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El esfuerzo invisible en los equipos híbridos

Con el trabajo híbrido apareció un problema discreto: mucha gente cumple, resuelve y sostiene la operación, pero su esfuerzo queda fuera de la vista del jefe. Cuando el buen trabajo deja de ser visible, el reconocimiento debe ser más intencional, más específico y también más justo en su parte económica.

Oscar Marcos

11 de septiembre 1708 palabras

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El esfuerzo invisible en los equipos híbridos - Ambiente Laboral

El trabajo híbrido ha vuelto menos visible el aporte de muchas personas que cumplen, resuelven problemas y sostienen la operación sin aparecer demasiado ante sus jefes.

Eso aumenta el riesgo de sesgo por cercanía, porque suele recordarse más a quien se ve en persona que a quien entrega buenos resultados desde otro lugar. El artículo plantea que la flexibilidad ayuda, pero no sustituye el reconocimiento.

Este debe llegar pronto, ser concreto y explicar qué impacto tuvo la tarea realizada. También conviene adaptarlo al estilo de cada persona, con menciones públicas o conversaciones privadas, y sumar una recompensa económica cuando el aporte genera valor medible.

Además, propone revisar semanalmente logros reales, usar evidencias para reducir favoritismos y sumar reconocimiento entre compañeros. Cuando la empresa reconoce con justicia y criterio, mejora el compromiso, baja la rotación y se fortalece el clima laboral.

Durante muchos años, en la oficina tradicional, el jefe veía casi todo. Veía quién llegaba temprano, quién desactivaba un problema con un cliente, quién enseñaba al compañero nuevo, quién se quedaba una hora más para cerrar un pedido urgente. Aquello tampoco era perfecto, porque en más de una empresa se premiaba la presencia antes que el resultado, pero al menos había señales visibles. Con los equipos híbridos y remotos muchas de esas señales desaparecieron. Y cuando el esfuerzo deja de verse, el reconocimiento también se debilita si el directivo no hace algo al respecto.

Muchos gerentes creen que con permitir dos o tres días de trabajo desde casa ya han dado al personal un beneficio suficiente. Se equivocan. La flexibilidad ayuda, claro, pero no reemplaza la necesidad humana de sentir que el trabajo propio tiene valor para la empresa. Un analista puede pasar una tarde corrigiendo una desviación en costos y evitar una mala decisión. Una persona de soporte puede calmar a un cliente molesto por chat y salvar la renovación del contrato. Un coordinador puede reorganizar entregas en silencio para que la operación no se caiga. Si nadie lo nota, el mensaje que recibe ese empleado es muy sencillo: aquí da lo mismo esforzarse más.

Además, en el trabajo híbrido apareció otro sesgo que conviene mirar de frente: la proximidad. El jefe tiende a recordar mejor a quien ve más seguido, a quien participa con soltura en una reunión presencial, a quien conversa en el pasillo y le cuenta en qué anda. Mientras tanto, el empleado más reservado, o el que trabaja desde otra ciudad, puede entregar excelentes resultados y aun así quedar fuera del radar. Esto afecta la motivación y afecta la justicia interna. Con el tiempo también afecta la retención, porque la gente termina buscando un lugar donde su aporte sí sea visible.

Gallup ha venido insistiendo desde hace años en algo que las buenas empresas ya aprendieron: cuando el reconocimiento es frecuente y de buena calidad, sube el compromiso y baja la intención de irse. La idea parece sencilla, pero muchas organizaciones siguen actuando como si el reconocimiento fuera un gesto ocasional, casi decorativo. Lo dejan para la fiesta anual, para el diploma trimestral o para el correo masivo con felicitaciones genéricas. Eso sirve poco. El empleado valioso no quiere esperar nueve meses para escuchar un agradecimiento vago. Quiere saber, cerca del hecho, qué hizo bien, por qué tuvo impacto y qué consecuencia positiva tendrá ese esfuerzo.

Un reconocimiento útil tiene varias características. Llega a tiempo. Es específico. Se relaciona con una conducta o un resultado concreto. Y está conectado con lo que la empresa dice valorar. Si una organización repite que le importa el servicio al cliente, entonces debe reconocer a quien resolvió el reclamo difícil, a quien evitó una devolución, a quien documentó mejor un proceso para no volver a fallar. Si afirma que le interesa la colaboración, debe reconocer al especialista que ayudó a otro equipo aunque ese apoyo no apareciera en su descripción de puesto. Cuando el reconocimiento nombra hechos reales, gana credibilidad. Cuando se queda en un simple gracias por todo, pierde fuerza muy rápido.

También conviene distinguir entre reconocimiento público y reconocimiento personal. Hay empleados que disfrutan una mención en la reunión semanal y otros que prefieren una conversación privada, breve y sincera. El buen jefe conoce esa diferencia. En equipos híbridos esto tiene todavía más valor. El reconocimiento público, si se usa bien, ayuda a que todos sepan qué conductas aprecia la empresa. El reconocimiento personal, por su parte, permite hablar de matices, de esfuerzo sostenido, de obstáculos superados. Uno no reemplaza al otro. Se complementan. Y en ambos casos hace falta incluir a quienes no están físicamente en la oficina, porque si el aplauso solo ocurre en la sala de juntas, media organización queda fuera.

Ahora bien, igual que hace algunos años, sigue siendo cierto que las palabras por sí solas no alcanzan cuando el resultado ha sido extraordinario. Si un empleado generó ahorros, retuvo una cuenta grande, evitó una pérdida seria o elevó notablemente la productividad, la empresa debe reflejarlo también en el bolsillo. Puede ser un bono, un incentivo puntual, una mejora salarial, un premio ligado a metas o incluso una oportunidad de capacitación pagada que realmente abra crecimiento. Las placas tienen su gracia. Los correos públicos también. Pero cuando el aporte produce valor económico medible, la retribución económica debe aparecer tarde o temprano. Si no aparece, el reconocimiento empieza a sonar hueco.

Hay errores muy comunes que en los equipos híbridos se agravan. Uno es premiar al más visible en lugar de premiar al que más aportó. Otro es agradecer la disponibilidad eterna, como si estar conectado a toda hora fuera sinónimo de compromiso. También se equivoca la empresa que reparte el mismo detalle a todo el mundo y llama a eso reconocimiento. La igualdad mal entendida desmotiva a los mejores, porque borra la diferencia entre quien cumplió con lo básico y quien puso talento, iniciativa y criterio adicional. Y otro fallo, bastante frecuente, consiste en usar el reconocimiento como sustituto de una mala gestión salarial. El empleado puede aceptar un periodo corto de austeridad si hay transparencia. Lo que desgasta es el discurso amable combinado con una evidente falta de justicia.

¿Qué puede hacer un director o un gerente para mejorar esto sin convertirlo en una burocracia? Algo bastante simple. Reservar cada semana un espacio breve, quince o veinte minutos, para revisar aportes concretos del equipo. No impresiones generales, aportes concretos. Qué problema se resolvió, quién ayudó a quién, qué cliente fue recuperado, qué proceso mejoró, qué error se evitó. Después, reconocerlo por el canal adecuado, a veces en la reunión semanal, a veces en una llamada de cinco minutos, a veces por un mensaje bien escrito que explique el impacto del trabajo. Y una vez al mes, revisar si ese reconocimiento debe traducirse en algo más: un bono, un día libre, un curso, una mayor responsabilidad o una conversación de desarrollo. La constancia vale mucho más que la ceremonia aislada.

Otra práctica útil consiste en pedir evidencias al equipo, no para competir de forma malsana, sino para reducir el sesgo del jefe. En operaciones, por ejemplo, se puede revisar qué persona logró menos retrabajos, qué supervisor estabilizó mejor sus tiempos, qué administrativo detectó una fuga de dinero o una falla repetitiva. En servicio al cliente, conviene mirar casos complejos resueltos y no solo encuestas de satisfacción, porque hay tareas ingratas que sostienen la relación comercial aunque no generen aplausos inmediatos. Recuerdo el caso de una empresa de logística donde todos felicitaban al área comercial por ganar cuentas nuevas, pero nadie reconocía al coordinador que reorganizaba rutas cada vez que faltaba una unidad. Cuando finalmente empezaron a medir ese trabajo, descubrieron que estaba evitando penalizaciones todos los meses.

En áreas técnicas ocurre algo parecido. El programador que atiende una emergencia a las once de la noche se vuelve visible enseguida, pero quizá el verdadero mérito estaba en quien documentó el sistema semanas antes y permitió resolver el incidente en media hora. En una planta, el operario que saca adelante un turno complicado merece reconocimiento, desde luego, pero también lo merece quien detectó una vibración extraña en una máquina y avisó antes de una parada mayor. El buen reconocimiento amplía el foco. Mira el resultado final, pero también el criterio, la prevención, la colaboración y el aprendizaje que queda para el equipo. Eso educa mejor que cualquier discurso sobre cultura.

Hay un punto adicional que muchas empresas pasan por alto. El reconocimiento no debe bajar siempre desde arriba. El reconocimiento entre pares tiene un efecto muy sano cuando se diseña con cuidado. Un colaborador suele saber mejor que nadie quién lo ayudó a salir de un problema, quién compartió información útil, quién se quedó después de una reunión para ordenar lo que faltaba. En equipos híbridos, donde el jefe no ve todo, esta fuente de información es valiosa. Desde luego, hay que ordenar el mecanismo para que no se convierta en un concurso de amistades. Bastan criterios claros y una revisión seria del líder. Pero abrir esa puerta mejora la percepción de justicia y hace que la colaboración se note más.

¿Cómo saber si la organización está reconociendo bien? Se nota en señales bastante concretas. Baja la rotación de la gente que uno de verdad quería conservar. Mejora la disposición a ayudar a otros equipos. Los mandos medios tienen menos dificultad para pedir esfuerzo extra en un momento delicado, porque hay un historial de reciprocidad. Las encuestas internas muestran que la gente siente que su trabajo cuenta. Y el cliente también termina percibiéndolo, porque detrás de un servicio consistente suele haber personas tratadas con respeto y con criterios claros. Los empleados satisfechos, bien dirigidos y justamente reconocidos suelen producir mejores experiencias para el mercado.

Desde luego, el reconocimiento no arregla por sí solo una mala empresa. Si hay jefes arbitrarios, salarios rezagados, favoritismos evidentes o promesas incumplidas, el reconocimiento se convierte en maquillaje. Pero cuando existe una base razonable de justicia y dirección, esta herramienta eleva el ánimo, ordena conductas y ayuda a retener a quienes más conviene retener. Las empresas que entienden esto dejan de felicitar por rutina y empiezan a valorar con criterio. Allí cambia el ambiente. Y cambia el negocio.

Para recordar:
Hay que reconocer a tiempo, con nombre y apellido, con criterios parejos y con una compensación acorde al resultado, porque el empleado que siente que su esfuerzo cuenta suele quedarse, colaborar mejor y dar mucho más de sí.

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Oscar Marcos

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