La muerte del Che Guevara
Fue el icono revolucionario más famoso del siglo pasado, que, curiosamente, logró muy poco en vida. Pero a muchos, de entonces y de ahora, les ha servido más muerto que vivo, ya que, al matarlo, lo imposibilitaron para seguir cometiendo errores.
19 de enero · 894 palabras
El artículo describe la muerte del famoso guerrillero y revolucionario argentino, el Che Guevara, en manos de las fuerzas armadas bolivianas el 9 de octubre de 1967.
El autor describe la escena en la que el sargento Mario Terán entró a la escuela que servía como cárcel improvisada donde se encontraba Guevara y le disparó, cumpliendo la orden de fusilamiento.
El autor señala que la imagen del Che como un valiente mártir ha sido utilizada con fines propagandísticos por los movimientos de izquierda, aunque sugiere que la imagen idealizada del Che como símbolo del comunismo no tiene en cuenta su historial como guerrillero fracasado en el Congo.
El artículo destaca la lucha armada del Che en los movimientos revolucionarios, su búsqueda de la muerte en combate y su fracaso en la creación de una dictadura comunista en América Latina, lo que lo llevó a su muerte y posterior mitificación.
En resumen, el artículo se centra en la figura icónica del Che Guevara, su legado revolucionario y su impacto en la cultura popular y política.
Era el 9 de octubre de 1967, en un pueblo boliviano llamado La Higuera, ya pasado el mediodía, cuando un sargento entró a un salón de una pobre escuelita que había sido improvisada como cárcel.
Ahí adentro estaba el guerrillero americano más famoso de todos los tiempos, un argentino que se había hecho descomunalmente famoso después de participar en la Revolución Cubana. Se trataba del Che Guevara.
Ya un cubano, agente de la CIA llamado Félix Rodríguez, le había dicho al guerrillero que iban a fusilarlo. Cuando entró el sargento, tal vez el Che pensó en todos los hombres a los que pasó por las armas sin ninguna consideración. Se ha dicho mucho de lo que dijo en ese momento, pero tal vez no dijo nada y solo se han puesto en su boca frases para engatusar más a sus seguidores.
No hay nada más propagandístico que un mártir valiente hasta el último minuto. Lo cierto es que le había llegado la hora. Y el sargento cumplió con la orden, que era, desde luego, fusilarlo.
Dicen por ahí que el que la sigue la consigue, y con el Che eso aplica a la perfección. Se pasó su trayectoria como guerrillero buscando que lo acribillaran a tiros y, al final, se lo concedieron. Esa descarga de metralla que le dio el sargento Mario Terán fue la cereza del pastel para crear al icono perfecto del comunismo con el cual hipnotizar a las juventudes. Y les quedó perfecto, tanto así que sigue vigente.
El Che llegó a Bolivia a finales de 1966, después de probar las mieles del fracaso en el Congo, adonde fue a poner en práctica los conocimientos adquiridos en la Revolución Cubana. No se trataba nada más de seguir un guion y alborotar a los africanos, derribar al gobierno, pasar por las armas a quien quisiera e instaurar una dictadura a la cubana. No todas las revoluciones son iguales y, por lo tanto, la cosa le salió todo lo mal que podía salir.
En lugar de retirarse a vivir en el anonimato con su esposa y sus no pocos hijos, optó por una nueva intervención por la fuerza, pero en América, su tierra, y en un país vecino de su natal Argentina: Bolivia. El guerrillero no tomó en cuenta que Barrientos, el presidente por aquel entonces de Bolivia, tenía cosas con las que no había contado en su momento Batista, el dictador cubano al que, junto con Castro, derrocó en Cuba, que era el apoyo de buena parte de la población y, lo más importante, la ayuda de los Estados Unidos. Creía haber aprendido una lección en su aventura por África, pero de hecho la olvidó, pues esta vez no supo huir a tiempo.
La nueva aventura en Bolivia empezó mal y así continuó hasta el último día. El Che, por principio de cuentas, se enemistó con Mario Monje, el hombre fuerte de los comunistas bolivianos. Ya no habría apoyo de los políticos. Los siguientes pasos también fueron con el pie izquierdo, porque Guevara vestía de militar, pero nunca fue, ni de lejos, buen estratega. No había reclutas, lo cual, a un hombre sensato, le habría hecho comprender el error y motivado a escapar antes de que todas las salidas estuvieran cerradas.
Pero pudo más la necedad. Ya había fracasado en el Congo y no se podía dar el lujo de hacer lo mismo en Bolivia en un tiempo récord de dos años. ¿Dónde iba a quedar la reputación del guerrillero más famoso del mundo? ¿A qué país liberaría si no había podido lograrlo ni en África ni en América y China, en ese entonces, ya estaba, y sigue, “liberada”?
El día 8 de octubre de 1967 se enfrentó al ejército boliviano en un lugar llamado la Quebrada del Yuro, y ahí se le acabó la suerte que tantos favores le había hecho. Cayó herido y fue hecho prisionero. Se le informó al presidente Barrientos de la captura y este, Pilatos contemporáneo, no se lavó las manos. Ni quiso esperar: un día después Guevara estaba sentenciado a muerte y la pena se aplicaría en ese momento.
“¡Póngase firme que va a matar a un hombre!”, o algo por estilo, es lo que a sus seguidores les gusta creer que dijo antes de que Terán lo ejecutara. Aunque el agente de la CIA Félix Rodríguez sostiene que el Che se puso blanco como un papel cuando le informó que su hora de morir había llegado. Desde luego, estaba en todo su derecho de tener miedo. Si hubiera sido un libertador auténtico, el hecho de tener miedo en el último minuto no le demeritaría en lo más mínimo. Pero como no lo fue ni estuvo cerca de serlo, es mejor para sus adoradores pensar que murió con dignidad.
Como guerrillero era ya un fracaso y no se cansaba de demostrarlo. En la tarea de político en Cuba no le había ido nada mejor. Por fortuna, para los que se han aprovechado de su imagen, para ser mártir solo hay que dejarse matar y dejar que la propaganda haga el resto. Y eso, el Che, le consta a todo mundo, sí lo hizo bien.
Adán J. Loredo
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