8 puntos para gastar menos calefacción y agua caliente en invierno
En invierno la factura suele subir sin que sepamos muy bien por qué. Muchas veces el gasto viene de pequeños descuidos en puertas, ventanas, termostatos y agua caliente. Si corriges esos detalles, la casa conserva mejor el calor y los equipos trabajan bastante menos.
26 de octubre 1489 palabras
La subida de la factura en invierno suele venir de pequeños fallos que pasan desapercibidos, como corrientes de aire, persianas mal selladas o equipos mal regulados. El artículo propone ocho medidas sencillas para reducir el gasto en calefacción y agua caliente.
Entre ellas, revisar puertas y ventanas, reforzar la caja de la persiana, aprovechar el sol durante el día y cerrar bien por la noche. También aconseja ajustar el termostato a temperaturas razonables, no tapar radiadores ni salidas de aire, y mantener los equipos limpios y en buen estado.
En cuanto al agua caliente, recomienda revisar la temperatura del termo, tomar duchas más cortas, usar programas de lavado más fríos y evitar desperdicios en el grifo. Por último, sugiere ventilar poco tiempo pero de forma eficaz, para renovar el aire sin enfriar la vivienda.
Cuando llega el frío, la factura de la luz o del gas empieza a subir a una velocidad que molesta bastante. Muchas personas creen que la única salida es usar menos la calefacción y aguantar la casa más fría, pero en bastantes hogares el problema empieza antes, en una ventana que no cierra bien, una puerta que deja pasar aire o un termo ajustado demasiado alto.
Por ello hoy vamos a repasar 8 puntos sencillos para gastar menos calefacción y menos agua caliente en invierno. Son medidas al alcance de cualquiera. Algunas cuestan muy poco y otras directamente solo exigen prestar atención durante unos minutos.
Punto 1: Revisa puertas y ventanas para detectar corrientes de aire.
Este es el primer truquillo que deberías poner en práctica. Por la noche, con la casa cerrada y la calefacción funcionando, pasa la mano despacio por el contorno de ventanas y puertas. Si notas una zona más fría o una ligera corriente, ahí tienes una fuga. Otra forma muy simple es usar una tira fina de papel higiénico o de cocina. Acércala al marco y comprueba si se mueve.
Cuando encuentres el punto conflictivo, limpia bien la superficie y coloca un burlete adhesivo. En la parte baja de la puerta principal suele funcionar muy bien un cepillo bajo puerta o un cilindro textil de los que se apoyan en el suelo. Parece poca cosa, pero una rendija está dejando escapar calor durante todo el día. Si tu sala se enfría rápido aunque la calefacción esté encendida, muchas veces la explicación está ahí.
Punto 2: No te olvides de la caja de la persiana.
Mucha gente revisa la ventana y se queda tranquila, pero la caja de la persiana suele dar bastante guerra. En invierno deja pasar aire frío y, además, es un punto por el que se pierde calor con facilidad. Si la tapa se puede abrir sin complicaciones, retírala con cuidado, limpia el polvo acumulado y comprueba si hay holguras alrededor.
Si ves ranuras pequeñas, puedes colocar una cinta de espuma adhesiva en el borde de la tapa para mejorar el cierre. Hazlo con cuidado para no interferir con la correa o el mecanismo. Después, acuérdate de bajar la persiana al anochecer. Durante el día conviene aprovechar el sol, pero una vez cae la tarde la persiana ayuda a crear una barrera extra frente al frío del cristal. En habitaciones muy frías se nota bastante.
Punto 3: Aprovecha el sol y las cortinas con un poco de horario.
Durante el invierno el sol puede calentar una habitación más de lo que imaginas. Si tienes una sala o dormitorio que recibe luz directa por la mañana o al mediodía, abre persianas y cortinas en esas horas. Deja que entre el calor. En cambio, cuando esa luz desaparezca, vuelve a cerrar. Así retendrás parte de la temperatura acumulada.
Con las cortinas pasa algo parecido. Las telas gruesas ayudan durante la noche, sobre todo si cubren bien el contorno de la ventana. Lo que no conviene es mantener todo cerrado a todas horas por costumbre. Si tu comedor recibe sol de once a dos, aprovéchalo. Si un cuarto es sombrío y helado, cierra antes. Son pequeños gestos, pero van sumando y hacen que la calefacción tenga menos trabajo unas cuantas horas cada día.
Punto 4: Ajusta la calefacción con cabeza, no con prisas.
Hay un error muy común. Llegas a casa con frío y subes el termostato al máximo pensando que así calentará más rápido. En realidad, la mayoría de los equipos van a tardar prácticamente lo mismo en empezar a templar el ambiente. Lo único que consigues es que luego la casa se caliente más de la cuenta y el gasto suba.
Para estar cómodo, en la zona de estar suele bastar una temperatura de entre 19 y 21 °C. En los dormitorios normalmente llega con entre 17 y 18 °C para dormir bien. Cada grado extra se nota en el consumo. Si tienes temporizador, prográmalo para que la casa empiece a calentarse un poco antes de levantarte o de regresar del trabajo. Y si utilizas un equipo tipo split en modo calor, no lo pongas a 28 °C. Ajustarlo a una temperatura razonable da mejor resultado y evita derroches bastante tontos.
Punto 5: Deja que radiadores, estufas o equipos de aire trabajen sin obstáculos.
Otro fallo muy repetido es tapar la fuente de calor sin darse cuenta. Un sofá pegado al radiador, una cortina larga por delante, ropa húmeda secándose encima o muebles que bloquean la salida de aire. Todo eso hace que el aparato funcione peor. El calor se queda retenido donde no interesa y tarda más en repartirse por la habitación.
Si usas radiadores de agua, revisa al comienzo de la temporada si alguno tiene aire dentro. Cuando un radiador calienta por abajo pero queda frío por arriba, suele pedir una purga. Se hace en pocos minutos con la llave adecuada y ayuda a que caliente mejor. Si usas bomba de calor o un equipo de aire en modo caliente, limpia los filtros cada cierto tiempo. Cuando están llenos de polvo, el aparato necesita más esfuerzo para mover el aire. Un mantenimiento tan simple como ese ahorra más de lo que parece.
Punto 6: Mira la temperatura del termo o del calentador.
En muchas casas el agua caliente está ajustada demasiado alta. Luego toca mezclar bastante agua fría en la ducha o en el lavabo para no quemarse. Eso significa que primero has gastado energía calentando de más y después intentas corregirlo. Si tu termo eléctrico o calentador lo permite, revisa la regulación y prueba una temperatura moderada. En muchos hogares, entre 50 y 55 °C es más que suficiente.
Haz el cambio poco a poco. Baja un poco el mando, espera un día y comprueba si el agua sigue siendo cómoda para la ducha y la cocina. Si el termo está instalado en un lavadero frío o en una galería, también conviene revisar los tubos metálicos que salen de él. Si están muy expuestos, pierden calor antes de que abras el grifo. Un simple aislamiento para tuberías puede ayudar, y no requiere ninguna obra complicada.
Punto 7: La ducha, la lavadora y el fregadero también cuentan.
Cuando hablamos de agua caliente, casi todos pensamos en la ducha, pero hay más costumbres que disparan el gasto. Empecemos por lo básico. Una ducha corta consume bastante menos que un baño, y cerrar el agua mientras te enjabonas recorta mucho el uso diario sin que apenas lo notes. Si en casa viven cuatro personas y cada una reduce dos o tres minutos, al cabo del mes la diferencia ya se deja ver.
En la lavadora ocurre algo parecido. Mucha ropa cotidiana sale perfectamente limpia con agua fría o con programas de 30 °C. Reserva el agua más caliente para sábanas, toallas o prendas realmente sucias. Además, intenta lavar con carga completa. Poner media lavadora varias veces por semana sale bastante peor que esperar un poco y llenar el tambor. En la cocina, evita abrir el grifo de agua caliente para tareas breves, como enjuagar una taza o lavar una fruta. Muchas veces el agua caliente ni siquiera llega a salir, pero el sistema ya ha empezado a trabajar.
Punto 8: Ventila poco tiempo, pero hazlo bien.
Abrir una ventana durante toda la mañana en invierno es una de esas costumbres que enfrían la casa sin aportar gran cosa. Para renovar el aire suele bastar con abrir bien varias ventanas durante un tiempo corto, de 5 a 10 minutos, y mejor si haces corriente. Así cambias el aire interior con rapidez y las paredes, muebles y suelos no llegan a enfriarse tanto.
Lo más práctico es ventilar a media mañana o al mediodía, cuando la temperatura exterior es algo menos dura. Si tienes calefacción encendida, apágala durante esos minutos. Y presta atención a la humedad del baño y la cocina. Después de ducharte o cocinar, conviene sacar ese vapor porque una casa húmeda se siente más fría y suele pedir más calefacción. Si secas ropa dentro de casa, ventila después un rato. Esa humedad extra termina pasándote factura por otro lado.
Como ves, ahorrar en invierno no significa vivir incómodo ni andar con manta encima todo el día. Se trata de quitar fugas, ajustar mejor los equipos y corregir costumbres que hacen gastar de más. Empieza esta semana por dos o tres puntos y verás cómo la casa responde mejor.
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