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Barra Vieja y Tres Palos, la orilla tranquila de Acapulco

A pocos minutos del aeropuerto existe un Acapulco mucho más sereno, de playa amplia, palapas, lanchas y aroma a carbón encendido. Barra Vieja y la laguna de Tres Palos forman una escapada muy completa para quien quiere mar abierto, paseos entre manglares y la cocina costeña que ha hecho famosa a esta franja del Pacífico.

Oscar Gonzalez

29 de agosto 1548 palabras

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Barra Vieja y Tres Palos, la orilla tranquila de Acapulco - Destinos Turísticos

Barra Vieja y la laguna de Tres Palos ofrecen una cara distinta de Acapulco, más tranquila y cercana a la naturaleza.

A menos de media hora del aeropuerto, el visitante encuentra una playa extensa de mar abierto, ideal para caminar, descansar bajo una palapa o disfrutar el atardecer, aunque conviene entrar al agua con precaución por el oleaje.

Muy cerca, Tres Palos permite paseos en lancha entre manglares, observación de aves y salidas de pesca en un entorno sereno. La experiencia también pasa por la mesa, donde el pescado a la talla es el platillo más representativo, acompañado de mariscos y antojitos costeños.

Quedarse una noche ayuda a apreciar mejor el amanecer y el ambiente nocturno de brasas y sal. Es una escapada sencilla, pero muy completa para quienes buscan mar, laguna y buena comida sin alejarse demasiado de la ciudad.

Arribar al Aeropuerto Internacional de Acapulco y en menos de media hora estar frente a una playa larguísima, de arena suave y palmeras inclinadas por la brisa, tiene un encanto especial. Quien conoce únicamente la bahía tradicional suele sorprenderse al descubrir Barra Vieja, porque aquí el paisaje cambia, las construcciones se espacian, el bullicio baja y el mar se adueña de la escena. Muy cerca respira la laguna de Tres Palos, amplia, tibia y llena de vida, de manera que en un solo recorrido ustedes pueden pasar del oleaje fuerte del Pacífico a las aguas tranquilas de un sistema lagunar donde los pescadores siguen marcando el ritmo del día. Es una zona muy adecuada para descansar, comer bien y hacer actividades al aire libre sin alejarse demasiado de la ciudad.

La llegada es sencilla. Desde el aeropuerto se toma el Boulevard de las Naciones y luego la carretera hacia Barra Vieja, una ruta recta y cómoda que atraviesa parte de la zona Diamante y va dejando a los lados restaurantes, pequeños hoteles, casas de descanso y accesos a la playa. A diferencia de otros puntos de Acapulco, aquí la primera impresión no es la de grandes edificios ni tráfico constante, sino la de una costa abierta, muy amplia, donde cada palapa parece guardar su propio pedazo de sombra. Esa amplitud gusta mucho a las familias, a las parejas que buscan caminar sin apreturas y a los viajeros que prefieren amanecer con el ruido del mar en vez de la música de la ciudad. También es una buena elección para quienes van a pasar un fin de semana corto y no quieren perder horas en traslados.

La playa merece un comentario aparte. Barra Vieja tiene un oleaje de mar abierto que se ve hermoso, sobre todo al atardecer, pero conviene respetarlo. Hay días de marea suave y otros en los que el mar empuja con fuerza, por eso lo más recomendable es preguntar a los prestadores de servicios o a los restauranteros en qué tramo conviene entrar y hasta dónde. Para nadar con niños pequeños suele ser mejor mantenerse en la orilla, jugar con las olas bajas y dedicar el resto del tiempo a caminar, montar a caballo o simplemente tenderse bajo una palapa. Muy temprano, antes de que el sol se vuelva intenso, la playa es perfecta para correr o dar una caminata larga. La franja de arena parece no terminar y ese detalle, tan simple, termina dando una sensación de descanso muy difícil de conseguir en otros sectores del puerto.

Si el mar aporta la parte más vigorosa del paisaje, la laguna de Tres Palos pone la serenidad. Les recomendamos reservar al menos una mañana para recorrerla en lancha. Los embarcaderos locales ofrecen paseos de distinta duración, desde salidas cortas para conocer la vegetación y observar aves, hasta recorridos más tranquilos para pescar o internarse en zonas de manglar. El ambiente cambia en pocos minutos: el sonido del motor se mezcla con el de las garzas, los pelícanos se dejan ver buscando alimento, aparecen cormoranes secándose al sol, y a la orilla se distinguen ramas retorcidas, juncos y reflejos verdes que al mediodía parecen espejos. Cuando el lanchero conoce bien la laguna, cosa frecuente porque muchos de ellos han trabajado allí toda la vida, el paseo se vuelve más rico. Van señalando rincones de pesca, árboles donde anidan aves y pequeños recodos donde el agua se queda quieta.

Actualmente la zona ofrece más opciones que hace algunos años. Además del paseo clásico en lancha, en ciertos tramos ya se encuentran kayaks, tablas para remar en agua serena y recorridos organizados por cooperativas locales que combinan observación de fauna con comida típica al regreso. Si les gusta la pesca, este es uno de esos lugares donde todavía puede hablarse con los hombres del lago y organizar una salida sencilla, sin demasiadas vueltas, para buscar róbalo, mojarra o lisa, dependiendo de la temporada. Quienes prefieren la fotografía de naturaleza encuentran también muy buen material, en especial al amanecer y al caer la tarde, cuando la luz se vuelve dorada y la superficie de la laguna parece una lámina de metal. Conviene llevar sombrero, repelente, agua y una bolsa seca si piensan subir cámara o teléfono, porque la humedad es parte del paseo y termina apareciendo donde menos se espera.

Otro de los placeres de Barra Vieja está en la mesa. Hablar de esta franja costera y no hablar del pescado a la talla sería dejar fuera su carta de presentación. Lo preparan abierto en mariposa, asado sobre brasas, untado con adobos que cambian un poco de palapa a palapa, algunos más rojos y especiados, otros con una nota verde de chile y hierbas. El pescado suele llegar acompañado de tortillas calientes, salsa molcajeteada, arroz, frijoles y ensalada sencilla, y cuando está bien hecho, la piel queda apenas tostada mientras la carne sigue jugosa. Vale la pena pedirlo con calma y compartirlo, porque suele ser abundante. Junto a este plato aparecen las tiritas de pescado, el ceviche costeño, los camarones al coco, los pulpos en su tinta o al ajillo, las mojarritas fritas y el caldo de mariscos que cae de maravilla si la lluvia sorprende a media tarde. También hay aguas frescas de coco, tamarindo o jamaica, y postres sencillos a base de coco y leche que redondean el almuerzo sin complicaciones.

Muchos viajeros hacen la visita por el día, y es una opción cómoda si se están hospedando en la zona Diamante o cerca del aeropuerto. Pero quedarse una noche cambia bastante la experiencia. Dormir en un bungalow frente al mar, en una posada pequeña o en alguno de los hoteles discretos de la carretera permite ver dos momentos del lugar que suelen perderse los visitantes apurados: el amanecer, con la playa casi vacía, y el anochecer, cuando las brasas empiezan a encenderse en las cocinas y la humedad deja un olor a sal y madera que se queda en la memoria. Si prefieren más servicios, alberca grande y habitaciones de categoría superior, pueden dormir en la zona Diamante y dedicar el día completo a Barra Vieja y Tres Palos. Si buscan silencio, la propia Barra Vieja suele dar mejores resultados. Conviene llevar algo de efectivo, porque aunque varios establecimientos ya aceptan tarjeta, todavía abundan los servicios pequeños que funcionan de manera más tradicional.

Para aprovechar bien un fin de semana, una ruta sencilla puede funcionar muy bien. Llegar temprano, desayunar pan dulce o fruta con café en el hotel, luego pasar a la laguna antes de que el sol se vuelva duro, contratar un recorrido de una o dos horas y regresar a comer pescado a la talla al mediodía. Después, descansar un poco en la palapa, leer, dormir una siesta corta o simplemente ver el movimiento del mar. Por la tarde les recomendamos caminar hacia la parte más abierta de la playa, cuando baja el sol y la arena ya no quema, o montar a caballo si encuentran un prestador serio y animales en buen estado. Al día siguiente, pueden dedicar la mañana a disfrutar la playa sin prisa y regresar a la ciudad después de comer. Es un plan simple, sí, pero justamente en eso está su atractivo. No exige correr ni llenar el día de actividades, y aun así deja la sensación de haber conocido una parte muy distinta de Acapulco.

La época seca, entre finales de otoño y primavera, suele regalar cielos más claros y paseos lagunares muy agradables, aunque el calor acompaña buena parte del año y eso también forma parte de la personalidad del lugar. Durante la temporada de lluvias el paisaje se pone más verde y la laguna gana dramatismo, pero conviene revisar el estado del tiempo si planean actividades en agua. Para la playa, lo mejor es llevar bloqueador, sandalias cómodas, ropa ligera y una muda extra, porque entre salpicaduras, arena y humedad es fácil terminar el día necesitando cambio completo. Si van con niños, vale mucho la pena elegir una palapa con regadera y sombra generosa. Y si su interés está en la naturaleza, pregunten por el horario de las primeras lanchas, ya que la laguna temprano muestra su mejor cara y el calor todavía da tregua.

Barra Vieja y Tres Palos enseñan un Acapulco amplio, sabroso y bastante más tranquilo de lo que muchos imaginan cuando piensan en el puerto. Aquí siguen conviviendo el mar bravo, la laguna mansa, la cocina de carbón y el trato directo de la gente que vive del agua desde hace años. Vale la pena apartar al menos un par de días para conocer esta zona sin apuro, conversar con los lancheros, sentarse a comer frente a la playa y dejar que el tiempo se acomode al ritmo de la costa. Feliz recorrido y buen provecho.

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Oscar Gonzalez

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