Sin líderes democráticos, no hay democracia

En el artículo "Sin líderes democráticos, no hay democracia" se describe la función e importancia del líder democrático para el desarrollo de esta incipiente democracia. Su avance es lento debido a la predominancia de líderes tradicionales con costumbres y hábitos autoritarios.

Cicely Sanchez
Cicely Sanchez

13 de septiembre · 766 palabras

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Sin líderes democráticos, no hay democracia - Política

El artículo reflexiona sobre el estado de la democracia en países donde la élite detenta el poder, en contraposición con la definición de Abraham Lincoln de que la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

El autor sostiene que la cultura autoritaria es una característica común en estos países, donde la gente anhela tener fama, dinero y poder, y quiere ser vista como líderes. Pero, sin líderes democráticos, la democracia no puede perfeccionarse.

Por lo tanto, el Estado debe promover y fomentar el liderazgo democrático, proporcionando capacitación en habilidades de negociación, diálogo, planificación y oratoria, entre otros. Los líderes democráticos también deben tener una visión estratégica y habilidades de gestión gerencial.

En resumen, no hay democracia sin líderes democráticos capacitados y comprometidos con los valores y principios democráticos, y sin la participación activa de la sociedad en la vida política.

Sin líderes democráticos, no hay democracia

Mariano Portillo
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«La democracia es el "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", como la define Abraham Lincoln en su histórico discurso. Esta no es la caracterización de la democracia para el país; sino, el "gobierno de la élite, por la élite y para la élite". ¿Qué desarrollo tendría el país, de seguir así? Solo se marcaría aún más las diferencias sociales.» M. Portillo. Artículo: Entre El Líder Y El Sistema.

No es extraño que nuestros deseos se centren en tener fama, dinero y poder. Hay una necesidad rara de sentirse importante, al grado de que nos sintamos jefes, jefecitos, jefazos, jefesotes y, en última instancia, "jefes de uno mismo". Siempre creemos tener la verdad y la razón; vemos a los demás como súbditos. La mayoría quiere mandar y ser obedecido (saludo uno, saludo dos). Todo esto explica, de alguna forma, nuestra cultura autoritaria.

El planeta ha aceptado la democracia como modelo de vida terrenal, contrario a la autocracia, modelo que se niega a desaparecer por sí sola por el arraigo de sus costumbres y hábitos que definen nuestro carácter subdesarrollado.

La democracia demanda la participación activa y dominante de líderes democráticos: desde la casa, la escuela, el trabajo, la organización social y, en especial, en los partidos políticos y el gobierno. Sin líderes democráticos no se perfecciona la democracia.

El querer ser líder democrático no es suficiente; es necesario poder serlo; para eso es vital el entrenamiento tutelado. Aunque se nace con algunas habilidades, atributos y virtudes, nunca es suficiente; por eso se requiere formación y capacitación: técnicas de negociación y de diálogo, valores y principios democráticos, planificación y oratoria, entre otros.

El Estado debe promocionar e incentivar el liderazgo democrático, con una mente abierta a los cambios mundiales y con habilidades para anticiparse a los acontecimientos.

El liderazgo tiene implícito visión estratégica y gestión gerencial. Al faltar uno de los dos, sería un liderazgo incompleto. El país debe ser dirigido por líderes de tiempo completo, porque deben escuchar y atender las demandas de la sociedad sin excusas; en su defecto, las interpretan e igualmente las ejecutan. Nunca pierden de vista el bien mayoritario o bien común como fin principal.

Un líder es seguido por ser confiable, por decir la verdad, por un discurso equilibrado y claro. La verdad no tiene enredos, se defiende sola. La mentira necesita esfuerzos extra y agitadores para defenderse, y habilidades artísticas para aparentar.

La gente primero acepta al líder y seguidamente acepta su proyecto. Si una sociedad no tiene líderes democráticos es como un barco sin brújula o sin norte. Es el líder el que tiene el norte y por eso es quien da dirección a la organización. Ante la falta de líder y dirección se avanza, pero como no se sabe para dónde se va, seguramente se llegará a cualquier lugar. Al final, tal vez el fruto resulte atractivo; esto será producto de la suerte, que pocas veces está presente. No debemos depender de ella. El líder con un norte bien definido, avance lento o rápido de acuerdo a las circunstancias o adversidades coyunturales, podrá cambiar de rumbo, pero el norte hará que no se pierda y alcance el objetivo.

El líder democrático es una garantía para una sociedad, más aún para esta en la que vivimos, en donde prevalece la desesperanza.

El líder debe ser capaz y eficiente para captar las demandas de la sociedad mediante el uso de técnicas y procedimientos confiables que recolecten el verdadero sentir de la gente. Después de obtenidas las demandas, viene la tarea de planificar, haciendo las evaluaciones políticas, técnicas y financieras que demostrarán su viabilidad.

La poca práctica de la democracia se debe, entre otras causas, a que los líderes —si se les quiere llamar así— tienen poca o nula formación política y, en especial, poca práctica de los principios democráticos, base del ejercicio diario que hace que esta se convierta en un modelo de vida.

«El problema del país radica en la realización de la democracia y como consecuencia de ello, la dormancia del desarrollo integral y sostenible. ... el desarrollo es posible, si se practica la democracia. Pero también es cierto que la democracia no fructifica en la pobreza. (...) Los hombres y las mujeres íntegros que creen en la democracia son en los que la sociedad debiera delegar la dirección del desarrollo.» M. Portillo. Artículo: "Entre Los Líderes Y El Sistema".
Cicely Sanchez

Sobre el autor

Cicely Sanchez

Me dedico a la Investigacion Criminal, a dar capacitaciones y realizar Proyectos en Seguridad Publica, Prevencion del Delito e Investigacion Criminal

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