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Visto, match y silencio

Antes esperábamos junto a la ventana; ahora esperamos junto al teléfono, mirando si ese match tan encantador responde o decide practicar el deporte más cobarde de todos: desaparecer. Las aplicaciones nos han dado un catálogo infinito y, de paso, una manera nueva de tratarnos como si fuésemos producto, escaparate y pasatiempo.

Andrea Josefina

9 de octubre 1756 palabras

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Visto, match y silencio - Noviazgo y Parejas

El texto critica cómo las aplicaciones de citas han convertido el encuentro amoroso en un mercado de perfiles, filtros y descartes rápidos. Un match puede alimentar el ego, pero no garantiza interés real ni intención de conocer al otro.

La autora señala la costumbre de conversar durante días, insinuar cercanía y luego desaparecer, una forma moderna de cobardía emocional conocida como ghosting.

También muestra cómo las redes mantienen a personas presentes de manera ambigua, viendo historias o lanzando reacciones mínimas sin dar pasos concretos. Además, expone que ambos sexos participan en estos juegos de apariencia, aunque a las mujeres todavía se les exija más coherencia.

La salida pasa por pasar pronto de la pantalla a la vida real, observar la constancia y pedir claridad. Al final, el vínculo auténtico requiere honestidad, presencia y valentía para decir sí o no sin dejar al otro suspendido.

Hace unos años muchas nos sentábamos delante de la ventana esperando al príncipe azul. Ahora nos quedamos encorvadas sobre el teléfono, con la misma cara de idiota enamorable, solo que cambiamos la luna por la pantalla y el relincho del caballo por una vibración ridícula. Todo parece más cómodo: una foto decente, dos frases que pretendan ingenio, un perro prestado si hace falta, una copa en la mano, una playa de fondo, y hala, ya estamos en el mercado. El amor, o aquello a lo que seguimos empeñándonos en llamar amor, cabe en el bolsillo. Qué maravilla, pensará la optimista. Qué carnicería, digo yo.

Porque el problema de tener un catálogo infinito no es que elijamos mejor, es que empezamos a mirar personas como quien compara tostadoras. Este mide tanto, aquella viaja mucho, este escribe "haber" sin hache y ya lo condenamos a la hoguera, la otra sale con demasiado filtro y parece de cera, uno tiene una foto con un pez que da pena ajena, otra pone una cita de Frida Kahlo y ya se cree el misterio personificado. En teoría buscamos una conexión. En la práctica, descartamos a seres humanos por un ángulo malo, por una calva incipiente o porque su sonrisa nos recordó al ex imbécil que nos arruinó dos veranos. Luego nos preguntamos por qué todo dura tan poco. Quizás porque empezamos mirando escaparates y acabamos creyendo que también nosotros somos mercancía de temporada.

Además, el match ha confundido algo muy serio: ser elegida no es lo mismo que ser conocida. Que alguien te deslice el dedo hacia la derecha no significa que le intereses, del mismo modo que un hombre que te suelta un piropo a la salida de un bar no está planeando envejecer contigo en una casa con geranios. A muchos les basta con saber que podrían, no con querer de verdad. Les alimenta el ego, les entretiene la noche, les espanta el aburrimiento del domingo. Y nosotras tampoco somos unas santas de porcelana: más de una acumula conversaciones como quien colecciona pulseritas del verano, para mirarlas cuando la autoestima anda coja. Nos gusta gustar. Muchísimo. A veces más de lo que nos gusta conocer al otro.

Por eso ocurre esa escena tan actual y tan tonta: dos personas hablan durante diez días, se mandan audios, se ríen, intercambian fotos del café, del gato, del cielo, de la almohada casi, y cuando uno propone verse, silencio. O una excusa blanda, casi gelatinosa: mucho trabajo, esta semana imposible, ya veremos, luego te digo, qué lío todo. Qué casualidad que el lío siempre aparezca justo cuando hay que pasar del teatro a la realidad. Hay tímidos, sí. Hay gente ocupada, por supuesto. Hay ansiedad, hijos, turnos imposibles, cansancio. Pero la torpeza puntual se distingue del desinterés metódico. Una persona que quiere verte encuentra un rato, aunque sea breve, aunque no lleve camisa planchada ni haya ensayado frases brillantes frente al espejo del baño.

Los hombres, por cierto, no han cambiado tanto como creen. Solo les han dado herramientas más rápidas. Antes algunos copiaban frases penosas de calendario; ahora reparten el mismo "hola, guapa" a seis a la vez y esperan que una conteste antes de la una de la mañana. Siguen pensando bastante con la entrepierna, solo que con mejor conexión wifi. Si antes querían un hueco, ahora quieren un hueco con geolocalización y disponibilidad inmediata. Pero conviene ser justas: las mujeres también hemos aprendido lo nuestro. Filtramos, tanteamos, enseñamos la conversación a las amigas, dejamos a uno en reserva por si falla el favorito, respondemos tres horas después para no parecer ansiosas, fingimos indiferencia mientras refrescamos la pantalla como posesas. Todos jugamos a parecer menos interesados de lo que estamos. Y así, claro, el puñetero zsa zsa zsu se nos convierte en estrategia de mercadotecnia.

Luego aparece el arte moderno de la cobardía sentimental: el "ghosting", palabra extranjera para un comportamiento viejo, feo y bastante miserable. Antes, al menos, el cobarde se inventaba una excusa mal hecha. Ahora desaparece. Se evapora. Te dejó buenos días durante dos semanas, te llamó preciosa, te preguntó qué tal dormiste, te sacó información de la infancia, quizás hasta te besó, quizás hasta te quitó la ropa, y después silencio administrativo. Y una se queda ahí, haciendo lo que peor sabemos hacer y, aun así, practicamos a diario: imaginar. Tal vez le pasó algo. Tal vez está saturado. Tal vez se asustó porque le gusté demasiado. Tal vez se lo tragó la tierra. No, mujer. Igual simplemente no tuvo el valor de decirte que no quería seguir, mientras sube una historia desde el gimnasio enseñando bíceps y escasez de cerebro.

Ahora bien, tampoco voy a caer en la histeria de exigir una explicación solemne después de dos mensajes y un café aguado. Si hablaste con alguien una tarde y no prosperó, la vida sigue y bastante. Pero cuando hay constancia, intimidad, planes insinuados, confesiones nocturnas y un cuerpo sobre otro, la cortesía básica deja de ser un lujo. Decir "no quiero seguir" duele cinco minutos; desaparecer duele mucho más y durante bastante más tiempo, porque le regalas al otro esa tortura deliciosa y asquerosa de interpretar cada silencio. Y si algo he aprendido es esto: la falta de claridad engorda la fantasía. Nos vuelve escritoras de novelas malísimas con material ajeno.

Por si fuera poco, las redes sociales han perfeccionado una tortura que antes no existía. Ya no basta con que alguien se aleje. Ahora puede alejarse y seguir rondando como fantasma con tarifa de datos. No te escribe, pero te ve todas las historias. No te propone nada, pero aparece con un fueguito cuando subes una foto decente. No te elige, pero tampoco te suelta. ¿Amor? Ni hablar. Eso suele ser curiosidad, costumbre, ego o una pueril necesidad de comprobar que sigues disponible por si un jueves lluvioso le entra nostalgia del cuerpo ajeno. Y nosotras, idiotas voluntarias tantas veces, confundimos esas migajas digitales con interés real. Un corazón en una historia no abraza, no acompaña, no pregunta cómo te fue en la cita con el médico, no aparece cuando se muere el perro. Solo entretiene.

También me hace gracia la solemnidad con la que todos montamos nuestro personaje. En las aplicaciones nadie tiene mal despertar, nadie ronca, nadie arrastra heridas, nadie teme comprometerse, nadie es absorbente, celoso, perezoso o cobarde. Todos aman viajar, reír, la cerveza artesanal, los atardeceres, las conversaciones profundas y los animales. Qué civilización tan encantadora, tan limpia y tan falsa. El hombre del perfil parece un cruce entre aventurero de documental y yerno ejemplar; luego llega a la cita y solo sabe hablar de gimnasio, de su ex tóxica y de lo cara que está la gasolina. La mujer del perfil posa como diosa inaccesible con filtro melocotón y frase de empoderamiento; luego vuelve con el mismo novio que la humilla cada tres meses. La biografía sirve para decorar. La verdad empieza bastante después.

Y mientras jugamos a editar nuestra mejor versión, las contradicciones de siempre siguen intactas. A la mujer se le exige que sea atractiva, pero no demasiado libre; deseable, pero no descarada; segura, pero tierna; directa, pero sin asustar; sexual, pero selecta; divertida, pero jamás incómoda. Una gimnasia absurda. Al hombre, en cambio, todavía se le perdona una inmadurez que ya huele a sótano cerrado: puede demorarse, dudar, desaparecer, volver, pedir espacio, mandar mensajes a medianoche y después hacerse el confundido. Y si una protesta, enseguida cae el veredicto favorito de los mediocres: intensa. Qué palabra tan útil para invalidar a una mujer cuando pide algo tan extravagante como coherencia.

Si alguien quiere ahorrarse una buena porción de este circo, conviene bajar pronto de la pantalla al suelo. Un café de cuarenta minutos aclara más que dos semanas de chat con emojis. Si la otra persona posterga indefinidamente el encuentro, si solo aparece de noche, si todo deriva al sexo en el tercer mensaje, si recuerda tus fotos pero no tus palabras, si te hace sentir ansiedad en vez de curiosidad, ya tienes bastante información. No hace falta montar un juicio oral con pruebas periciales. También ayuda observar una tontería que no es ninguna tontería: la consistencia. Quien te trata bien un lunes y te ignora cuatro días porque sí, probablemente seguirá así. La química está muy bien; la paz, también. Y a cierta edad, o a cualquier edad si una se quiere un poco, la paz da menos fuegos artificiales, pero deja dormir.

Hay otra parte menos agradable, porque nos obliga a mirarnos al espejo sin filtro. Si sigues rota por tu ex, no conviertas a desconocidos en gasas emocionales. Si te aburres un domingo, llama a una amiga, lee, sal a caminar, mírate una película malísima, pero no resucites a ese casi algo con un "hola, perdido" solo para comprobar que aún te contestaría. Si no te interesa alguien, dilo con decencia. Si solo quieres acostarte, dilo también y deja que el otro decida si entra o no en el juego. Nos quejamos de la frialdad ajena mientras practicamos pequeñas crueldades que consideramos inofensivas porque vienen envueltas en pantalla y silencio. Y sí, siguen siendo crueldades.

Quizás el amor no se haya vuelto peor, solo más perezoso y bastante más cobarde. Seguimos queriendo lo mismo de siempre, aunque lo disimulemos con filtros, ironías y notificaciones: que alguien nos vea de verdad, nos elija con ganas y se quede el tiempo suficiente como para demostrar que no era puro entretenimiento. Para eso hacen falta menos trucos y más valentía. Responder. Quedar. Decir que sí. Decir que no. Irse sin dejar cadáveres a medias. Cerrar de vez en cuando el catálogo. Levantar la vista. Porque seguir esperando puede que sea inevitable, pero ya que vamos a hacerlo, al menos sería bonito esperar algo de carne y hueso, y no otra vez ese maldito puntito verde que promete tanto y casi nunca trae nada.

Sobre el autor

Andrea Josefina

Nacida en Galicia el 6 de noviembre de 1992, estudio derecho en la Universidad de Oviedo.

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