Sin justicia no hay progreso
Y no solo no hay progreso: cuando la justicia está ausente se desatan todas las desgracias habidas y por haber. Se cometen crímenes impunemente y el ciudadano honesto pierde la confianza en todos e incluso las ganas de vivir.
24 de enero · 686 palabras
El artículo aborda el rol del Estado en la sociedad, señalando que los ciudadanos no necesitan que el gobierno les diga cómo vivir sus vidas ni proteger sus costumbres.
El autor sostiene que el único papel del Estado es garantizar la justicia y la seguridad, sin embargo, muchos políticos se preocupan por cuestiones que no les corresponden, como la educación o la economía.
El autor rechaza la idea de que el Estado actúe como una especie de padre o madre protector, sosteniendo que la sociedad funciona a través de la competitividad y que el papel de las empresas y el comercio nace de las necesidades de las personas y la ambición individual.
En ese sentido, el autor critica la idea de Robin Hood de quitar el dinero de los ricos para dárselo a los pobres, y señala que esto solo fomenta la pereza.
En conclusión, el Estado debería centrarse en su papel de garante de la justicia, dejar de interferir en la economía y permitir que las personas tomen sus propias decisiones sobre cómo vivir sus vidas.
La mayoría de los hombres libres no le pedimos al gran Estado que evite que llueva cuando vamos por la calle, tampoco que nos dé hambre tres veces al día, ni que dé sus sabios consejos para la educación de la niñez, ni mucho menos que se la pase diciéndonos lo que debemos de hacer, sólo pedimos justicia siempre que haga falta, sin importar el lugar o la persona.
Por desgracia, los hombres de Estado se la pasan gastando sus pocas neuronas en cosas que ni siquiera les corresponden. No es necesario que se preocupen, como buena madre, de lo que hacemos, pensamos y decimos los ciudadanos; no es necesario tampoco que hagan leyes para proteger las costumbres, no tienen que preocuparse por nuestro modo de vida, a mí no me preocupa que se preocupen o no, ni tampoco hace falta que se metan siempre que les da la gana en la economía. De hecho, sería mejor que eviten hacerlo siempre, porque las crisis no se resuelven dándole a unos el dinero que le han quitado a otros.
El método de Robin Hood para fomentar la economía no funciona, solo hace a los perezosos más y a los trabajadores les provoca, con toda razón, un gran disgusto.
Ya sería bueno que los gobiernos entiendan que los ciudadanos sabemos ponernos los zapatos, cepillarnos los dientes, ir a buscar un trabajo, renunciar si no nos conviene y poner un puesto de jugos como buenos emprendedores.
No hace falta que el gobierno nos dé clases de cómo vestir, qué opinar, qué escribir, qué estudiar, con quién casarnos; ni siquiera es necesario que nos enseñe a tener relaciones sexuales. Sabemos hasta por sentido común lo que es delito y lo que nos puede costar cometerlos.
La sociedad no funciona como una gran familia: los intereses de uno van en contra de los de muchos, la inteligencia se pone a prueba todos los días. Al ser humano le encanta competir y lo hace siempre. El papel de papá y mamá, desde luego, no le corresponde al Estado, por más que se lo quiera atribuir. Las empresas nacen no por iniciativa del gobierno sino por la de un hombre ambicioso que anhela hacerse rico.
El comercio existe por las necesidades diarias que todos tenemos y no porque el Estado pueda decidir a quién le da hambre y a quién no. El motor de un país está en el trabajo diario que hacen los ciudadanos y el cual no les fue dado por el Estado. Por el contrario, muchos de los problemas que enfrentamos los provocan los trabajadores del Estado que no producen nada y la mayoría de ellos ni siquiera son necesarios.
Lo único que nos hace falta para vivir tranquilamente, para luchar por nuestros intereses, para llevar a cabo nuestras iniciativas, es que la justicia se aplique, que las leyes sean justas y dejen de ser simples palabras en los códigos. La justicia lo es todo para una sociedad de personas que quieren ser libres. Sin ella no podemos aspirar a nada, porque nada lo tenemos seguro; nada es nuestro y la razón no existe.
El Estado, en lugar de educarnos tomando al mismo tiempo el papel de padre, madre, tutor y maestro, lo único que tiene que hacer es darnos la oportunidad de luchar por defender nuestros derechos. Los ciudadanos necesitamos la seguridad de que las instituciones funcionan, de que la seguridad de cada persona, sea cual sea su condición social, le importa aunque sea un poco a las autoridades.
Ningún hombre puede amar a un país en el que sus derechos no son respetados. A nadie le dan ganas de ser bueno donde sabe que todos pueden ser malos con él sin que alguien lo proteja. No es sano para la sociedad que cada quien tenga un concepto diferente de justicia; esta tiene que ser la misma para todos, de lo contrario nada en un país funcionará.
Adán J. Loredo
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