La ignorancia de la ignorancia y la conciencia de la ignorancia
La soberbia y la negación de las limitaciones humanas intrínsecas causan estancamiento social, profesional y científico. Al mismo tiempo generan discordia e impiden el desarrollo del ser humano hacia estadios superiores de conciencia.
16 de abril · 912 palabras
El reto de los hombres poderosos es conocerse a sí mismos, ya que alguien dijo que "el que conoce a otros es fuerte, pero el que se conoce a sí mismo es poderoso". A pesar de no aplaudir tal aseveración, se puede retomar la parte que dice que "el que se conoce a sí mismo es poderoso".
Para poder lograr esto, se deben superar las limitaciones humanas y quitarse la venda que impide ver, es decir, la ignorancia. Ser ignorante de que se es ignorante ha llevado al fracaso y a la ruina. Actuar por capricho o simplemente porque se piensa tener la razón no es la salida viable.
La historia demuestra que los seres humanos se ven en grandes conflictos precisamente porque creen tener la razón. Las guerras y todos los males que han lacerado a la humanidad tienen su génesis en que todos pretenden tener la justificación exacta.
Es necesario aprender a cuestionar las verdades incuestionables y reflexionar sobre nuestras acciones y decisiones. En resumen, para ser poderosos, es necesario conocerse a sí mismo y no actuar por mero capricho, ya que esto nos llevará al fracaso.
Conocerse a sí mismo es el reto de los hombres poderosos. Alguien dijo: “El que conoce a otros es fuerte, pero el que se conoce a sí mismo es poderoso”. No aplaudo tal aseveración, pues no se puede hablar de conocer a otros si se es incapaz de conocerse a sí mismo; sin embargo, retomo la parte que dice: “el que se conoce a sí mismo es poderoso”.
Las limitaciones humanas deben vencerse. Para que una persona esté en la capacidad de lograrlo debe quitarse la venda que le impide ver, hablando en sentido figurado, y esa venda se llama ignorancia. Ser ignorante de que se es ignorante, o dicho en otras palabras, “ignorar que se ignora”, ha llevado al fracaso y a la ruina. Actuar por capricho o simplemente porque se piensa tener la razón no es la salida viable. Lamentablemente, lo que al ser humano jamás le falta es esta actitud; por ello vemos a los poderosos y a grandes estrategas ser derrotados. Baste recordar lo que le sucedió al estratégico militar Napoleón Bonaparte: cuando intentaba conquistar Rusia terminó peleando contra el clima, pues los rusos retrocedían y retrocedían, pero él continuaba avanzando de manera obstinada; cuando quiso regresar se encontró atrapado por un pavoroso invierno para el que no estaba preparado, pues no contaba con abrigos ni alimentos. De un ejército de 500,000 sólo se salvaron 18,000.
Muchos otros ejemplos se pueden citar de cómo los seres humanos se ven en grandes conflictos precisamente porque creen tener la razón; las guerras y todos los males que han lacerado a la humanidad a través de los siglos tienen su génesis en que todos pretenden tener la justificación exacta. La historia demuestra incluso que se ha quitado la vida a quienes tuvieron la osadía de refutar teorías otrora consideradas como verdades incuestionables.
Las Torres Gemelas, gran centro comercial de los Estados Unidos, fueron destruidas junto con muchas vidas humanas; luego Estados Unidos atacó militarmente a Irak. Si se preguntara por qué, todos se justificarían diciendo que tienen la razón; ello a pesar de que la sabiduría popular dicta que se debe evitar el aniquilamiento de la especie humana. Las personas no quieren más guerras ni odio entre naciones, muy a pesar de que el comportamiento individual esté lejos de reflejar el ideal de paz.
Se habla constantemente de los fenómenos de la naturaleza como eventos adversos (terremotos, erupciones volcánicas, entre otros), pero se olvida que los fenómenos antrópicos son mucho más destructivos que cualquier terremoto ocasionado por movimientos tectónicos o fallas geológicas. Como corolario, una falla en una planta nuclear, debido a su alto poder contaminante y a la generación de residuos radiactivos, es muchísimo más devastadora que cualquier fenómeno ocasionado por procesos endógenos o exógenos de la Tierra.
Hasta el siglo XVI estuvo vigente la teoría geocéntrica, que fue reemplazada por la teoría heliocéntrica, propuesta originalmente por el griego Aristarco de Samos y luego reformulada por Nicolás Copérnico. Por cierto, hasta hace unos pocos años se consideraba a Plutón como un planeta; a partir de 2006 se le clasifica como "planeta enano" o "planetoide", de manera que nuestro Sistema Solar está formado por ocho planetas (más satélites, asteroides, polvo cósmico, en fin).
¡Cuántas cosas ignoramos los seres humanos! No conozco ni comprendo cómo funciona mi organismo y sus complicados procesos químicos y biológicos; sin embargo, nadie reconoce que ignora; todos dicen saber. Se hace evidente la “ignorancia de la ignorancia”. El caso es que nadie quiere quedar como un ignorante. Esto me recuerda el cuento infantil titulado “El traje nuevo del emperador”, y también un pasaje jocoso sobre el “puente de Varolio”. Resulta que, en una clase, un estudiante interrogó a su docente sobre dónde se localizaba el famoso puente; el profesor, que no sabía la respuesta y para no quedar como ignorante ante sus alumnos, le contestó que estaba en Alemania. Lo correcto habría sido decir que no sabía la respuesta, pero que la investigaría. Esa es la ventaja de no saber: permite investigar.
Por tanto, tener conocimiento de que se es ignorante es la llave hacia el conocimiento y la sabiduría. ¿Por qué? Porque conocimiento no necesariamente significa sabiduría; por ejemplo, en el caso de las plantas nucleares, nadie ignora su peligrosidad (conocimiento), pero no se toman medidas pertinentes para evitarlas (sabiduría). La sabiduría es el conocimiento llevado a la práctica en beneficio de los seres humanos. Cito para énfasis las siguientes palabras del libro de Proverbios: “Cuando la sabiduría entrare en tu corazón, y la ciencia fuere grata a tu alma, la discreción (capacidad de pensar) te guardará; te preservará la inteligencia (discernimiento)”.
Sólo aquellos que día a día leen, piensan y reflexionan críticamente se dan cuenta de cuán ignorantes son. La ignorancia es una flameante llama que ilumina el sendero de los que mantienen viva la sed de aprender cada día más. Reconocer la ignorancia permite además comprender que el hombre (en sentido genérico, jamás sexista) es un ser plástico.
No quiero ser ignorante de mi ignorancia. Así las cosas, podemos concluir, junto con el político y escritor británico Benjamín Disraeli, diciendo: “Ser consciente de la propia ignorancia es un gran paso hacia el saber”. De manera que cuando alguien nos califique de ignorantes no habrá razón para sentirnos ofendidos; al contrario, podremos agradecerle por recordárnoslo.
Lic. Jaime Noé Villalta Umaña
Prof. y Abg.
Sobre el autor
Dios, familia y trabajo. Vivir con responsabilidad y honradez es mi lema. Me gradué como Profesor y posteriormente como Licenciado en Ciencias Jurídicas, autorizándome como...
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