El niño salvaje: Víctor
En un concurso de Dijon, auspiciado por unos ilustrados que confiaban en las bondades de la razón para el progreso de la humanidad, Rousseau (1762) se atrevió a proponer la tesis de que la sociedad pervierte la naturaleza intrínsecamente buena del ser humano. Este texto examina las implicaciones de esa propuesta y la confronta con otras posturas filosóficas sobre la naturaleza humana.
19 de mayo · 1643 palabras
El artículo se centra en el debate entre la influencia de la naturaleza y la sociedad en la educación de los niños. Muestra las posturas de filósofos como Rousseau y Hobbes, que se diferencian en la valoración de la sociedad y su influencia en el comportamiento humano.
Rousseau creía en la educación natural, sin influencias nocivas de la sociedad, mientras que Hobbes consideraba que la influencia de la sociedad era necesaria para mantener la seguridad y la paz.
El artículo también menciona el debate sobre si los niños nacen con disposiciones innatas o si son una "tabula rasa" que se moldea a través de las experiencias.
En este sentido, se plantea la postura de Kant, que considera que el conocimiento comienza con la experiencia pero que hay disposiciones innatas que permiten un conocimiento cierto y seguro.
En conclusión, el artículo muestra la importancia de esta discusión en el campo de la psicología y la educación, ya que influye en la forma en que se aborda la crianza y educación de los niños.
Su propuesta educativa, que plasmó en Emilio, no es más que dejar que la naturaleza se despliegue sin ninguna influencia perniciosa de la sociedad. Su hipótesis filosófica es que los niños no se deben educar, es decir, ponía en duda la divisa aristotélica, que había impregnado el pensamiento occidental, según la cual los hábitos son una segunda naturaleza. Así, nos alienta a una desconfianza respecto a las bondades de la manida responsabilidad de los adultos con respecto a sus crías.
Hobbes (1651) acepta la influencia de la sociedad porque pensaba que en un estado de naturaleza viviríamos en una constante guerra sin fin. Asumía que la igualdad natural (los talentos son diversos y, por ende, potencialmente destructivos) nos conducía a ceder nuestra libertad para vivir con seguridad. Aceptaba un Leviatán que nos imponía el sacrificio de ceder nuestra libertad, porque nos proporcionaba una vida pacífica (el pacto podía romperse si no aseguraba nuestra supervivencia).
Así, ante Víctor, Rousseau se afanaría por mostrar el buen salvaje, mientras Hobbes se plantearía que su socialización devendría de la seguridad que fuéramos capaces de ofrecerle. Tanto Hobbes como Rousseau estaban de acuerdo en que la sociedad es algo añadido a la naturaleza y, por lo tanto, la sociedad cambia la naturaleza.
Un paso más allá de las consideraciones éticas sobre la bondad o maldad de la naturaleza humana es plantearse si un bebé es una “tabula rasa” (Locke, 1690) o nace con unas disposiciones innatas inalterables. Este debate en filosofía, desde una perspectiva epistemológica, se ha traducido en las relaciones entre lo “a priori” y lo “a posteriori”. Kant, representante del criticismo, afirma que “todo conocimiento comienza por la experiencia, pero no por ello procede de ella”. Pensaba que hay unas disposiciones innatas ajenas a la experiencia sensible que nos permiten un conocimiento cierto y seguro (las experiencias externas son subjetivas). El planteamiento kantiano me sirve para lanzar dos hipótesis interpretativas del debate de Víctor entre herencia y ambiente.
- Sin influencias externas (educación) no hay posibilidad de desarrollo.
- El desarrollo es el resultado de una constante interacción entre lo innato y lo adquirido.
La antropología y los estudios transculturales
Margaret Mead (1935), cuando comparó los papeles del sexo entre las tres sociedades tribales de Nueva Guinea, contribuyó al debate que nos planteamos en Víctor. Mead mostró que las demandas culturales pueden tener mucho más que ver con tipos de conducta característicos de hombres y mujeres que con las diferencias biológicas. La esencia del enfoque cultural es que todos los miembros de una determinada cultura participan del mismo carácter cultural y, esto, nos lleva a plantear: ¿Víctor había adquirido una cultura salvaje? ¿Es posible el traspaso a otra cultura (más civilizada) una vez se han pasado las principales etapas del aprendizaje?
José Antonio Jáuregui propone la hipótesis de que la sociedad está regida por las leyes de la naturaleza; así piensa que ser español o chino no es algo puramente exterior, político o cultural: es, además, algo biológico. Podemos plantearnos que la sociedad sea algo biológico, pero ¿qué ocurre cuando privamos a un ser humano de algo tan “biológico”? Hasta los genetistas más acérrimos piensan que la humanidad está caracterizada mucho más por la evolución cultural que por la evolución biológica.
Cualquier respuesta a las preguntas planteadas nos puede resultar insatisfactoria, pero podemos proponernos dos experiencias mentales para dilucidarlas: el experimento de “la máquina parental universal” y Un mundo feliz de Orwell. Orwell se plantea un mundo en que todo está diseñado, es decir, que a cada miembro se le asigna una función en una sociedad que, sin paliativos, podríamos tildar de totalitaria. Orwell piensa que los seres humanos pueden ser moldeados en un engranaje que funciona porque cada uno cumple su función; así, el ambiente (sociedad o ingeniería genética) esculpe a los individuos.
Al pobre Víctor se le han esculpido las vetas en una vida salvaje y podríamos pensar que no hay cincel que pueda cambiar los surcos profundos. Así, las preguntas que nos planteábamos tienen una inquietante respuesta: Víctor está cincelado en una vida salvaje y no hay vuelta atrás. La máquina parental universal se plantea la hipótesis (imaginaria) de que podría construir un mundo real sin cultura para exponer a unos bebés y analizar sus conductas. Si pudiéramos realizar este experimento ficticio podríamos responder muchas preguntas que inquietan a cualquier investigador del desarrollo humano. Víctor no pudo interactuar con ningún ser humano hasta su captura, pero ¿qué hubiera pasado si hubiesen vivido dos niños en estado salvaje? Quizá habrían creado un lenguaje, por muy primitivo que fuera, para comunicarse y también padecerían o disfrutarían de determinadas emociones producto de la convivencia.
Es evidente que mi respuesta es una apuesta y fácilmente se puede derruir intelectualmente. Con todo, mi apuesta es que la cultura es principalmente comunicación y que, haciendo uso de una metáfora biológica, me planteo la hipótesis de que la carencia de nutrientes lleva a la aniquilación de determinadas funciones. No hay una visión teleológica (“telos” — fin) en mis planteamientos; más bien hay la constatación de que determinados nutrientes permiten un determinado desarrollo y cierran las puertas a otros posibles, pero en ningún momento me planteo que unos sean ni mejores ni más deseables que otros. Así, como Mead, pienso en la importancia de la cultura para el desarrollo y que, debido a que somos seres que nos definimos por la plasticidad (Bolk afirma que el ser humano es un ser insuficientemente fetalizado), somos un haz de posibilidades, ni intrínsecamente malos ni buenos, que nos vamos desplegando como seres bio-psico-sociales a través de nuestra existencia.
Darwin asestó un duro golpe a la vanidad humana al demostrar científicamente que las diferencias entre los monos y los hombres no son de especie, sino de grado. Nuestra sociabilidad, hasta nuestras acciones éticas más excelsas, son fruto de las leyes de la evolución.
En cierto modo Skinner entendería la unicidad de Víctor porque le han moldeado sus experiencias. Un cierto optimismo de los conductistas, sin aferrarse a la osadía de Watson, nos podría hacer plantear que podríamos alcanzar ciertos logros de socialización de Víctor modificando su conducta con ciertos condicionamientos. Esta explosión ambientalista, capitaneada por Watson, apoyada por los deterministas culturales como Boas y reforzada por los freudianos por su preocupación por la experiencia infantil, conformó un ambiente científico que cerró las puertas a las investigaciones sobre la herencia de la conducta.
Una vez pasados estos años treinta, la ciencia psicológica ha realizado innumerables estudios con gemelos para dilucidar la importancia de la herencia en la conducta. Parece evidente que, para un psicólogo, los efectos ambientales son los más interesantes, aunque es obvio que no podemos soslayar que cada niño tiene una estructura genética única y también un ambiente único. Una pregunta acertada es la siguiente: ¿en qué medida la estructura genética determina el ambiente? Si nos planteamos un bebé que, más o menos, es un paquete genético en bruto, y es nervioso e irritable, podemos entender que sus padres o educadores lo tratarán de distinta manera que, por ejemplo, a sus hermanos plácidos y tranquilos. Llevando esta tesis hasta el extremo, cuando el bebé crece, puede encontrarse en un colegio especial o en un reformatorio; en cuyo caso habrá logrado cambiar el ambiente por completo. Esta hipótesis se puede estudiar en gemelos idénticos, para quienes los ambientes varían pero los genes son iguales. Ha sido el estudio de Minnesota (1986) el que más luz ha arrojado a este debate.
No me voy a detener en el análisis de esta investigación, pero es interesante entender que este estudio ha puesto de manifiesto que no se puede analizar por separado la herencia y el ambiente, pues es como si los científicos realizaran estudios de la estructura del agua con la condición de considerar sólo el hidrógeno (pensando que el oxígeno está fuera de los enlaces). Los genetistas conductuales dicen en broma que las personas que sólo tienen un hijo son ambientalistas; los que tienen más de uno son genetistas. Una perspectiva genetista, abanderada por William Wright, enfatiza que han tenido que defenderse de acusaciones por los numerosos peligros que lleva sostener sus tesis y que no se han abierto hacia nuevas formas de enfocar la conducta humana.
En cuanto a Víctor, la película nos mostró que su desarrollo físico era normal y que, a nivel perceptivo, no tenía dificultades (aunque había desarrollado capacidades perceptivas muy adaptadas a su medio de desarrollo). Tiene emociones (y las expresa, pues una vez llora y otra ríe), pero carece de interacción social (ya nos hemos planteado la hipótesis de la máquina parental universal y entiendo que la cultura es principalmente comunicación). Concedemos a los genetistas que las emociones son genéticas, pero se visten (se regulan) con el ambiente.
Una metáfora explicativa es sostener que los genes son los fósforos que poseemos y el ambiente es el fuego que los enciende o los apaga. Nos podemos preguntar, al hilo de Víctor, ¿podemos encender unos fósforos que tenían que haber sido encendidos en etapas anteriores a su encuentro con las mentes civilizadas? Mi respuesta es que hay unas sucesiones temporales en el desarrollo y que los fósforos pierden su incandescencia cuando no son encendidos a su debido tiempo. Víctor posee memoria porque no le gusta que las cosas cambien y potencialmente su memoria se va expandiendo; en definitiva, muestra una inteligencia práctica que cada vez se hace más abstracta. Con todo, no es capaz de comunicarse con un lenguaje que requiere de un determinado nivel de abstracción y es aquí, una vez más, donde entiendo que no se puede volver atrás a encender el fósforo humedecido por el tiempo.
Sobre el autor
Licenciado en filosofía y en psicología por la Universidad Central de Barcelona. Máster en psicoterapia humanista por el Instituto Erich Fromm.
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