La pena de muerte en México

Tan solo oír hablar de semejante cosa causa terror a no pocos. No porque la aprobación lleve a muchos criminales a perecer por el brazo de la justicia, sino por la cantidad de inocentes que nuestro corrupto sistema conduciría al patíbulo.

Adán J. Loredo
Adán J. Loredo

22 de marzo · 523 palabras

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La pena de muerte en México - Política

El autor plantea la discusión sobre la pena de muerte en la sociedad actual. A pesar de que muchos argumentan en contra y consideran que la aplicación de esta medida es arcaica, el escritor cree que es un método de castigo necesario.

Afirma que no se trata de revivir a las víctimas ni borrarles la memoria, sino de castigar a los criminales para demostrar justicia a las familias afectadas. Señala que es una forma de evitar que los delincuentes vuelvan a las calles y hagan daño nuevamente.

Aunque hay quienes creen que el sistema de justicia debe enfocarse en la rehabilitación de los presos, el autor cree que algunos criminales no se conforman solo con robar y necesitan ser castigados de forma más severa.

En definitiva, el autor defiende la implementación de la pena de muerte como una forma de hacer justicia para las víctimas y sus familias, quienes merecen saber que los responsables no volverán a dañar a nadie más.

Tan solo oír hablar de semejante cosa causa terror a no pocos. Y no porque la aprobación lleve a muchos criminales a perecer por el brazo de la justicia, sino por la cantidad de inocentes que nuestro corrupto sistema conduciría al patíbulo.

Quienes están en contra (yo no) argumentan cosas que no terminan de convencer. Los pacifistas, que luego sirven para poco y después para nada, alegarán siempre que tal medida es de cavernícolas y que una sociedad civilizada, como la nuestra, no puede recurrir a semejante barbarie para castigar a los criminales. "Es un retroceso", he escuchado decir a algunos que se oponen a la medida; "matarlos no revivirá a la víctima", dicen otros.

Lo que pasa es que no se trata de revivir a las víctimas o de borrarles la memoria para que olviden; desgraciadamente no es posible. Simplemente se trata de castigar a los criminales. Ni siquiera es importante si se arrepienten y piden perdón a los dolientes o se encomiendan a su santo favorito; la pena de muerte es, y será siempre, un método de castigo por el cual demostrarle a una familia que en unos minutos quedó destrozada que hay justicia. Solo eso, justicia.

¿Qué cree el lector que siente un padre o una madre al saber que quien le destruyó la vida después de diez años gracias a profundas muestras de arrepentimiento volvió a la calle?

Hay muchos imbéciles que dicen que a balazos no se resuelven las cosas, incluso ponen a Gandhi como ejemplo de que por métodos pacíficos se puede erradicar el mal. Exhorto a esos valientes a que vayan y le den la mano y un caluroso abrazo a los criminales más despiadados que desgarran día con día al país.

No faltan los que dicen que un evolucionado sistema de justicia tiene que rehabilitar a los habitantes de las prisiones. A todos. Ciertamente el carterista que no pasó de causarle un disgusto a su víctima puede ser reintegrado a la sociedad después de una buena temporada en la jaula para que entienda que despojar a los otros de lo que su trabajo les costó es algo abominable. Pero aquellos que no se conforman con lo ajeno, sino que disfrutan ejerciendo el mal con terribles manifestaciones de terrorismo en contra de los inocentes, ¿tienen derecho de ser reintegrados a la sociedad? Por supuesto que no.

Y es que no podemos hablar de un evolucionado sistema de justicia que dé tratos innovadores a los criminales porque, sencillamente, el mal no ha evolucionado. Sigue causando un aterrador daño como hace cien o mil años. El sufrimiento de las víctimas tampoco entró con el siglo, sino que es tan viejo como el mal mismo. No podemos dejar que nos altere escuchar "pena de muerte", porque, sin duda, por escalofriante que sea la frase, puede lograr que las personas justas y buenas puedan caminar sin temores por la calle y sonreír nuevamente.

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