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La velocidad de las tendencias y el precio de encajar

La moda siempre ha influido en la forma en que las personas se presentan ante los demás, pero en los últimos años esa presión se ha vuelto más rápida y más constante. Los adolescentes siguen siendo los más expuestos, solo que ahora no reciben el mensaje únicamente en la calle o en la escuela, sino también en la pantalla que llevan en la mano durante todo el día.

Carlos Rogríguez Acevedo

28 de agosto 1859 palabras

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La velocidad de las tendencias y el precio de encajar - Adolescentes

La moda sigue siendo una forma de expresión, pero en la adolescencia también puede convertirse en una fuente de presión constante.

Antes las tendencias llegaban con más lentitud; hoy aparecen a cada momento en redes sociales y empujan a muchos jóvenes a compararse, comprar y mostrar lo que usan para recibir aprobación.

Esa dinámica afecta su autoestima, sus decisiones y hasta sus relaciones familiares, especialmente cuando sienten vergüenza por repetir ropa o no poder seguir el ritmo del consumo.

El artículo también advierte que la escuela y los compañeros influyen mucho, porque las burlas por apariencia pueden reforzar esa inseguridad.

Frente a esto, propone conversar más, valorar el estilo propio, repetir prendas sin culpa y mirar con más cuidado lo que compramos y lo que vemos en pantalla. Así, la moda puede seguir siendo una elección personal y no una medida del valor de cada adolescente.

Desde hace tiempo la moda ocupa un lugar muy visible en la vida social. La ropa, los zapatos, los accesorios y hasta la manera de peinarse suelen decir algo de quien los usa. Esto no tendría por qué ser un problema, ya que vestirse también puede ser una forma de expresión y de creatividad. El conflicto aparece cuando esa expresión deja de ser propia y empieza a obedecer por completo a la necesidad de ser aceptado por otros.

Antes, muchas tendencias tardaban meses en llegar a ciertos lugares. Una prenda se veía en una revista, luego en una tienda, más tarde en la calle y finalmente terminaba instalada en la rutina de un grupo. Hoy el proceso es mucho más rápido. Un adolescente puede despertarse, revisar su teléfono y encontrarse con cientos de imágenes que le muestran qué está de moda, qué color se usa esta semana, qué tipo de pantalón ya pasó y qué marca supuestamente lo hará ver mejor. Todo esto ocurre antes de salir de casa.

Ese cambio parece pequeño, pero no lo es. La velocidad con la que se imponen las tendencias ha modificado la manera en que muchos jóvenes construyen su identidad. Si antes la presión venía del salón de clases, del grupo de amigos o del barrio, ahora también viene de perfiles que muestran vidas aparentemente perfectas, compras constantes y una seguridad que muchas veces es solo apariencia. El problema no está en ver ropa bonita o en interesarse por la moda. El problema comienza cuando una persona cree que su valor depende de mantenerse al día con cada cambio.

En la adolescencia esto pesa mucho más. Entre los 13 y los 19 años, aproximadamente, se vive una etapa en la que la aceptación de los pares puede sentirse casi como una necesidad urgente. Una opinión, una burla o un comentario sobre la ropa puede quedarse dando vueltas durante días. Si a esto le sumamos las redes sociales, la presión ya no termina al salir de la escuela. Continúa en la tarde, en la noche y hasta en fines de semana. La comparación se vuelve permanente.

Es común ver casos en los que un joven deja de usar una prenda que le gusta solo porque alguien dijo que ya está pasada. También es común que repita menos su ropa por miedo a que lo señalen. Hay adolescentes que llegan a fotografiarse con una misma camisa para una historia y luego evitan ponérsela en una reunión, como si el hecho de haberla mostrado una vez ya la hubiera gastado socialmente. Es una lógica dura, porque convierte algo cotidiano en una prueba constante.

En algunos hogares, además, esta presión produce discusiones silenciosas y otras muy abiertas. Un hijo pide unos zapatos que vio en internet porque todos los usan. La familia no puede comprarlos y el joven siente vergüenza. A veces se enoja con sus padres, a veces se encierra, a veces inventa excusas para no asistir a una salida. En situaciones más delicadas, trata de conseguir dinero de cualquier forma, incluso mintiendo o tomando decisiones que después lamenta. No todos llegan a ese extremo, pero sí muchos cargan una frustración que no siempre saben explicar.

También se da el caso contrario. Hay familias que sí pueden responder a cada exigencia y, aun así, el malestar no desaparece. Hoy se compra una prenda porque está de moda y dos semanas después ya parece vieja. Entonces el deseo no se satisface, solo se renueva. Se entra en una rueda donde siempre falta algo. Esto demuestra que el problema no depende únicamente del dinero. Tiene que ver con la relación que cada persona establece con su imagen y con la mirada de los demás.

Otro aspecto que ha crecido mucho es la idea de que todo debe ser mostrado. Ya no basta con vestirse de cierta manera. Parece necesario exhibirlo, recibir aprobación y medir el resultado en comentarios o reacciones. Cuando la ropa se vuelve una estrategia para conseguir validación inmediata, la persona corre el riesgo de acostumbrarse a depender de esa respuesta externa. Si la obtiene, se tranquiliza por un rato. Si no la obtiene, duda de sí misma. Y esa duda termina afectando muchas otras áreas.

Esto se nota cuando un adolescente deja de pensar en cómo se siente con una prenda y empieza a pensar únicamente en cómo se verá en una foto. La comodidad pasa a segundo plano. El gusto personal también. Lo mismo sucede con ciertos estilos que se usan solo para evitar burlas o para imitar a una figura conocida. Poco a poco se pierde la pregunta más simple de todas: ¿esto realmente me gusta a mí?

Hay otro tema que no conviene dejar de lado. La rapidez de las tendencias ha hecho que mucha ropa sea producida para durar poco, no solo en calidad sino también en vigencia social. Se compra, se usa unas cuantas veces y se abandona porque llegó otra novedad. En varios jóvenes esto genera una costumbre de consumo acelerado. El clóset se llena, pero la sensación de satisfacción dura poco. Se aprende a desechar rápido, y eso termina afectando la relación con las cosas y, en cierto modo, con uno mismo.

Por eso me parece que la conversación sobre moda ya no debe quedarse solo en si algo se ve bien o mal. Debe incluir el efecto emocional, familiar y social que está teniendo. Cuando un estudiante evita participar en una actividad por no tener determinada ropa, ahí hay un problema. Cuando un muchacho siente vergüenza de repetir un pantalón que está en buen estado, ahí hay otro. Cuando una amiga critica a otra por usar prendas sencillas o de años anteriores, también hay un problema. Son situaciones comunes y, precisamente por eso, a veces se normalizan demasiado.

Pero tampoco tendría sentido culpar únicamente a las redes sociales, a las marcas o a los famosos que marcan tendencias. Ellos participan, por supuesto, pero los adultos que rodean a los adolescentes también tienen responsabilidad. Los padres, por ejemplo, suelen caer en dos errores frecuentes. Uno es minimizar lo que siente el hijo, diciendo que es una tontería o que eso se le pasará. El otro es ceder siempre, como si comprar fuera la única manera de resolver el malestar. En ninguno de los dos casos se ayuda de verdad.

Escuchar sirve más. Preguntar por qué esa prenda es tan importante puede revelar mucho. Tal vez el joven no quiere el objeto en sí, sino evitar sentirse menos que otros. Tal vez quiere pertenecer. Tal vez está recibiendo comentarios hirientes en la escuela y no lo ha dicho claramente. Cuando se conversa con calma, la moda deja de ser una pelea por una compra y se convierte en una oportunidad para entender inseguridades, amistades y presiones.

La escuela también influye bastante. Aunque su tarea principal no sea hablar de ropa, sí puede fomentar un ambiente menos agresivo. Muchas burlas empiezan con detalles que los adultos consideran menores: un zapato genérico, una mochila vieja, una camisa repetida. Si los docentes y directivos ignoran esas conductas, el mensaje que reciben los jóvenes es que humillar por apariencia forma parte normal de la convivencia. Después nos sorprende que la autoestima de algunos esté tan golpeada.

Los compañeros tienen otra parte de responsabilidad. A esa edad, una frase puede elevar o destruir la seguridad de alguien. Por eso conviene enseñar desde temprano algo tan simple como respetar el estilo ajeno y el presupuesto de cada familia. No todos pueden seguir el mismo ritmo de consumo y nadie debería ser tratado como menos por eso. Incluso dentro de un mismo grupo se pueden marcar diferencias muy duras entre quien lleva ropa de marca y quien usa lo que tiene a su alcance.

También hace falta mostrar alternativas reales, no discursos vacíos. Un adolescente entiende mejor cuando ve ejemplos concretos. Repetir ropa no tiene nada de malo si está limpia y en buen estado. Combinar prendas de distintas maneras permite tener variedad sin comprar todo el tiempo. Intercambiar ropa entre hermanos o amigos puede ser útil. Buscar en tiendas de segunda mano también puede ser una opción interesante, porque no solo reduce gastos, sino que ayuda a desarrollar un estilo más propio y menos dictado por la tendencia del momento.

Algo muy sano es hacer una pausa antes de comprar. Preguntarse si esa prenda gusta de verdad, si combina con lo que ya se tiene, si se usaría aunque dejara de aparecer en redes. Puede parecer una pregunta sencilla, pero ayuda mucho. Si la respuesta es no, probablemente se trata de una compra motivada por presión. Y cuando la presión dirige cada elección, la identidad se va debilitando poco a poco.

También conviene limitar un poco la exposición a cuentas que giran todo el tiempo alrededor de compras, estrenos y comparaciones. No porque estén prohibidas, sino porque saturan. Ver durante horas videos de personas mostrando diez paquetes nuevos por semana altera la percepción de lo normal. Un adolescente puede terminar creyendo que todos renuevan su ropa a cada rato, cuando en realidad muchas familias viven de otra manera. Reducir esa exposición da aire. Ayuda a pensar con más tranquilidad.

La moda puede seguir teniendo un lugar agradable en la vida de los jóvenes. Puede ser diversión, gusto personal, búsqueda estética y hasta una forma de afirmar la personalidad. Pero eso ocurre cuando está al servicio de la persona y no cuando la persona queda sometida a ella. Si cada tendencia decide el humor, el gasto, la autoestima y la manera de relacionarse con otros, entonces ya no estamos hablando solo de ropa.

Al final, lo más preocupante no es que cambien los estilos, porque eso siempre ha pasado y seguirá pasando. Lo preocupante es que muchos muchachos están aprendiendo a medirse por lo que pueden mostrar, comprar o estrenar. Cuando eso sucede, empiezan a construir una imagen para agradar y dejan de construir un criterio propio. Recuperar ese criterio toma tiempo, conversación y acompañamiento.

La moda seguirá existiendo y seguirá cambiando. Eso no es malo por sí mismo. Lo que sí debemos revisar es la forma en que la dejamos entrar en nuestra vida, especialmente en la de los adolescentes. Si les enseñamos que su valor no depende de una marca, de un comentario o de una fotografía bien recibida, tendrán más herramientas para elegir. Y cuando alguien elige desde su propia seguridad, la moda deja de ser una presión constante y puede volver a ser lo que debió ser desde el principio: una forma de vestir, no una medida de la dignidad de una persona.

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Carlos Rogríguez Acevedo

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