¿A qué se debe la prosperidad de los países?
Claro está que no hay partes del mundo donde se abre el cielo y Dios echa puños de oro a sus elegidos. La riqueza de las naciones viene, indudablemente, pegada al trabajo y a la sensatez de sus habitantes.
28 de diciembre · 780 palabras
El artículo aborda la relación entre trabajo y prosperidad en los países. Aunque muchas personas trabajan duro, el trabajo no garantiza riqueza o estabilidad económica. La prosperidad de un país depende de sus costumbres, hábitos y políticas.
La prosperidad es inevitable en los países con democracias sólidas, sistemas educativos adecuados y una población libre de fanatismos. La buena educación es esencial para elegir políticos menos corruptos y menos tontos.
Además, gravitar los prejuicios y las costumbres que contribuyen a la pobreza es importante.
La prosperidad llega como resultado de prácticas muy lógicas y, a veces, primitivas, tales como permitir que cada persona sea dueña de sus decisiones, emigrar, comprar y vender lo que desee, invertir y arriesgar su capital.
También es importante un libre comercio sin trabas y permitir incluso a la prostitución como derecho inviolable.
En estos países, las personas no esperan milagros sino resultados y los políticos dependen del libre albedrío del ciudadano y no de las armas, lo que genera una sociedad más próspera.
En todos los países del mundo las personas trabajan, muchos desde antes de que el sol salga hasta después de que se oculta, de lunes a domingo y pasan los festivos como días cualquiera.
Por desgracia, el trabajo no es garantía de riqueza, ni siquiera de estabilidad económica. Las costumbres, los hábitos y, desde luego, las políticas son factores fundamentales que determinan la riqueza o la miseria de cualquier país.
Y la fórmula para que un pueblo sea próspero no está oculta en las profundidades del mar ni en el Polo Norte, sino que es bien conocida, por más que muchos se empeñen en buscar una nueva mientras hacen experimentos que matan de hambre.
Cuando en un país la democracia funciona más o menos bien, la población tiene acceso a una educación de calidad respetable y también está libre de fanatismos ridículos, casi con seguridad el progreso y la abundancia serán inevitables.
Desde luego, todos esos factores van de la mano y es imposible conseguir que funcione uno si no lo hace el otro. Para que los políticos menos corruptos y menos idiotas sean elegidos para puestos importantes, es indispensable que la educación de la población sea más o menos buena. También, gracias a una buena educación, las personas pueden sacudirse, poco a poco, los prejuicios y las costumbres que tanto contribuyen a la miseria.
La prosperidad llega como consecuencia de prácticas muy lógicas y hasta primitivas: que a cada persona se le permita ser dueña de sus decisiones (emigrar adonde quiera, vender y comprar lo que le plazca, invertir y arriesgar lo suyo, proveerse de donde quiera). Todo eso es fundamental para el progreso. El establecimiento del libre comercio, sin trabas, es la antesala de la riqueza de los pueblos. Tan importante es todo esto que incluso la prostitución, por mal que sea vista, es un derecho inviolable de quien la ejerce.
Las características de la población en un país próspero no son un secreto para nadie. Allí las personas no esperan milagros sino resultados, los políticos dependen del libre albedrío del ciudadano y no de las armas; los presidentes son, al menos en apariencias, personajes respetables y no vulgares dictadores que se adueñan del país para ellos y su familia. Quien invierte su dinero lo hace sabiendo que si logra crear una empresa exitosa el gobierno irá por ella como lobo hambriento.
Como puede verse, no es nada del otro mundo. El camino de la prosperidad no es un laberinto lleno de trampas y con acertijos en cada esquina, sino el resultado de dejar al hombre trabajar libremente a favor de sus más grandes ambiciones.
Pero todo parece indicar que las personas, la mayoría, prefieren vivir en lugares donde la libertad de cada individuo es un derecho cuya violación está prohibida. En los países tercermundistas lo que menos quiere hacer la población es cultivarse mínimamente. Se conforman con que les cuenten y con adorar a héroes inventados. Le temen a la verdad que les puede revelar el conocimiento, se encierran en su mundo y odian todo lo que no conocen y a todo el que es diferente en cultura y forma de pensar.
Al gobierno, no sé por qué, pero eso le viene de perlas. Los políticos iluminados, que abundan, se aprovechan de la ignorancia en la que la mayoría del pueblo vive, a veces por gusto propio, y con políticas socialistas e ideas nacionalistas al extremo saquean al país, arruinan su economía, destruyen sus instituciones y pasan a la historia como héroes libertadores.
Y la herencia de esos héroes, que en Latinoamérica padecemos tanto, genera una terrible confusión en las masas que es necesario aclarar para poder empezar con la reconstrucción del país. La mayoría de la población en un país tercermundista cree, gracias a los héroes, que es totalmente correcto privatizar las empresas, cerrarle todas las puertas a los comerciantes, manipular la economía del país como por arte de magia, y que un elegido saldrá del pueblo para aliviar todos los males y que solo él y nadie más que él sabrá cómo hacerlo.
Y todavía hay algo peor: el héroe siempre esperado suele aparecer con bastante desgraciada frecuencia, arruina todo lo que se puede arruinar y se queda hasta que puede ejercer el poder de la forma más autoritaria. Cuando lo matan, cuando muere o cuando lo logran derribar, el país queda, como es natural, en la ruina, pero la población, igual de ignorante y más confundida, espera con ansias la llegada del siguiente héroe.
Adán J. Loredo
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