Del partido militante al vehículo electoral: la transformación de la representación política en el Perú, 2001-2024
Tras la transición democrática de 2001, el Perú parecía encaminado a reconstruir su sistema de partidos. Ocurrió, más bien, una lenta sustitución del partido orgánico por el vehículo electoral, del comité por la campaña, y esa mudanza ayuda a entender la fragmentación política de los últimos años.
15 de octubre 1966 palabras
Entre 2001 y 2024, el Perú pasó de esperar una recomposición de sus partidos a convivir con organizaciones usadas como plataformas electorales.
Tras la caída de Fujimori, algunas fuerzas históricas reaparecieron, pero la mayoría no logró reconstruir militancia, cuadros ni vínculos sociales duraderos.
Poco a poco, el peso de los programas cedió ante el liderazgo personal, las campañas breves y las marcas partidarias alquiladas por candidatos con ambición y recursos.
Ese cambio debilitó la disciplina de las bancadas, multiplicó las alianzas inestables y volvió más visible la fragmentación, como mostró la elección de 2021.
La descentralización también desplazó la representación hacia regiones y municipios, donde crecieron movimientos locales y liderazgos caudillistas. A ello se suman el desprestigio heredado del fujimorismo, la informalidad social, la presión de los medios y el financiamiento opaco.
Las reformas han ordenado parte de la competencia, pero todavía no han devuelto vida real a los partidos.
1. Introducción
Tras la caída del régimen de Alberto Fujimori, una parte considerable de la opinión pública pensó que el sistema de partidos volvería lentamente a ocupar su lugar en la vida nacional. Había razones para creerlo: reaparecieron organizaciones históricas, se abrió el debate público, regresaron ciertos controles institucionales y las elecciones recuperaron credibilidad. Sin embargo, al mirar con algo de distancia el periodo 2001-2024, lo que se aprecia es otra cosa: la consolidación del partido como vehículo electoral, la persistencia del caudillismo y una representación cada vez más fragmentada.
Lo que aquí intentaremos mostrar, será cómo se produjo este cambio y por qué el Perú ingresó al siglo XXI con elecciones periódicas, pero sin un sistema de partidos estable. El tema, por cierto, no es ajeno a nuestra historia republicana. La novedad está en la forma contemporánea que ha tomado: menos comité y más campaña, menos militancia y más operador, menos programa y más marca personal.
2. La transición democrática y la ilusión de recomposición
La transición de 2000-2001 abrió una coyuntura singular. El gobierno de Valentín Paniagua restableció ciertas normas mínimas de convivencia política y permitió una competencia electoral relativamente ordenada. En las elecciones de 2001 aparecieron nombres que hacían pensar en una recomposición: el APRA, que aún conservaba estructura, memoria y cuadros; Acción Popular, con presencia municipal discontinua pero real; el PPC, reconocido en algunos sectores urbanos; y Perú Posible, que había logrado articular el descontento contra el fujimorismo alrededor de Alejandro Toledo.
Pero aquella recomposición fue parcial. El APRA sobrevivió más por su historia y disciplina residual que por una expansión social nueva. Acción Popular mantuvo nichos locales, aunque lejos de la gravitación que tuvo décadas atrás. El PPC no consiguió romper su encierro limeño y costeño. Perú Posible, a su vez, mostró desde muy temprano una debilidad conocida en la política peruana reciente: dependía casi enteramente de la figura de su líder. Cuando el liderazgo se desgasta, la organización empieza a vaciarse.
La elección de 2006 profundizó este cuadro. Ollanta Humala llegó a la segunda vuelta bajo el paraguas de Unión por el Perú, partido que no había sido construido por él; Alan García ganó la presidencia con una maquinaria todavía activa, pero muy distante de la capacidad social del aprismo clásico; Unidad Nacional no pudo expandirse como fuerza de alcance nacional. Ya entonces era visible que la democracia peruana había recuperado el voto, pero no había reconstruido del todo la mediación política entre sociedad y Estado. Se elegían autoridades, sí, pero las organizaciones que debían formar, filtrar y representar intereses colectivos seguían siendo frágiles.
3. El partido como vehículo electoral
En ese contexto se fue afirmando una figura muy conocida en el lenguaje político peruano: el vientre de alquiler. La expresión es dura, pero describe bien el fenómeno. Un partido con inscripción legal, aunque sin vida orgánica, se convierte en una plataforma disponible para un candidato con recursos, popularidad o expectativas de crecimiento. El valor principal ya no está en la militancia, el programa o la doctrina, sino en la autorización formal para competir.
Esto produjo un cambio de gran alcance. En el siglo XX, incluso con todas sus limitaciones, los partidos construían locales, juventudes, prensa partidaria, círculos de estudio, comités barriales, relaciones con sindicatos, centros estudiantiles o asociaciones profesionales. Ese mundo se fue reduciendo. En su lugar aparecieron comandos de campaña, consultores de imagen, operadores territoriales, brigadas temporales y una comunicación cada vez más dependiente de la televisión primero, y de las redes sociales después. La política se hizo más rápida, más costosa y más corta.
Los ejemplos abundan. Perú Posible se debilitó aceleradamente luego del gobierno de Toledo. Unión por el Perú cambió de identidad y de liderazgo varias veces. Peruanos por el Kambio nació alrededor de Pedro Pablo Kuczynski y sufrió el mismo desgaste cuando su figura se quebró. En otros casos, la inscripción partidaria sobrevive como una cáscara, esperando al siguiente postulante competitivo. Así, la continuidad organizativa cede frente a la oportunidad electoral.
El problema no termina allí. Cuando un partido se organiza de ese modo, también cambia la conducta de sus representantes. Las bancadas parlamentarias se vuelven inestables, los desacuerdos internos no se procesan mediante reglas conocidas y el cambio de camiseta política se hace frecuente. Lo vimos con claridad en distintos congresos del siglo XXI, pero de manera muy visible desde 2016 en adelante. La fragmentación de las bancadas, los renunciamientos, las alianzas pasajeras y la poca disciplina programática revelan que muchas agrupaciones llegan al poder sin haber resuelto su propia identidad interna.
La elección de 2021 fue una demostración casi pedagógica de este proceso. Dieciocho candidaturas presidenciales, un primer lugar obtenido con menos de una quinta parte de los votos válidos, y un Congreso que empezó con una alta dispersión de fuerzas. Aquello no fue un accidente aislado. Mostró una estructura política donde muchos compiten, pocos representan de manera duradera y casi nadie organiza a la sociedad de forma permanente.
4. La dimensión regional y local de la nueva política
Otro cambio que ayuda a entender el cuadro peruano es la descentralización iniciada en los primeros años del siglo XXI. Desde 2002, gobernaciones regionales y municipios adquirieron mayor visibilidad política. Allí los partidos nacionales encontraron un problema serio: en vastas zonas del país ya no contaban con cuadros, ni locales, ni agenda cotidiana. Ese vacío fue ocupado por movimientos regionales y liderazgos locales.
En muchas provincias, el elector reconoce más al alcalde, al gobernador o al dirigente local que al secretario general de un partido con sede en Lima. La representación se territorializó. Los temas también: agua, carreteras, conflictos mineros, universidad pública, seguridad, mercados, agricultura familiar, transporte informal. Es decir, problemas concretos que pocas veces encuentran traducción sostenida en los discursos nacionales.
Algunas agrupaciones sí entendieron esta dinámica. Alianza para el Progreso, por ejemplo, creció desde una base norteña, especialmente en La Libertad, combinando liderazgo regional, estructura municipal y una red de lealtades construida con paciencia. Perú Libre mostró un recorrido diferente: se afirmó primero en Junín y luego saltó súbitamente a la escena nacional en 2021. También hubo movimientos regionales en Cajamarca, Arequipa, Puno o Junín que llegaron a ser más reconocibles para su electorado que varios partidos nacionales.
Pero aquí conviene un matiz. El arraigo regional no garantiza por sí mismo institucionalidad. Muchos movimientos locales repiten la lógica del caudillo, del entorno personal, de la red de favores o del uso electoral de la obra pública. O sea, el problema cambia de escala, pero no desaparece. La política regional ha sido una respuesta al centralismo partidario limeño, aunque no siempre ha producido organizaciones más democráticas o más duraderas.
5. Las razones de una debilidad persistente
¿Por qué no cuaja un sistema partidario estable en el Perú reciente? Hay varias razones. La primera es histórica. El fujimorismo de los años noventa desprestigió con fuerza la idea misma de partido, promoviendo una relación directa entre líder y población, y reduciendo a las organizaciones a instrumentos subordinados. A eso se sumó el recuerdo del fracaso de varios partidos tradicionales, el derrumbe de la izquierda unida, la corrupción y el cansancio ciudadano frente a promesas incumplidas. El resultado fue una cultura política desconfiada de la organización y relativamente tolerante con la improvisación.
La segunda razón es social. El Perú del siglo XXI es más urbano, más migrante y mucho más informal que el de mediados del siglo pasado. Un partido de masas requería sindicatos fuertes, asociaciones vecinales con continuidad, universidades intensamente politizadas, gremios profesionales activos. Parte de ese tejido existe todavía, pero ya no articula del mismo modo la vida pública. En amplios sectores, la relación con el Estado se da a través del trámite individual, del contacto personal, del mediador o del gestor, y no por medio de una pertenencia colectiva duradera.
La tercera razón tiene que ver con los medios y con la velocidad de la competencia. La televisión de señal abierta, tan influyente en los años noventa y los primeros años del nuevo siglo, fue desplazada parcialmente por el ecosistema digital. Sin embargo, la lógica siguió siendo parecida: mensaje breve, alta exposición, polémica constante, personalización extrema. Un partido requiere tiempo largo. La competencia mediática premia el tiempo corto. Sostener un comité distrital abierto todo el año demanda trabajo, formación y recursos; montar una campaña de tres meses, aunque cueste mucho dinero, parece más rentable para quien sólo busca ganar una elección.
Finalmente está el problema del financiamiento. Cuando la organización es débil, el dinero externo adquiere mayor peso. Empresarios, contratistas, redes informales o intereses particulares encuentran allí un canal propicio. La corrupción, por tanto, no aparece únicamente al final del proceso, cuando un funcionario ya está en el cargo. Muchas veces ingresa antes, en el momento mismo de constituir la candidatura, de pagar propaganda, de movilizar operadores y de negociar apoyos locales.
6. Las reformas y lo que todavía falta
El Estado peruano ha intentado responder con reformas: valla electoral para reducir la dispersión, mayores exigencias de inscripción, normas sobre democracia interna, financiamiento público directo, controles de supervisión, paridad y alternancia en las listas. Todo ello ha tenido algún efecto. Sería injusto negarlo. Pero la ley, por sí sola, no fabrica militancia ni crea convicción doctrinaria. Puede ordenar la competencia, mas no reemplazar la vida partidaria.
Si de verdad se quisiera fortalecer a los partidos, habría que ir más allá del registro legal. Primero, depurar y verificar de manera real los padrones de afiliados, evitando la afiliación puramente formal. Segundo, convertir la democracia interna en práctica regular y no en trámite previo a la elección. Tercero, formar cuadros locales, jóvenes y dirigentes barriales mediante escuelas políticas permanentes; la vieja educación partidaria desapareció y nada equivalente la ha reemplazado. Cuarto, transparentar ingresos y gastos durante todo el año, porque el dinero opaco suele entrar mucho antes de la campaña. Quinto, reconstruir el vínculo con la sociedad a través de universidades, gremios, sindicatos, asociaciones vecinales y espacios profesionales, allí donde todavía es posible producir deliberación.
También habría que revisar una costumbre muy peruana: creer que cada elección inaugura de cero la política nacional. No ocurre así. Los partidos serios trabajan entre elección y elección, producen cuadros intermedios, discuten programas municipales y regionales, y aprenden a perder sin desaparecer. Esa continuidad, que antes existía aunque fuera de manera desigual, se ha ido erosionando. Recuperarla tomará tiempo.
La historia republicana del Perú enseña algo bastante claro: cuando la representación organizada se debilita, el vacío no queda libre por mucho tiempo. Lo ocupan el caudillo, el improvisado, el operador o el interés económico de turno. Mientras el partido siga siendo una oficina electoral abierta por temporadas, cada elección parecerá un reinicio y cada gobierno una experiencia aislada. Allí reside todavía una de las mayores dificultades de nuestra vida política.
Sobre el autor
Efraín Núñez Huallpayunca.Licenciado en Educación por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.Bachiller en Historia por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
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