No soy de aquí, ni soy de allá
La frase «No soy de aquí, ni soy de allá» me acompaña cuando pienso en la vida nómada. En este artículo analizo cómo ese desplazamiento constante transforma las relaciones, la identidad y el sentido de pertenencia.
28 de abril · 506 palabras
En este artículo se analiza la realidad actual en la que vivimos, cada vez más líquida, cambiante y en constante movimiento. El autor hace referencia al exilio del cantautor argentino Facundo Cabral y cómo él aprendió a vivir como nómada, en un constante estado de incertidumbre.
Esta realidad es cada vez más familiar para todos, según Zygmunt Bauman, ya que vivimos en una sociedad de despedidas, relaciones de corta duración y constante adaptación.
El artículo se centra en la época estival, donde miles de jóvenes de todo el mundo se desplazan a ciudades como Barcelona o la isla de Ibiza en busca de una vida mejor.
El autor hace hincapié en la importancia de aprender a adaptarse, de vivir con poco e incluso de aprender el valor del suelo, la moneda y el trabajo. A medida que se van ajustando, algunos deciden quedarse y otros tienen que regresar.
Los que permanecen aprenden a vivir a momentos aquí y allá, utilizando cada vez menos las herramientas tecnológicas para comunicarse, centrándose en su vida presente.
En resumen, el artículo muestra la forma en que las personas se adaptan a la vida moderna en la que cada vez es más común tener que dejar atrás lo conocido y aprender a vivir con poco, buscando adaptarse a nuevos ambientes y circunstancias.
Con estas maravillosas palabras comienza el estribillo de una de las canciones más populares de Facundo Cabral, compositor y cantautor argentino. Exiliado de su país natal, aprendió a vivir como nómada, en constante estado de incertidumbre.
En este artículo analizaremos esta realidad. Es una realidad cada vez más familiar para todos, ya que, como bien dijo Zygmunt Bauman, vivimos en una modernidad cada vez más líquida, movediza, de largos despegues y aterrizajes. Es una realidad de despedidas, de "te extraño", de relaciones de corta duración.
Aún recuerdo el día en el que subí al avión. Mi madre y mi hermana estaban conmigo. Mi padre no. Ya por aquel entonces aprendí el "te extraño". Aprendí la longitud del océano y que cuando en Uruguay hace frío, en España hace calor.
Y ahora se acerca el verano. Miles de jóvenes de todo el mundo se desplazan hasta la ciudad de Barcelona. Muchos siguen en barco hasta la isla de Ibiza. Otros se desplazan hacia el norte de América, donde se ha prometido calidad de vida. Algunos se mueven hacia el oriente a encontrarse con su espíritu.
Todos dicen "chau", "adiós", "bye-bye", "au revoir", "adieu", "ciao", "sayonara", "zdravo", "zbohom", "oala", "zbogom", "kata perpisahan"...
Algunos tienen fecha de regreso, otros no. Algunos ya no volverán. Aprenderán a adaptarse. Aprenderán a ser agua. Unos pocos vivirán con mucho, otros muchos vivirán con poco. Y aprenderán el valor del suelo, de la moneda, del trabajo.
Hasta que aquel trabajo te ate, o el amor, o el clima. Entonces decides quedarte. Ya has dicho "adiós", te has adaptado y te has hecho agua. Entonces el "te extraño" ya es parte de tu vida. Vives a ratos aquí y a ratos allá. Te obsesionas con las redes, el teléfono y la telepatía. Crees que pueden escucharte y te los imaginas felices. Comienzas a usar Skype, pero de alguna forma no es lo mismo. Entonces lo dejas. Hablas cada vez menos y usas más la telepatía. Te centras en tu vida aquí. Incluso haces una lista de los muchos pros de esta nueva vida. Conoces a alguien maravilloso, que también ha estado aquí y allá y ahora está aquí. Sientes que te comprende, pero te dice que a lo mejor no se queda aquí por mucho tiempo.
Entonces el tiempo es corto e intenso. Hasta tienes la sensación de estar viviendo muy deprisa. Vives en un futuro casi inmediato, pero no en el presente. Ya te has enamorado, tienes trabajo y hay buen clima.
Entonces decides ir de visita al que fue tu país natal. Subes al avión. Han pasado siete años sin volver. Estás nervioso. Arranca el motor y poco a poco despegas. Abandonas tierra firme. Ahora más que agua eres aire. Vuelas en silencio y miras por la ventanilla. De pronto te sientes doblemente afortunado. Tienes dos familias, una por aquí y otra por allá.
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