Brujas de que las hay, las hay

Este es un relato breve que me hace dudar sobre si creer en las brujas y en la existencia de la maldad. Los cuentos y leyendas que nos contaban los abuelos, a veces, parecen sacados de la vida real.

Gustavo Moreno
Gustavo Moreno

23 de mayo · 662 palabras

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Brujas de que las hay, las hay - Poesía y Relatos

El autor de este relato es un escéptico de todo lo que tenga que ver con supercherías y fenómenos paranormales, aunque reconoce que vive muy cerca de su suegra, lo cual no es de su agrado.

Un día, escuchó un extraño ruido en la azotea de su casa y decidió investigar, subiendo a la misma con temor. Allí, se encontró con un gigantesco pájaro negro que lo paralizó al girarse para mirarlo.

A pesar de que el autor no cree en brujas ni en hadas, se quedó con la duda de si se trataba de alguna clase de animal o un fenómeno sobrenatural. El misterio del extraño animal en la azotea sigue sin resolverse.

En general, el relato deja a los lectores con una sensación inquietante sobre lo desconocido y lo inexplicable en la vida cotidiana.

Primero que todo debo aclarar que nunca he creído en brujas, fantasmas, duendes, espíritus ni nada que tenga que ver con supercherías o fenómenos paranormales hasta ahora, y digo hasta ahora porque hace poco me sucedió algo que me puso a dudar de mi escepticismo en lo que tiene que ver con todas estas cuestiones.

Resulta que yo vivo con mi esposa y mis hijos en un tranquilo barrio de clase media. Hago un paréntesis para decir que estoy de acuerdo con todos los que piensan que la suegra de uno debe vivir lo más lejos posible de donde vive uno; lamentablemente eso no me pasa a mí, pues mi suegra vive en el mismo barrio donde nosotros vivimos, y no solo en el mismo barrio, sino a unas pocas casas de distancia de nuestra casa.

Yo había oído muchas historias de brujas, que se le aparecían a la gente y tenían la habilidad de convertirse en cualquier animal: unas veces en gato y de color negro, o en chulo, que es como le decimos en Colombia al gallinazo o zopilote. También se podían transformar en perro o en mariposa, y también había oído la historia —y les confieso que me pareció ridícula— de que cuando a uno se le aparecía una bruja, para ahuyentarla y desterrarla uno debía decir en voz alta, acompañada de algunas groserías: 'váyase, bruja maldita, y mañana regrese por sal'. Ese era el conjuro que uno debía repetir y dicen que al otro día la persona que llegaba a nuestra casa bien temprano a pedirnos que le regaláramos un poquito de sal era la bruja que habíamos espantado la noche anterior.

Pues resulta que una noche me despertó un extraño ruido, se sentía como un aleteo en la azotea y como si alguien estuviera rasguñando el techo. Miré el reloj y eran las dos de la mañana; se me hizo raro ya que a esa hora la mayoría de aves están durmiendo. Pensé que de pronto podía ser una lechuza o un búho. Intrigado por saber qué clase de animal era el que producía semejante ruido, me subí a la azotea con algo de miedo. Cuando abrí la puerta quedé petrificado: en toda la esquina del techo de la casa estaba, de espaldas, un gigantesco pájaro negro. Cuando se dio la vuelta me di cuenta de que tenía unos aterradores ojos rojos y un largo y filoso pico en forma de gancho; sus largas patas terminaban en unas filosas y grandes garras negras. Del susto me quedé mudo, pero reaccioné y me acordé de la historia que había oído para espantar a las brujas y, armándome de valor, le grité al infernal pájarraco la frase que había oído: 'fuera, largo de aquí, animal del demonio, y mañana vuelva por sal'. A los pocos segundos de haber dicho esto se oyó un horrible chillido y el pájaro, bruja o lo que haya sido, desapareció, se desvaneció como por encanto. Después de eso no sé a qué horas me pude quedar dormido.

Lo cierto es que lo que me despertó fue el timbre de la puerta. Miré el reloj y eran las cinco de la mañana; no me imaginé quién podría ser y quién querría algo a esa hora de la mañana. Cuando abrí la puerta me sorprendió ver a mi suegra vestida toda de negro, parada en la puerta y con un pocillo en la mano. Sin saludarme, me dijo: 'Yerno, ¿no tiene una tacita de sal que me regale? La que tenía me la gasté toda anoche'. Le di la sal sin decir una sola palabra. Después de cerrar la puerta me quedé pensando en el pájarraco de esa noche; lo único que sentí fue un horrible escalofrío en todo el cuerpo.

gusmorpi

Gustavo Moreno

Sobre el autor

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