Los sindicatos son la ruina de una nación

Deberían ser organizaciones que ayuden a mantener al trabajador como tal y no en calidad de esclavo. Desgraciadamente, en lugar de impulsar la economía, la paralizan y, no conforme con eso, también atan de manos a la democracia.

Adán J. Loredo
Adán J. Loredo

14 de enero · 768 palabras

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Los sindicatos son la ruina de una nación - Política

El artículo aborda el problema que enfrentan las empresas privadas en México cuando tienen empleados improductivos o perezosos, y la dificultad para despedirlos debido a las leyes laborales que los protegen en exceso.

En este contexto, el autor critica la mentalidad socialista de la población mexicana, donde el empleado es visto como víctima y el empleador como verdugo, y la falta de una ley justa que equilibre la relación entre ambas partes.

El autor también señala que la protección excesiva de los empleados ha creado un ambiente en el que estos pueden incumplir sus obligaciones y demandar a sus empleadores sin consecuencias, lo que afecta negativamente la economía del país y las empresas privadas.

En resumen, el artículo destaca la necesidad de equilibrar los derechos de los empleados y sus responsabilidades y los del empleador para construir una economía más saludable.

No hay empresa, a excepción de las públicas, que sobreviva con empleados que exigen mucho y nada producen. Las empresas privadas funcionan con el dinero que, día con día, se amasa gracias al esfuerzo de sus trabajadores.

De ahí salen los recursos para salarios, aguinaldos, vacaciones, jubilaciones, liquidaciones, impuestos, no siempre justos, y hasta el más insignificante objeto que se utiliza en el funcionamiento diario.

Cuando los empleados dejan de producir, continúan los gastos, pero inevitablemente bajan los ingresos, lo que amenaza con llevar a la empresa directo al precipicio. Cualquiera diría que el problema es sencillo de resolver: a todos los empleados perezosos se les da una patada y se contrata a personas conscientes de que para ganar dinero es necesario trabajar.

La desgracia radica en que no es muy sencillo despedir a un empleado, así sea el más perezoso del mundo. La ley lo protege como si se le diera el trato que describe John Kenneth Turner en su México Bárbaro; es decir, matando a los trabajadores a latigazos y de hambre, haciéndolos dormir poco y castigándolos si no cumplen con la tarea.

El problema de raíz es que nuestros políticos todavía no encuentran la fórmula para crear una ley que sea justa con patrón y trabajador al mismo tiempo. En México, padecemos una mentalidad de la población casi socialista en la que la víctima siempre es el empleado y el verdugo aquel que le brinda la oportunidad de llevarse el pan a la boca. De ahí que los que elaboran y aprueban las leyes -que no son ni inteligentes ni mucho menos sabios- no se atreven a equilibrar la balanza.

El trabajador puede incumplir con su parte del trato, protestar, demandar o sabotear, y su jefe solo se reserva el derecho a despedirlo, a costa de una liquidación. Si aquel que tiene una empresa pasa un calvario para despedir a un solo empleado, es fácil suponer las desgracias diarias que padece el que se las tiene que ver con un sindicato.

Conscientes del poder que tienen gracias a la estupidez de aquellos que hacen las leyes, los que mueven los hilos en los sindicatos se dan, impunemente, a la tarea de destruir empresas y amargarle la vida a quien les apetezca.

Y es que los grandes sindicatos no hacen arder Troya porque les hagan trabajar a latigazos, sino que simplemente lo hacen cuando no les cumplen sus caprichos o cuando les exigen trabajar a cambio del dinero que reciben. Los líderes saben que la ley -la extraña ley- casi siempre les da la razón, y cuando remotamente ya no ocurre así, les importa muy poco ya que tienen la capacidad de movilizar a una enorme cantidad de trabajadores que empiezan por no trabajar, arruinando a la empresa, y continúan en las calles destruyendo todo a su paso, creando caos en las ciudades y cobrándoles caras facturas a quienes nada les hicieron.

Estando así las cosas, es común que seamos espectadores de huelgas injustificadas movidas por caprichos de perezosos que no hacen otra cosa que destruir la economía de un país.

Con esas asociaciones tan poderosas que muchas veces no tienen la razón pero sí la fuerza, el gobierno, los empresarios y la sociedad tienen que ponerse de rodillas cuantas veces a ellos se les dé la gana, porque, igual que acostumbran a tomar las calles cuando no se les aprueba un no merecido aumento, también lo hacen cuando no ganó el candidato de su preferencia o si una ley lastima mínimamente sus privilegios.

El poder que una era de leyes socialistas les ha dado a los sindicatos repercute inevitablemente en el crecimiento económico de la nación, porque una cosa son los empleados que ganan dinero porque trabajan y otra muy diferente son aquellos que también lo ganan pero no trabajan gracias a que su sindicato es muy poderoso. Así es igual que decir que muchas empresas pensionan a sus trabajadores a los veinticinco años de edad, porque da lo mismo que estén en la empresa no haciendo nada a que se queden en casa como si fueran ancianos jubilados.

Y no estoy diciendo que deberían de abolirse todas las leyes que garantizan los derechos de los trabajadores y conseguir de esa manera que las empresas produzcan y no sean saboteadas por intereses mezquinos; indudablemente, el trabajador tiene derechos, pero cualquier idiota comprende que, para ganar dinero en una empresa privada, de forma legal, es indispensable trabajar.

Adán J. Loredo

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Adán J. Loredo

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