Ruido de cañerías
Situación ficticia entre un crío y su padre recién separado, y la soledad que los sumerge en un caos cotidiano. La falta de atención del padre hacia su hijo desemboca en el caos y en un final trágico.
1 de junio · 984 palabras
En este relato, un niño llamado James trata de que su padre le explique lo que sucedió con su tío Robert y su madre. Desde que su madre se fue con otro hombre, James ha notado un cambio en su hogar. Cuando James le pregunta a su padre, este lo ignora y le pide que lo deje trabajar.
El niño recuerda cómo su padre solía contarle cuentos antes de dormir, antes de que descubriera a su madre en la cama con otro hombre. James también recuerda cómo su padre golpeó a su madre antes de expulsarla de la casa.
Con lágrimas en los ojos, James se siente angustiado y culpable por haber visto a su madre por última vez. Han pasado cuatro años desde ese momento y su madre no ha vuelto por él. James ha aprendido que lo que los mayores cuentan sobre la belleza de la vida es una mentira.
El padre de James le asegura que lo quiere mucho, pero la verdad detrás de la partida de la madre sigue siendo un misterio.
James miraba a su padre deseoso de conseguir una respuesta a su pregunta. A su corta edad de diez años todo su interés reposaba sobre aquella figura que para él representaba tanto.
-¡James, ahora no. Estoy arreglando unos papeles que he de entregar mañana.
El crío lo miró suplicante, deseando que su padre estuviera por él. Desde que mamá se fue con aquel hombre más joven que papá, las cosas en casa habían cambiado.
-¡Papá por favor explícamelo, anda!
Las cejas de su padre se arquearon cerrando cualquier atisbo de luz en sus ojos. Nunca James se había fijado en los enormes y negros ojos de su padre, y le causaron un profundo terror. Se apartó unos centímetros de él, pero no desistió en su cometido.
-¡Venga papá, explícamelo! —refunfuñó la indefensa criatura.
-¡Por el amor de Dios, James! ¿No ves que estoy ocupado?
Realmente sí que las cosas habían cambiado. Aún recordaba cuando su padre cada noche le contaba aquellos cuentos antes de irse a dormir. No hacía mucho de aquello; eso fue antes de que papá descubriera a aquel hombre en la cama de mamá. Un sudoroso e inquietante recuerdo empañó la memoria. Recordó con difusa imaginación infantil cómo papá había golpeado a mamá antes de echarla de casa. También recordó cómo oyó los golpes en la habitación de sus padres y cómo, al salir al corredor, pudo ver a su madre bajar las escaleras llorando. Cuando estaba bajando las escaleras ella se sintió vista y giró su mirada hacia la parte superior de la escalera. Allí estaba un niño con ojos cristalinos y cara desconcertada. A James le brotaron de su interior unas lágrimas dolorosas de angustia y culpabilidad. Su madre le dijo:
-¡James, mamá te quiere mucho. Volveré a por ti!
Habían pasado ya cuatro años desde esas palabras y aún su madre no había aparecido. James aprendió desde su más tierna niñez que lo que cuentan los mayores de lo hermoso que es vivir es sólo un cúmulo de mierda.
-¿Papá, es que ya no me quieres?
-James, cariño, te quiero muchísimo, pero ahora estamos tú y yo solos y papá ha de solucionar cosas de adultos.
Cómo añoraba a su papá de antes; algo o alguien se lo había cambiado en un breve transcurso de tiempo. Entendía, aunque fuese pequeño, el dolor que sentía su padre por todo lo sucedido, pero él también estaba allí solo y lo necesitaba. De golpe le volvió a invadir la culpa mezclada con la angustia y los recuerdos. Le vino a la cabeza lo que le había comentado un día su tía Mary, la hermana de su padre:
-James, mamá se ha tenido que ir. Papá lo está pasando mal por culpa de tu madre y ese odioso hombre. Papá los encontró haciendo cosas y por eso se ha tenido que ir. Has de estar a su lado, James; ahora te necesita más que nunca.
Cuando su tía Mary se refirió a lo de hacer cosas, él no supo asimilar a qué se refería su tía.
¿Acaso estaban leyendo algo privado de papá, o estaban jugando al ajedrez? ¡No! Estaban haciendo cosas que hacen los mayores, ahora lo entendía.
-Venga papá, no te hagas de rogar —le imploró nuevamente.
-James, lárgate ya, estoy trabajando.
El niño bajó la cabeza y salió del salón. ¿Dónde estaba su papá? ¿Por qué no se habían los dos ido a tomar por culo?
Él había apoyado a su padre, le hizo lado desde el primer día y ahora su padre también lo estaba abandonando.
Por primera vez sintió que desde su interior afloraba un sentimiento desconocido. Al principio no supo ponerle nombre a ese nuevo sentimiento; después, con los años, supo su nombre. ¡Cólera!
Se deslizó fantasmalmente seguro del paso que iba a dar; nunca nadie le daría de lado. Abrió la puerta del sótano y pudo olfatear el olor acre que habitaba en la estancia. Mientras bajaba, el olor y el calor se hacían menos agradables. Intuyó el lastimero quejido enfermizo de la caldera.
¿Papá, mamá, por qué me abandonasteis?
Vio desfilar en fila india ante él los bidones de gasolina que como únicos herederos de aquella oscuridad aborrecían su triste destino. Un terrible impulso de desesperación se apoderó de él. Vació en el mugriento suelo el néctar acre de su interior, dejando que el olor embriagara sus venas. Subió de prisa las escaleras del sótano y se dirigió conscientemente hasta la cocina. Cogió de un estante una caja de cerillas. Se acercó a la puerta del sótano y sacó una cerilla de la caja. Se entusiasmaron al observar la capucha roja que cubría el endeble trozo de madera. Se acercó al vestíbulo y gritó desde allí a su padre.
Él salió con pesadez del despacho hasta el descansillo de la escalera superior y contestó:
-¿Qué quieres ahora, James?
James le sonrió y le dijo:
-Te quiero, papá; ya nunca más estaré solo.
Se volvió hacia la puerta del sótano, encendió la cerilla y la dejó caer dulcemente en el vacío espectral. En su breve período de vida, la cerilla dibujó en la oscuridad todos los fantasmas, miedos y ambiciones de un crío que sólo deseaba ser querido.
James salió corriendo a la calle antes de que los fuegos artificiales cobraran vida por sí solos. Oyó ya fuera un estrepitoso estruendo y una deflagración que le hizo volar por los aires. Quedó tendido en la hierba húmeda, mientras recorría su seca lengua por sus tullidos labios. La gente empezó a amontonarse ante el dantesco espectáculo. Las sirenas de los coches patrulla rompieron el descanso de la noche. Después de varias averiguaciones, James fue conducido a un psiquiátrico con síntomas palpables de esquizofrenia, pero en una cosa tenía razón James: allí sí que hizo muy buenos amigos.
Sobre el autor
Llevo tiempo escribiendo ya que para mí es sin duda una de las expresiones más fabulosas que hay. Mi objetivo en la vida es ser escritor y hacía esa meta van dirigidas todas mis...
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