfrutaremos de nosotros mismos y, lo que es más importante, seremos tolerantes a las diferencias, lo que nos permitirá transportarnos de hombre vs mujer a mujer más hombre, el mejor complemento.
Bibliografía
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Lic. Yesenia Macías Rojas
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