Productividad híbrida: cuando medir conexión está saliendo caro
A estas alturas pocas compañías discuten el trabajo híbrido; lo que siguen discutiendo, y muchas veces midiendo mal, es la productividad que ocurre fuera de la vista del jefe. Contar horas conectadas tranquiliza a algunos mandos, pero suele dejar intacta la pregunta que de verdad interesa: quién está aportando valor, en qué parte del proceso se traba el trabajo y qué hay que corregir.
6 de septiembre 1938 palabras
El artículo cuestiona la costumbre de medir la productividad híbrida con horas conectadas, presencia digital o volumen de actividad, porque esos datos suelen confundir movimiento con aporte real.
Plantea que en trabajos comerciales, administrativos, creativos o técnicos, el rendimiento depende del tipo de tarea, del contexto y de la calidad del proceso. También advierte que el exceso de control, como capturas de pantalla o reuniones para verificar presencia, genera desconfianza y desgaste.
Propone evaluar la productividad en tres niveles: resultados del negocio, funcionamiento del equipo y contribución individual. Cada área requiere indicadores distintos, combinando cantidad, calidad y tiempos, sin perder de vista el costo del retrabajo, la rotación y la sobrecarga.
La conclusión es clara: en entornos híbridos, la mejora real nace de objetivos precisos, seguimiento útil y liderazgo capaz de crear confianza.
A estas alturas pocas compañías se preguntan si el trabajo híbrido va a quedarse o no. La discusión real está en otro sitio: cómo medir bien la productividad cuando una parte de la jornada ocurre en casa, otra en la oficina y buena parte del trabajo ni siquiera se ve. Lo curioso es que muchas empresas siguen intentando responder a una pregunta nueva con herramientas mentales bastante viejas. Si la gente está conectada, si responde rápido, si aparece en línea, pareciera que el asunto estuviera resuelto. Y no.
Durante mucho tiempo la productividad se asoció casi de forma automática a presencia, volumen y repetición. Era lógico en ciertos entornos. Si una línea producía cien piezas por hora, la comparación era bastante clara. El problema aparece cuando trasladamos esa misma lógica a actividades comerciales, administrativas, creativas o técnicas, donde una hora puede dar resultados muy distintos según la tarea, la experiencia de la persona, el momento del proyecto o el tipo de cliente. Un analista puede pasar la mañana entera sin enviar un solo correo y, aun así, encontrar el error que llevaba semanas frenando un cierre contable. Otro puede responder ciento veinte mensajes en el día y no mover un solo asunto importante.
Por eso me llama la atención la facilidad con la que algunas gerencias confunden actividad con aportación. Lo entiendo, medir actividad es mucho más cómodo. Se cuentan reuniones, llamadas, tickets, clics o minutos conectados y se arma un tablero muy vistoso. El problema es que, a fuerza de mirar lo fácil de medir, se deja de mirar lo que explica de verdad el rendimiento. Y entonces ocurre algo bastante previsible: la gente aprende a trabajar para el indicador y no para el resultado.
Pongamos un ejemplo sencillo. En un equipo de servicio al cliente se fija como objetivo bajar el tiempo medio de respuesta. A la semana siguiente los números mejoran. Todos contentos. Pero cuando uno revisa con algo más de cuidado, descubre que las respuestas son más rápidas porque se ha multiplicado el uso de plantillas genéricas que no resuelven el problema del cliente en el primer contacto. Es decir, el tiempo baja, la carga total de trabajo sube, la satisfacción se resiente y el equipo termina agotado. La métrica era útil, desde luego, pero aislada y mal interpretada terminó empujando en la dirección incorrecta.
En los equipos híbridos este error se agrava porque aparece un ingrediente adicional: la ansiedad del control. Hay jefes que todavía sienten que, si no ven a la gente, el trabajo corre peligro. Y en esa incomodidad suelen aparecer las tiritas tecnológicas de siempre: capturas periódicas de pantalla, conteo obsesivo de pulsaciones, ranking de conexión, cámaras encendidas sin necesidad, reuniones que se convocan más para comprobar presencia que para tomar decisiones. Pues bien, qué quieren que les diga, esa tranquilidad visual sale cara. Sale cara en desconfianza, en simulación, en desgaste y, muchas veces, en rotación.
He visto casos en los que el mejor empleado del área era precisamente el que peor lucía en el tablero de actividad. ¿La razón? Trabajaba por bloques, desconectaba notificaciones para concentrarse, resolvía incidencias complejas y dejaba documentados procesos que luego podía usar todo el equipo. Mientras tanto, otro compañero acumulaba una presencia digital impecable, siempre en línea, siempre rápido, siempre disponible, pero con un nivel de retrabajo que obligaba a corregir lo mismo dos y tres veces. Si uno mira sólo la superficie, premiará al segundo y terminará perdiendo al primero.
Entonces, ¿qué conviene medir? En mi opinión, antes de hablar de herramientas habría que volver a una pregunta bastante menos moderna y bastante más útil: ¿qué resultado espera realmente la empresa de ese puesto o de ese equipo? Parece obvio, pero no lo es. Hay descripciones de cargo que siguen redactadas como listas de tareas y no como aportes esperados. Y cuando eso ocurre, cada jefe inventa su propio criterio de productividad. Uno valora rapidez, otro obediencia, otro visibilidad y otro disponibilidad permanente. Así es muy difícil construir una medida seria.
Para ordenar este asunto, yo partiría de tres niveles. El primero es el resultado de negocio. El segundo, el funcionamiento del equipo. El tercero, la contribución individual. Si se mezclan los tres sin criterio, se vuelve imposible saber dónde está el problema. A veces las ventas bajan y se culpa al comercial, cuando en realidad el cuello de botella está en precios, en entregas o en la mala calidad del dato de clientes. Otras veces se aprieta a una persona por sus tiempos de respuesta cuando el verdadero problema es que nadie ha definido prioridades y todo entra con etiqueta de urgente.
En el nivel de negocio conviene mirar indicadores que hablen el idioma de la compañía: facturación, margen, renovación de clientes, plazo de entrega, incidencias, devoluciones, cumplimiento de proyecto, costo de retrabajo. En el nivel de equipo interesan más las señales de proceso: cargas desbalanceadas, tiempos muertos, duplicidad, backlog, calidad de traspasos entre áreas, dependencia excesiva de una sola persona. Y en el nivel individual sí tiene sentido observar objetivos, calidad, autonomía, aprendizaje y capacidad para sostener resultados en el tiempo. Lo delicado está en no reducir este último nivel a una simple cuenta de horas visibles.
Hay otra trampa bastante frecuente. Creer que todas las áreas deben medirse parecido porque así el sistema se ve más ordenado. Nada más engañoso. Un equipo comercial no produce del mismo modo que uno de tecnología. Un estudio jurídico interno no puede medirse igual que un centro de soporte. Incluso dentro de una misma área hay tareas de velocidad y tareas de profundidad. Si al especialista que negocia contratos complejos se le exige el mismo volumen que al administrativo que procesa solicitudes estándar, tarde o temprano terminará dedicando menos tiempo al análisis que la negociación exige. Otra vez, la métrica empuja mal.
En ventas, por ejemplo, suele ser tentador contar visitas, llamadas o propuestas enviadas. Sirve, hasta cierto punto. Pero un análisis un poco más serio debería cruzar también tasa de conversión, ticket promedio, margen, duración del ciclo comercial y permanencia del cliente a los seis o doce meses. De poco vale celebrar una hiperactividad comercial si luego se cierran operaciones poco rentables o clientes que se van en el primer trimestre. En operaciones administrativas, en cambio, puede aportar más mirar tiempos de resolución, porcentaje de errores, volumen de reproceso y capacidad de absorber picos sin deteriorar calidad. Y en equipos de desarrollo o producto hay que mirar hitos cumplidos, calidad de la entrega, defectos posteriores, documentación y adopción real por parte del usuario. Cada realidad pide su propia lupa.
También conviene hablar de algo que incomoda a muchas empresas: la productividad depende bastante de la calidad directiva. Cuando un equipo híbrido trabaja mal, la explicación no siempre está en la disciplina del colaborador. A veces está en jefaturas que convocan diez reuniones para decidir lo que podría resolverse en una, que responden con demora pero exigen inmediatez, que cambian prioridades a mitad de semana o que piden reportes distintos a cada persona porque ni siquiera ellas tienen claro qué quieren seguir. Después, por supuesto, llegan las quejas sobre bajo rendimiento. Pero si el entorno está mal diseñado, medir mejor no alcanza.
Si de verdad se quiere mejorar la productividad en híbrido, yo sugeriría un camino bastante menos vistoso y bastante más útil que instalar un sistema de vigilancia y esperar milagros:
Definir entregables concretos. Cada puesto debería poder explicar, en lenguaje simple, qué produce, para quién y con qué estándar. Si esta conversación no puede sostenerse en diez minutos, el problema empieza antes de la medición.
Elegir pocos indicadores y que se entiendan. Cuatro o cinco bien escogidos dicen mucho más que veinte números que nadie sabe interpretar. Conviene combinar cantidad, calidad y tiempo, porque cualquiera de estas dimensiones aislada puede deformar el comportamiento.
Acordar ritmos de seguimiento. Hay trabajos que requieren revisión diaria y otros que necesitan horizonte semanal o mensual. Medir todo cada día sólo porque la tecnología lo permite genera ruido y decisiones impulsivas.
Separar control de acompañamiento. Una reunión de seguimiento debería servir para destrabar, priorizar y corregir, no para interrogar. Cuando el colaborador siente que cada conversación es un juicio, empieza a ocultar problemas en lugar de pedir ayuda.
Revisar si la métrica sigue teniendo sentido. Los indicadores envejecen. Un objetivo que servía hace seis meses puede haber quedado obsoleto porque cambió el mercado, el proceso o la composición del equipo.
Hay un punto adicional que a veces se subestima: la productividad también tiene una dimensión de energía. Un sistema puede mostrar resultados aceptables durante un tiempo y, aun así, estar consumiendo a la gente a una velocidad peligrosa. Cuando se normaliza la disponibilidad permanente, las jornadas partidas, la atención a mensajes a cualquier hora y la sensación de urgencia continua, puede ocurrir que el desempeño aguante unos meses y luego caiga de golpe. En esas situaciones la empresa suele decir que el problema apareció de repente. La verdad es que llevaba tiempo incubándose. Sólo que nadie estaba mirando.
Por eso los buenos tableros no se quedan en producción y tiempos. También preguntan por ausentismo, rotación, errores repetidos, calidad percibida y sobrecarga de ciertos perfiles. Si un equipo cumple objetivos pero necesita trabajar al límite cada cierre de mes, eso no describe una operación sana. Describe una fragilidad que tarde o temprano se paga. A veces con licencias, a veces con fuga de talento, a veces con clientes molestos.
Y ya que estamos, conviene decir algo sobre la confianza. Mucha gente la trata como si fuera un valor blando, casi decorativo. Sin embargo, en equipos híbridos tiene un impacto bastante concreto sobre la productividad. Cuando hay confianza, la información circula antes, los problemas se reportan sin tanto maquillaje, las personas piden ayuda a tiempo y el aprendizaje se comparte. Cuando no la hay, cada quien protege su terreno, oculta errores, exagera carga de trabajo o se vuelve experto en aparentar ocupación. Luego vienen los reportes perfectos y los resultados mediocres. Bastante común, por cierto.
En mi opinión, una empresa madura en este tema es la que logra responder tres preguntas sin enredarse demasiado: qué resultado persigue, cómo sabrá que va bien y qué obstáculos del sistema le está poniendo ella misma a su gente. Parece sencillo, pero obliga a revisar hábitos directivos muy arraigados. Obliga, por ejemplo, a aceptar que tener a todos visibles no garantiza nada, y que un buen profesional no siempre trabaja de la manera que tranquiliza al jefe.
La productividad híbrida, bien mirada, tiene menos que ver con vigilar pantallas y bastante más con diseñar trabajo razonable, objetivos claros y conversaciones adultas. Lo otro puede dar una ilusión de orden durante un tiempo. Pero la ilusión, como casi todo en gestión, dura poco cuando los resultados, el clima y la permanencia de la gente empiezan a hablar por su cuenta.
Artículos relacionados
Distribuidor y su función
El distribuidor se refiere a la persona o empresa que recibe un producto del fabricante y...
Productividad: concepto y definición de productividad empresarial
El concepto de productividad es quizá uno de los más importantes al momento...
Qué es un tune-up para su auto?
Hay muchas maneras de cuidar de su coche. Una de las principales maneras de asegurarse de...
Derechos de los accionistas en las sociedades anónimas
Los derechos esenciales son votar en las asambleas de accionistas, participar en las...
Acciones y aportes de capital: tipos y características
Las acciones representan aportes de capital hechos a una sociedad anónima. Las...
Sociedades de Responsabilidad Limitada (s.r.l.)
En las SRL el capital se dividirá en cuotas de igual valor, acumulables e...