Criminalística: el caso del estilista del jirón Huallaga
Un caso de criminalística que nos muestra cómo el crimen no paga, los errores que cometen los asesinos y cómo terminan pagando muy caro. Una mirada desde la óptica del criminal.
10 de noviembre · 1412 palabras
Hace algunos años, en la calurosa ciudad de Iquitos, desapareció un estilista gay y todos pensaban que habría viajado con alguno de sus maridos.
El asesino era un joven de dieciséis años, de buena familia, con un padre adinerado que había arrojado al gay amarrado en una caja en medio del Río Amazonas en un horario sospechoso donde nadie notó nada.
Nadie sospechaba, la policía no lo buscaba y todo parecía favorecer la impunidad del crimen. Todo salió bien sin ningún chismoso, el cadáver del estilista estaba bien maniatado dentro de la caja, que al ser arrojada al río más caudaloso del mundo, se hundió de inmediato.
El joven homicida sonrió, dio la mano a su cómplice, se desvivió en gratitudes y lo recompensó muy bien sintiéndose aliviado.
Incluso cuando retornaban en el bote, el joven homicida contó a su cómplice, en la desaparición forzada de personas, que el gay se merecía la suerte que corrió, porque le dijo a su novia que era su amante para que ella lo dejara y él se quedara solo con él.
El homicida estaba enfurecido por lo que había hecho el gay, por eso lo mató.
Hace algunos años, en Iquitos ocurrió un crimen que casi resulta perfecto.
Un estilista, peluquero gay, desapareció como por encanto del medio laboral en la calurosa ciudad de Iquitos.
Todos se imaginaban que habría viajado con alguno de sus maridos a esos interminables viajes de placer a que están acostumbrados los maricones adinerados.
Todo iba muy bien para el asesino del estilista.
La gente no sospechaba absolutamente nada, todo parecía favorecer la impunidad del crimen.
La policía no lo buscaba, a nadie le importaba la vida de un gay más del montón que hay en la selva.
El asesino, un joven de dieciséis años, de muy buena familia, con un padre acaudalado, seguía con su vida de lo más tranquilo, sin inmutarse de nada.
Había arrojado al gay, amarrado, en una caja en medio del río Amazonas, tarde de madrugada, en un horario en que nadie notó nada sospechoso. "Se trataba de alguien que embarcaba una caja en un bote, para enviarlo a un caserío cercano y punto".
Todo salió a pedir de boca.
No hubo chismosos, el cadáver del estilista estaba muy bien maniatado dentro de una caja que, al ser arrojada al río más caudaloso del mundo, se hundió de inmediato.
El joven homicida sonrió, dio la mano a su cómplice, se desvivió en gratitudes, lo recompensó muy bien y se sintió más que aliviado. Nadie podría jamás saber lo que ocurrió, ni dónde estaría el marica asesinado, pensó.
Incluso cuando retornaban en el bote, el joven homicida contó a su cómplice "en la desaparición forzada de personas" que el maricón se merecía la suerte que corrió.
Dijo:
"Este hijo de perra, le dijo a mi novia, que yo era su amante, para que ella me deje y yo me quede solo con él".
La indignación cubrió de rojo el rostro del jovenzuelo asesino.
Continuó su relato:
"Maricón de mierda. ¿Por qué tenía que cagarme así? Jenny sufrió, lloró, me botó de su casa.
"Cuando el maricón me vio desesperado, se reía a carcajadas y me quería meter en su cuarto... Por eso, por malo, por mal nacido, lo maté".
Ricardo le preguntó:
¿Pero cómo pudiste matarlo?, "el maricón era más agarrado que tú, era más fuerte"
El mozo contó con detalle:
"Sí era más fuerte, pero menos inteligente". Lo sedujé, me mordí la boca, soporté la rabia y le dije que quería hacer el amor con él, pero que me dejara comprar cerveza.
"Aproveché para ponerle en la cerveza 10 pastillas de diazepam molidas".
Una risa nerviosa se apoderó del homicida, quien siguió narrando cómo mató al gay….
"Cuando habíamos tomado cuatro cervezas, el maricón comenzó a perder el sentido, quería mantenerse de pie, pero no podía, quería resistirse al letargo que le provocaron las pastillas, pero no pudo, comenzó a gritar, a convulsionar, los ojos los tenía desorbitados, parecía un zombi..."
Cogí un cable eléctrico y lo ahorcé con él. Puse todo mi peso, jalando para atrás, con todas mis fuerzas. El maricón temblaba, no pudo soportar más y solo zapateaba, intentando librarse, hasta que dejó de moverse.
Salí dejando todo bien ordenado, limpio. Tomé mi moto y fui rápido al depósito donde trabaja mi papá, le dije al guardián que me ayude a sacar un cajón de madera.
Pagué un taxi para que lo llevaran hasta el puerto.
Al maricón lo recogimos y lo sacamos envuelto en sábanas de su casa. Lo llevamos al puerto Mazuza y allí lo metimos en la caja de madera, la clavamos y listo.
Te agradezco tu apoyo, te compensaré muy bien. Se despidió de su cómplice.
Todo, aparentemente, terminó esa noche. El homicida regresó a su casa; su cómplice lo felicitó por matar al gay.
Pasaron algunos días y todo aparentemente había salido perfecto.
Nadie echaba de menos al estilista, todos se imaginaban que se había ido de viaje con alguno de sus numerosos amantes.
Hasta que una mañana un balsero que iba por el Amazonas camino a Genaro Herrera vio una gran caja que flotaba en el río.
Avisó a sus amigos, buscaron un bote grande y jaló la caja hasta la orilla. Los lugareños habían pactado que no revelarían a nadie lo de la caja.
Todos creían que el contenido sería algún botín, algo que se habría caído de alguna embarcación, pero enorme fue su sorpresa y grande el susto que se dieron. Al desclavar la caja vieron el cuerpo hinchado, putrefacto, del gay asesinado.
Corrieron a llamar a la capitanía de puerto y a la policía, que llegó de inmediato y asombrados contemplaron un cadáver irreconocible.
La policía llevó el cadáver a la morgue; algunos criminalistas, con ayuda de forenses, trataban de identificar al muerto.
La noticia salió en radio y televisión. El joven homicida Billy enmudeció y no quiso desayunar; su madre lo notó pálido y le preguntó qué pasaba.
Billy sentía que la cabeza le iba a reventar, un gran miedo se apoderó de él.
No podía comprender cómo, maldita sea, la caja terminó flotando en el río. No entendió que su gran error fue: "arrojar un cadáver maniatado en una caja al río".
El río en un primer momento se tragó la caja por el peso de la madera sumado al del cadáver. El cajón y su contenido se hundieron.
Pero ya en la profundidad del río el cadáver comenzó a pudrirse y comenzaron a emanar "los gases del cuerpo del gay muerto". "Estos gases" hicieron que nuevamente subiera a la superficie la caja y que quedara flotando.
Una persona muerta se hunde, y en cuanto entra el agua en sus pulmones, se hunde deprisa. Ojo.
Cuando se empieza a descomponer en el fondo del agua, el proceso de descomposición genera gases como CO2 y metano, que llevan el cuerpo a flote. Cuando la descomposición está tan avanzada que se rompen los tejidos, se pierden los gases y los cuerpos vuelven al fondo. Allí está la explicación.
Esto se pudo haber evitado si Billy hubiera sido "un sicario profesional". Habría bastado con que encadenara a los pies del asesinado varios bloques de concreto y lo arrojara al agua.
Un pescador de Cullera halló el cadáver de un hombre sumergido en el río Júcar y con varios bloques de hormigón encadenados a sus pies, según informó fuentes de la Policía de esta localidad de la comarca valenciana de la Ribera Baixa, en España.
La víctima del suceso, identificada como Raúl Oller, de 34 años, natural de Cullera y empleado en una fábrica de embutidos en Torrent, llevaba diez días desaparecido hasta que su cuerpo fue rescatado.
"Al joven asesino de la historia que revisamos, los gases le echaron a perder la fiesta".
"El más mínimo error es fatal para un homicida".
Pero como nuestro protagonista de esta historia solo era un mozo enfurecido por la vergüenza que le hiciera sufrir el homosexual con su noviecita y actuó obnubilado por el odio, no hizo más que actuar de manera torpe, sin pensar.
Los "asesinos profesionales" son fríos, actúan con cautela, de modo calculado, poniéndose en distintos escenarios, son metódicos, atan todos los cabos sueltos, no se confían, se aseguran bien de que las cosas resulten, tal como lo exige su trabajo.
La policía logró identificar al estilista; logró probar que el día en que desapareció la última persona que lo visitó era Billy.
Sumado todo esto al hecho de que el jovenzuelo asesino desapareció, escondiéndose en casa de una tía, donde fue capturado por no presentarse a las insistentes citaciones policiales. Terminó el jovenzuelo confesándolo todo a los acuciosos policías, que tras un interrogatorio de catorce horas lograron que contara hasta cuatro historias distintas, cayera en contradicciones y terminara narrando en un mar de llantos por qué mató al estilista gay.
Este caso nos hace recordar otro, el del "asesino de la maleta": el del norteamericano que mató a su esposa peruana, la puso en una maleta y, hecho un idiota, la arrojó mar adentro. La maleta regresó del fondo del océano gracias a los gases que emanan del cuerpo de una persona muerta y maniatada, arrojada a modo de paquete a las aguas. Los gases hacen que flote el cadáver, hacen que suba a la superficie.
El homicidio es un delito abominable que se debiera de castigar de igual modo: con la muerte del asesino. La cadena perpetua es muy poca cosa; la silla eléctrica, el paredón, la inyección letal, es lo justo.
Ninguna persona debe ser muerta impunemente, por ningún motivo. Nada justifica el homicidio.
El crimen no paga, no lo olvide.
PEDRO ALEJANDRO REYES RAMOS
Instructor de Seguridad Pública y Privada
Inscrito en DICSCAMEC
Ministerio del Interior de Perú
http://www.slideshare.net/LUXUSPERU/manuales-de-seguridad-armas-cortas-en-venta-10106102
PEDRO ALEJANDRO REYES RAMOS
Director de AASIPPPERU
http://www.slideshare.net/LUXUSPERU/manuales-de-seguridad-armas-cortas-en-venta-10106102
Sobre el autor
Instructor de Seguridad Publica y Privada inscrito en el Ministerio de Interior de Peru.Director de AASIPP PERUDirector de Alvisegperu
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