Dragon Ball: Piccolo y el regreso del estratega
Durante mucho tiempo, hablar de Dragon Ball fue hablar casi exclusivamente de saiyajins, transformaciones y enemigos descomunales. Sin embargo, las entregas recientes han corregido un poco ese rumbo al devolver protagonismo a un personaje que siempre aportó algo distinto: Piccolo, guerrero inteligente, mentor severo y rara vez valorado como merecía.
6 de octubre 1851 palabras
Dragon Ball pasó años centrado casi por completo en saiyajins y transformaciones, pero Piccolo siguió siendo uno de sus personajes más completos. Nació como villano, se volvió mentor de Gohan y terminó cumpliendo funciones que pocos asumían en la serie: combatiente, guía, espía y estratega.
Su crecimiento se notó desde la saga de los saiyajins, con su sacrificio ante Nappa, y luego en Namek, donde su fusión con Nail le permitió plantar cara a Freezer. Más tarde, en la etapa de Cell, la unión con Kami lo llevó a uno de sus mejores momentos, por inteligencia y presencia en combate.
Aunque después quedó relegado por la subida de poder general, Dragon Ball Super y, sobre todo, Super Hero le devolvieron relevancia. Su papel con Pan, la investigación del Ejército Red Ribbon y la forma de Orange Piccolo reafirman que sigue siendo un pilar narrativo muy valioso.
En las series de acción suele suceder algo curioso. Cuanto más crece la escala de poder, más fácil es que los personajes queden reducidos a una cifra, a una transformación nueva o a un golpe más aparatoso que el anterior. Dragon Ball ha convivido con ese problema durante años, y a decir verdad pocas franquicias han sufrido tanto esa tentación como la obra de Akira Toriyama. Cuando todo empieza a girar alrededor de Goku, Vegeta y el siguiente color de pelo disponible, muchos personajes interesantes se convierten en acompañantes con una frase suelta y poco más. Entre ellos estaba Piccolo, que durante mucho tiempo pareció condenado a mirar desde atrás.
Lo llamativo es que Piccolo jamás fue un secundario cualquiera. Desde su origen arrastraba una mezcla muy poco frecuente dentro de Dragon Ball: nació como heredero del Rey Demonio Piccolo, apareció como villano, conservó durante bastante tiempo una arrogancia fría y una violencia más seria que la de otros rivales, y terminó convirtiéndose en uno de los pocos personajes capaces de cumplir varias funciones al mismo tiempo. Era combatiente, mentor, figura paterna improvisada, espía, estratega y, en bastantes momentos, el adulto responsable de una serie en la que casi nadie se comportaba como tal.
Su cambio empezó, como casi siempre en Dragon Ball, a golpes. Después de la muerte de Raditz, cuando Goku desaparece del tablero y llega la amenaza de los saiyajins, Piccolo se queda con Gohan por puro interés, porque ve en el niño un potencial inmenso. Pero aquel entrenamiento salvaje en el páramo fue bastante más que una preparación física. Allí comenzó a romperse el personaje que vivía obsesionado con vengar a su padre y a matar a Goku. Piccolo seguía siendo duro, seco y bastante poco amable, por decirlo suavemente, aunque poco a poco empezó a desarrollar algo parecido al afecto. Su sacrificio ante Nappa, protegiendo a Gohan del ataque que iba dirigido al niño, sigue siendo una de las mejores escenas de transformación moral de toda la serie. No porque se volviera bondadoso de repente, sino porque el gesto tenía peso, venía de lejos y costaba creerlo hasta que ocurría.
Ahí apareció una de las mayores virtudes del personaje. Vegeta conquistó al público por su orgullo, su agresividad y su rivalidad eterna con Goku. Piccolo lo hizo de otra manera, menos ruidosa y quizá más meritoria. No necesitaba estar fanfarroneando cada dos escenas. Su carisma estaba en la mirada desconfiada, en la forma de medir al enemigo y en esa sensación constante de que, si las cosas se salían del guion, al menos había uno pensando. En una obra llena de impulsivos, Piccolo era de los pocos que analizaba la situación antes de lanzarse, y eso con el paso del tiempo le dio una personalidad muy distinta.
La saga de Namek confirmó esa utilidad. Mientras Krilin, Gohan y Vegeta iban sorteando como podían las distintas fases del desastre provocado por Freezer, Piccolo permanecía ausente, recuperándose tras su muerte. Cuando por fin llega al planeta y se fusiona con Nail, ocurre algo que en su momento tuvo bastante fuerza: durante unos minutos, el guerrero más temible del campo de batalla no era un saiyajin. Piccolo plantó cara a la segunda forma de Freezer y le obligó a tomárselo en serio. A la larga aquella ventaja duró poco, porque la serie ya había decidido quién debía escalar más arriba, pero sirvió para demostrar que el personaje podía evolucionar sin perder identidad. Piccolo no se transformaba de manera aparatosa ni gritaba más fuerte. Se reforzaba mediante una decisión coherente con su raza y con su historia.
Si hay un momento en el que Piccolo alcanzó quizá su mejor equilibrio entre poder, presencia y utilidad narrativa, fue en la etapa de los androides y Cell. Primero por la fusión con Kamisama, que le devolvía una condición original largamente insinuada desde Dragon Ball. Y segundo porque Toriyama le permitió actuar como lo que mejor sabe ser: un combatiente inteligente. Su encuentro con Cell imperfecto resulta muy ilustrativo. Piccolo no se limita a pelear. Conversa, tensa la situación, le saca información al monstruo y gana tiempo para entender de dónde ha salido semejante amenaza. Luego llega su combate contra A17, una pelea excelente porque enfrenta dos estilos muy diferentes y porque por un instante vuelve a parecer posible que Piccolo compita entre los mejores sin depender de la sangre saiyajin.
Después, como les sucedió a muchos otros, la escalada de poder empezó a dejarlo atrás. Con Boo la diferencia se volvió demasiado grande y Piccolo fue quedando atrapado en un rol de apoyo, casi siempre útil, pero cada vez más distante del centro de los grandes combates. Aun así, incluso en esa etapa hay detalles que explican por qué el personaje resistió tan bien entre los aficionados. Fue quien tuvo la paciencia de lidiar con Goten y Trunks, quien trató de encauzar a Gotenks en medio de aquel desfile de arrogancia infantil, y quien siguió aportando una seriedad que el tramo final de Dragon Ball Z agradecía bastante entre tanto exceso cómico y tanto enemigo caprichoso.
Durante años pareció que ese sería su destino definitivo, el del maestro respetado al que todos escuchan pero al que ya nadie espera ver decidir una saga. Por eso resultó tan agradable que Dragon Ball Super, con todas sus irregularidades, empezara a devolverle terreno. En el Torneo del Poder, por ejemplo, Piccolo volvió a sentirse pertinente. No era el luchador más fuerte del Universo 7, pero sí uno de los más completos. Tenía alcance, experiencia, ataques a distancia, elasticidad, oído extraordinario y capacidad para coordinarse con Gohan como si ambos llevaran toda la vida cubriéndose la espalda, que a decir verdad es casi lo que ocurrió. Su eliminación llegó antes de lo que muchos habrían querido, pero incluso así dejó la impresión de que seguía siendo aprovechable si la serie se lo proponía.
La verdadera rectificación llegó con Dragon Ball Super: Super Hero. Y aquí conviene detenerse un poco, porque la película entendió algo que Dragon Ball había ido olvidando. Piccolo funciona muy bien cuando la historia descansa sobre él. Es él quien detecta la amenaza del renovado Ejército Red Ribbon, quien se infiltra en la base enemiga, quien investiga, quien ata cabos y quien empuja a Gohan a reaccionar. Incluso Pan, que podría haber sido una excusa simpática y nada más, sirve para reforzar esta faceta de tutor severo pero cercano que Piccolo maneja tan bien. De hecho, la relación entre ambos tiene bastante encanto porque recuerda, con las diferencias obvias, a aquel vínculo áspero y finalmente entrañable que tuvo con Gohan de niño.
Además, la película corrigió otra vieja deuda. Durante demasiado tiempo Piccolo había sido uno de los personajes que más resolvían con la cabeza y menos recibían en términos de crecimiento visible. Goku y Vegeta acumulaban técnicas divinas, Broly arrasaba con un potencial absurdo casi desde la cuna, Freezer regresaba de la nada con nuevas cotas de poder, y Piccolo seguía dependiendo de exprimir al máximo recursos cada vez más escasos. El despertar de su potencial por parte de Shen Long y la aparición de Orange Piccolo pueden parecer, a primera vista, una concesión comercial similar a muchas otras que ha hecho la franquicia. Y algo de eso hay, claro. Dragon Ball jamás ha sido tímida a la hora de vender nuevas formas. Pero en este caso la decisión también repara un desequilibrio que llevaba años acumulándose. Si alguien merecía volver a entrar de verdad en la conversación de los pesos pesados, era él.
Lo mejor de Orange Piccolo, más allá de lo discutible que pueda resultar el diseño para algunos, es lo que simboliza dentro de la narrativa. Piccolo deja de ser solamente el amigo competente que aguanta hasta que lleguen los dos de siempre. Pasa otra vez a ser una pieza capaz de sostener el frente principal. Y eso le sienta bien a Dragon Ball porque diversifica la historia. No todo tiene que resolverse a través del orgullo herido de Vegeta o de la inocencia competitiva de Goku. Piccolo aporta otra energía. Es más observador, más metódico y mucho menos dado a convertir cada problema en una competencia personal. Incluso cuando obtiene más poder, sigue comportándose como Piccolo, que era justamente lo deseable.
También hay algo muy atractivo en su posición dentro del reparto. Piccolo pertenece y al mismo tiempo siempre parece un poco ajeno. No es humano, pero vive en la Tierra como uno de sus mayores defensores. No es saiyajin, así que no participa de esa obsesión genética por superarse peleando a cada segundo. No es un sabio benevolente al estilo de Kamisama, porque todavía conserva rudeza y mal humor. Y tampoco es ya el demonio vengativo de sus primeras apariciones. Esa mezcla le permite ocupar un espacio muy suyo. Cuando habla con Gohan, suena a mentor. Cuando se enfrenta a un enemigo, suena a veterano que ya ha visto demasiadas catástrofes. Cuando discute con Goku o Vegeta, casi siempre parece el único que entiende que hay daños colaterales más allá del próximo combate.
Por eso su recuperación reciente tiene bastante sentido, e incluso diría que llega con retraso. Dragon Ball llevaba tiempo necesitando recordar que su mundo era grande, raro y lleno de personajes con trayectorias valiosas, no solamente un escaparate de transformaciones saiyajin. Piccolo ofrece una manera distinta de contar la acción. Con él se puede investigar una base enemiga, entrenar a una nueva generación, tender trampas, analizar poderes extraños y pelear con cabeza. Parece una obviedad, pero dentro de una franquicia tan acostumbrada a medir todo en niveles de fuerza, disponer de alguien así cambia bastante el tono de una saga.
Quizá Piccolo nunca vuelva a convertirse en el personaje más popular de Dragon Ball, porque competir con Goku, Vegeta o incluso con el propio Gohan en determinados momentos siempre será complicado. Pero tampoco hace falta eso para que su presencia pese de verdad. Le basta con seguir siendo lo que ha sido en sus mejores etapas: el guerrero serio que piensa, el antiguo villano que aprendió a cuidar de otros y el namekiano que, por una vez, ya no tiene que conformarse con preparar el terreno para que otro recoja el aplauso. Si el futuro de Dragon Ball insiste en darle ese sitio, la serie tendrá bastante más variedad y bastante más memoria de sí misma.
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