Un clásico de la violencia
Realidad que ocurre a diario en muchos estadios y una propuesta audaz para combatirla. Artículo para entender la estructura de estos grupos y cómo trabajar desde ellos.
28 de septiembre · 917 palabras
En los últimos tiempos, los escenarios deportivos peruanos se han convertido en espacios donde la violencia de todas las edades, estratos sociales y tipos (verbal, físico, individual, grupal) se manifiesta de forma cada vez más frecuente.
Asistir a un evento deportivo ya no es una actividad placentera, se ha convertido en una aventura peligrosa. A pesar de los intentos por calmar la violencia con cámaras de seguridad y revisiones durante el ingreso, este problema sigue aumentando.
Las barras violentas de los clubes parecen ser irredimibles y el único enfoque válido para reducir los niveles de violencia parece ser el represor.
Para entender este fenómeno, es importante comprender la estructura de las barras deportivas, que no son simplemente grupos espontáneos que se reúnen para alentar a un equipo.
Estas organizaciones tienen una estructura que va desde los núcleos o grupos barriales hasta la elección de la directiva de mayor alcance. Tenemos frente a nosotros una organización social estructurada que va mucho más allá de lo deportivo y que requiere una respuesta integral e integradora.
En conclusión, la violencia en los escenarios deportivos peruanos es un problema cada vez más preocupante que requiere una solución integral y que debe abordarse desde la comprensión de la estructura de las barras deportivas.
Un clásico de la violencia
Por Héctor Lazo Huaylinos *
Desde un tiempo a esta parte los escenarios deportivos peruanos vienen siendo espacios donde se ven grandes manifestaciones de la violencia de todas las edades, en todos los estratos sociales y de todo tipo (verbal, físico, individual, grupal). Es como si la violencia fuera una moda, un estilo de vida.
Lejanos están los tiempos en que ir a un evento deportivo generaba placer porque ahora genera miedo. Donde antes se iba en familia, ahora se va en grupos. Donde uno iba relajado comentando con un buen amigo sobre el partido, ahora tiene que estar alerta viendo qué camiseta tiene el grupo que viene por las calles para evadirlos o acompañarlos camino al estadio. En resumidas palabras, asistir a un clásico hoy es asistir a una aventura peligrosa donde hay que saber por qué calles pasar, qué canciones cantar y, sobre todo, no mostrar miedo.
Se han visto muchos intentos por tratar de calmar esta espiral de violencia desde cámaras de seguridad y revisiones durante el ingreso, pero el espiral sigue su curso, cada día más violento. Al parecer nada puede parar a las barras violentas de los clubes y el único enfoque para reducir los niveles de violencia que parece válido tiene solo un carácter represor.
Para entrar y entender al mundo de las barras deportivas debemos comprender su estructura y no solo pensar que es un grupo espontáneo que se reúne para ir a alentar en el estadio a determinado equipo. Estos grupos tienen una estructura que parte de los núcleos o grupos barriales, que escogen a sus líderes para luego ser representantes distritales y después escoger una directiva de mayor alcance. Desde allí debemos partir para entenderlos y abordarlos. Es decir, tenemos frente a nosotros toda una organización social estructurada, que va mucho más allá de lo deportivo y de las barras y que requiere una respuesta integral e integradora.
Estas organizaciones tienen vasos comunicantes que van desde Lima a Tacna o a Iquitos o a cualquier punto del país; son espacios de crecimiento, socialización y aprendizaje de miles de jóvenes, más allá de lo positivo o negativo que sea este proceso. Seguirlos tratando o abordarlos como un grupo espontáneo o local es insultar la inteligencia de aquellos que sí conocen de esta problemática. Estos jóvenes son un capital humano importante, y no se reducen a algunos elementos criminales que aprovechan este entorno. El trabajo con los “chicos malos” no ha sido abordado adecuadamente y solo nos hemos centrado en sus conductas negativas que lógicamente son las más notorias. La pregunta es si los medios de comunicación hablarían de estos jóvenes si no fuera por estos trágicos hechos.
¿Cómo capitalizar este capital humano?
Esta es la gran interrogante. Pues, para empezar, hay que trabajar desde adentro. Cualquier propuesta que pretenda tener algún valor no solo debe considerarlos, sino trabajar con ellos, decidir con ellos... no hacia ellos, sino desde ellos.
En el Perú hubo una experiencia desarrollada por INPPARES a través del Proyecto “Vidas para un Mundo Nuevo”, cuyas metodologías, sin embargo, mostraron una gran audacia y eficacia para abordar esta problemática. El equipo responsable del proyecto logró ingresar a las propias estructuras de ambas barras y recoger información de primer nivel sobre varias problemáticas que no solamente se centraban en la violencia sino en otros temas, como la sexualidad.
Por ejemplo, mediante una encuesta se demostró que la población de jóvenes pandilleros tenía más mitos frente al VIH que los grupos de niños trabajadores o niños de las calles, y eso se daba precisamente porque estos grupos han roto todo vínculo con la “sociedad oficial” (colegios, instituciones del Estado, centros de salud), formando sus propias reglas y, con ello, sus consecuentes mitos. Ni qué decir de la percepción que se tiene de la mujer, con conductas machistas, niveles de agresividad, rol de pareja, etc. Lo audaz de la propuesta no solo fue la forma en que se logró recoger la información requerida, sino cómo se sensibilizó y se trabajó con estos jóvenes, valorándolos como un capital humano a ser incluido socialmente. Hubo logros significativos como haber sensibilizado a los líderes y hacerlos partícipes en su comunidad en lo referente al presupuesto participativo, faenas comunales y lograr que, a través del mercadeo social, sean ellos quienes brinden mensajes positivos a sus propios pares. No es imposible; ya está demostrado, solo hay que proseguir con la experiencia, implementando programas de alcance metropolitano (en el caso de Lima), integrales e integradores.
En esta foto la barra de la U participa en la campaña promoviendo una sexualidad responsable para prevenir el VIH SIDA, y nos habla de que cuando hay propuestas audaces se pueden generar cambios y también nos interpela sobre la escasez de programas sociales para trabajar con estos jóvenes.
Un aspecto importante que también debe discutirse es el rol de los clubes de fútbol, que tienen una responsabilidad social frente al hincha y al barrista. Una alternativa, por ejemplo, es que un porcentaje de los ingresos de la taquilla se destine a la educación de estos jóvenes y contribuya a su inclusión social. Así, en un futuro cercano veríamos no solo un grupo de barristas, sino un grupo de jóvenes ciudadanos al que se le da la oportunidad de resocializarse, y que serían los primeros en ayudar a garantizar que nuestros estadios sean nuevamente lugares de esparcimiento para toda la familia.
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