Cómo preparar un pequeño negocio para la factura electrónica
La realidad es que muchos autónomos y pequeñas empresas han ido dejando la facturación digital para más adelante, hasta que ese más adelante empieza a estar demasiado cerca. Ordenar los datos, revisar las costumbres de trabajo y elegir una herramienta sencilla suele dar mejores resultados que correr en el último momento.
27 de agosto 2013 palabras
La factura electrónica ya está entrando en la rutina de autónomos y pequeñas empresas, así que conviene prepararse antes de que el cambio llegue con prisas.
El artículo propone empezar por observar cómo se factura realmente en el negocio, detectar pasos repetidos y ordenar clientes, proveedores y datos fiscales para evitar errores al migrar.
También recomienda revisar series, numeración, tipos impositivos y descripciones de productos o servicios, porque esos detalles suelen generar rechazos y retrasos en el cobro.
A la hora de elegir programa, aconseja valorar si se adapta al tamaño y a las necesidades reales de la empresa, desde facturas recurrentes hasta conexión con stock, caja o asesoría.
Además, insiste en formar al equipo, definir quién crea y corrige facturas, reforzar la seguridad con accesos individuales y copias automáticas, y hacer la transición por fases. Con una implantación ordenada, la facturación puede ganar agilidad y control.
La realidad es que la mayoría de los pequeños negocios llevan años oyendo hablar de digitalización, programas de gestión y trámites online, pero mientras el trabajo salga adelante solemos dejar ciertos cambios para otro día. Pasa con la web, con la formación interna y también con la facturación. Sin embargo, la factura electrónica ya ha dejado de ser algo reservado a grandes empresas o a quienes venden a la Administración. Cada vez más clientes la piden, muchos proveedores trabajan ya de esta forma y la normativa avanza en esa dirección, aunque los plazos concretos puedan variar según el tamaño de cada empresa y el desarrollo reglamentario. Esperar al último momento casi nunca sale bien, sobre todo en negocios pequeños, donde una persona suele encargarse de varias cosas a la vez.
Conviene aclarar algo que todavía genera bastante confusión. Enviar una factura en PDF por correo electrónico puede ser cómodo y rápido, pero en sentido estricto no siempre equivale a trabajar con factura electrónica tal y como la entienden muchos sistemas actuales. La factura electrónica suele implicar un documento generado con un formato estructurado, que permite su lectura por programas informáticos, su archivo ordenado y, en determinados casos, su validación o intercambio entre plataformas. Dicho de forma sencilla, hablamos de facturas pensadas para que las personas puedan revisarlas, sí, pero también para que los programas las registren, las comprueben y las integren sin tener que volver a escribirlo todo a mano. Ahí es donde empiezan los ahorros de tiempo y también muchos de los dolores de cabeza si no se prepara bien el cambio.
El primer paso para adaptarse no consiste en comprar un programa cuanto antes. Antes de eso, merece la pena observar durante una semana o dos cómo se factura en realidad dentro del negocio. Parece obvio, pero muchas veces trabajamos por costumbre y no nos damos cuenta de la cantidad de pasos repetidos que hacemos. Hay negocios que primero preparan un presupuesto, luego un albarán y después la factura. Otros cobran una señal, emiten una factura final y además gestionan devoluciones o rectificaciones. Un profesional independiente quizá haga diez facturas al mes y una academia puede emitir cientos de recibos similares. No es lo mismo. Si se apunta en una libreta o en una hoja de cálculo cuántos tipos de factura se emiten, quién las prepara, quién las revisa, cómo se envían y dónde se guardan, enseguida aparecen los puntos débiles.
Después viene una tarea que suele dar bastante pereza y que, sin embargo, evita muchos problemas: poner en orden los datos de clientes y proveedores. Quien haya trabajado años con facturas en papel o con documentos hechos a mano sabe que es muy frecuente encontrar nombres escritos de dos maneras distintas, direcciones incompletas, números de identificación fiscal antiguos o correos electrónicos que ya no usa nadie. Cuando se implanta un sistema nuevo, todos esos errores pasan de una carpeta desordenada a una base de datos desordenada, y corregirlos después lleva más tiempo. Lo más sensato es revisar la ficha de cada cliente habitual, confirmar razón social, NIF o CIF, dirección fiscal, persona de contacto y correo correcto para facturas. Si el negocio trabaja con referencias de pedidos, centros de coste o códigos internos del cliente, también conviene recogerlos desde el principio, porque muchos rechazos de facturas vienen por detalles así.
Elegir el programa adecuado es el siguiente paso, y aquí tampoco conviene dejarse llevar solo por el precio. Un sistema muy barato puede salir caro si obliga a duplicar trabajo o si nadie responde cuando surge un problema. Antes de decidir, es útil pedir una demostración y preparar algunas preguntas sencillas: si permite facturas recurrentes, si genera presupuestos y albaranes, si calcula bien IVA, retenciones o recargos cuando corresponda, si puede usarse desde el móvil, si deja exportar información para la asesoría, si hace copias de seguridad y si permite añadir varios usuarios con distintos permisos. También interesa saber si el soporte está en español, cuánto tarda en responder y si explican las cosas con claridad. Hay pequeños negocios que apenas necesitan más que emitir, enviar y guardar facturas. Otros necesitan conectar la facturación con stock, con caja o con las órdenes de trabajo de los técnicos que están fuera de la oficina.
Pensemos en algunos ejemplos concretos. Un diseñador autónomo, que emite pocas facturas al mes y trabaja desde casa o desde distintos lugares, probablemente agradecerá una solución muy simple, en la nube, que le permita facturar desde el portátil y consultar si el cliente ya pagó. En cambio, una empresa de reformas suele manejar presupuestos, certificaciones parciales, materiales, varios operarios y facturas con retención en determinados casos. Una pequeña tienda, por su parte, puede necesitar que la facturación se entienda bien con el programa de caja para no tener que registrar las ventas dos veces. Y una academia o un centro de formación suele valorar mucho las cuotas mensuales automáticas, los vencimientos y los recordatorios. Por eso conviene huir de la idea de que un mismo sistema sirve igual para todos. Puede servir, sí, pero no de la misma manera ni con el mismo esfuerzo.
Otro punto al que a veces se presta poca atención es la propia estructura de las facturas. Antes de migrar al sistema nuevo conviene revisar series, numeración, conceptos y tipos impositivos. Hay negocios que tienen una única serie para todo y otros que separan por tienda, por delegación, por año o por tipo de operación. Si esto no se define bien al principio, luego aparecen saltos en la numeración, facturas duplicadas o confusiones difíciles de explicar ante un cliente o una revisión. También hay que comprobar cómo se describen los servicios o productos. Una factura con conceptos vagos, como varios trabajos o material diverso, puede generar dudas, retrasos en el cobro y consultas constantes. Si se vende un servicio periódico, conviene que quede claro el periodo facturado. Si se aplica retención, recargo de equivalencia, suplidos o descuentos por pronto pago, el programa debe saber gestionarlo de forma correcta y el usuario también.
Mucha gente se fija en cómo emitir la factura, pero no tanto en cómo cobrarla y seguirla después. Ahí la digitalización también ayuda bastante. Un buen sistema permite ver qué facturas están enviadas, cuáles siguen pendientes, cuáles han sido vencidas y cuáles se han pagado solo en parte. Para un pequeño negocio esto puede marcar una diferencia grande, porque la falta de liquidez suele venir más de los retrasos en el cobro que del volumen de trabajo. Si una empresa envía la factura el mismo día de terminar el servicio, si registra la fecha de vencimiento y si programa un aviso amistoso unos días antes o unos días después, mejora mucho el control. En algunos casos incluso se puede asociar el cobro a la transferencia o al recibo bancario, de forma que la conciliación resulte más rápida. Menos tiempo buscando papeles, más tiempo trabajando o atendiendo clientes.
También conviene dedicar un poco de tiempo a la formación, aunque el negocio sea muy pequeño y parezca que el programa se aprende solo. En muchos artículos sobre empresa se habla de grandes planes formativos, pero la realidad de un comercio, un taller o un despacho pequeño es otra. A veces basta con una sesión de una hora bien aprovechada para evitar errores durante meses. Lo que interesa dejar claro es quién crea la factura, quién puede modificarla, cómo se corrige una factura equivocada, dónde se guardan los justificantes y qué se hace cuando un cliente devuelve un recibo o pide una rectificación. Si dos personas hacen la misma tarea de maneras distintas, el sistema termina lleno de excepciones, y esas excepciones luego cuestan dinero y tiempo. La herramienta puede ser buena, pero si cada uno trabaja a su aire, el desorden vuelve enseguida.
Por otro lado, toda facturación digital exige cierto orden con la seguridad. No hace falta caer en tecnicismos, pero sí asumir unas costumbres mínimas. Usar contraseñas sencillas para todo, guardar las facturas solo en un ordenador o compartir la misma cuenta entre varios empleados son malas prácticas bastante frecuentes. Lo razonable es trabajar con accesos individuales, activar copias de seguridad automáticas cuando el sistema lo permita y comprobar de vez en cuando que esas copias realmente se pueden recuperar. Si el programa funciona en la nube, interesa leer dónde se alojan los datos y cómo se descargan si un día se quiere cambiar de proveedor. Si además se utiliza certificado digital para algunos trámites, hay que saber quién lo custodia y qué ocurre si esa persona falta o deja la empresa. Son detalles pequeños hasta que llega un problema; después dejan de ser pequeños.
Entre los errores más habituales al implantar la factura electrónica hay varios que se repiten mucho. Uno de ellos es contratar una solución demasiado compleja para el tamaño del negocio, llena de funciones que nadie usará. Otro es el contrario, escoger un programa tan limitado que a los tres meses obliga a hacer apaños. También es bastante común migrar a toda prisa sin revisar los datos antiguos, o empezar a emitir facturas nuevas sin haber definido cómo se van a anular, rectificar o archivar. Hay empresas que descubren tarde que uno de sus principales clientes exige un formato concreto o la subida de facturas a un portal específico. Otras se dan cuenta de que su asesoría recibe los documentos en un formato distinto del que genera el programa y alguien tiene que reconvertirlos uno por uno. Todo eso se puede prevenir con una pequeña prueba previa y con una conversación sincera con quienes participan en el proceso.
Si el cambio se hace con calma, lo mejor suele ser trabajar por fases. Durante las primeras semanas puede mantenerse el sistema antiguo solo como apoyo, mientras se emiten en el programa nuevo las facturas de un grupo reducido de clientes, por ejemplo los más habituales o los que tienen operaciones más sencillas. Así se detectan fallos sin poner en riesgo toda la operativa. También resulta útil pedir a la asesoría que revise las primeras facturas emitidas, no porque el negocio no sepa hacerlas, sino porque un ojo externo suele ver errores de configuración que pasan desapercibidos. Cuando esa primera fase funciona, se van incorporando el resto de clientes, las facturas recurrentes, las rectificativas y los procesos de cobro. Este método puede parecer más lento, pero normalmente ahorra más tiempo del que consume.
Al final, la factura electrónica puede ser una carga si se vive como una obligación que llega de golpe, pero también puede servir para ordenar un negocio que llevaba demasiado tiempo apoyándose en costumbres antiguas. Quien aprovecha este momento para limpiar datos, revisar precios, controlar mejor los cobros y establecer una forma de trabajo más clara suele notar la diferencia bastante pronto. Muchos pequeños negocios descubren, además, que tardan menos en facturar, cometen menos errores y localizan cualquier documento en segundos. No hace falta convertir la empresa en una gran maquinaria digital de la noche a la mañana. Basta con empezar a tiempo, preguntar, probar y poner un poco de orden. A veces eso, que parece poco, cambia bastante el día a día.
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