Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando.
Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis. Muchas no eran respetadas; siempre las humillaban y las desvalorizaban por su condición de mujer.
21 de octubre · 893 palabras
En Guatemala, la situación es crítica y los acuerdos de paz no están cumpliendo con sus aspectos esenciales.
El país es el tercero más inequitativo del mundo y el que tiene menos transparencia en la gestión pública, lo que ha trastocado los valores fundamentales del ser humano en el Estado contrainsurgente en el que la vida humana dejó de ser un valor primario.
La mujer, hasta hace unos años, tenía un papel pasivo dentro de la sociedad, siendo considerada el ser más vulnerable y con poca capacidad intelectual.
La violencia física y psicológica contra las mujeres es un fenómeno histórico consustancial al sistema patriarcal, que las ubica en una posición jerárquica de subordinación y se aplica como un mecanismo de poder para ejercer control y/o mantener una posición dominante sobre ellas.
Dentro de este conjunto de ideas patriarcales, la mujer es considerada como propiedad de un hombre, lo que limita su autonomía personal.
Sin embargo, la evolución de la sociedad ha permitido que las mujeres tengan más oportunidades para trabajar, convertirse en profesionales, gerentes, políticas y comunicadoras sociales, entre otros papeles que permiten mostrar sus destrezas.
Licda. Cicely Sánchez
Master en Criminología y Criminalística
La situación en Guatemala es crítica; los acuerdos de paz son incumplidos en sus aspectos esenciales. Es el tercer país más inequitativo del mundo y con menos transparencia en la gestión pública, los valores se trastocaron a partir de la conformación del Estado contrainsurgente, en el que la vida humana dejó de ser un valor fundamental y pudo ser arrebatada impunemente. Existe un daño a la red social que no puede ser restituido hasta que la escala de valores no devuelva al ser humano el derecho inalienable y primigenio de vivir.
No hace muchos años la mujer venía desempeñando un papel pasivo dentro de la sociedad; era el ser más vulnerable, con poca capacidad intelectual, y se consideraba que su deber y obligación primordial correspondía a la atención del hogar y a servir al marido en todos los aspectos, como quien se dice, toda una esclava. La violencia física y psicológica contra las mujeres es un fenómeno histórico consustancial al sistema patriarcal, que las ubica en una posición jerárquica de subordinación y se aplica como un mecanismo de poder para ejercer control y mantener una posición dominante sobre ellas, que va desde las exigencias sexuales hasta la denigración; hay quien se rehúsa porque obtendría la sanción más grande del sumo emperador llamado marido, como se dice, a burro negro no le busques pelo blanco. Dentro de este conjunto de ideas patriarcales, la mujer es considerada como propiedad de un hombre, sea éste el padre, el esposo, el suegro, el hermano, incluso hasta el hijo, o la comunidad; no se le reconoce su dignidad y, por lo tanto, su autonomía personal. Esto la limita a expresarse, decidir y actuar por sí misma, ya sea sobre su cuerpo, los bienes materiales y su vida en general.
La evolución de la sociedad se ha puesto de manifiesto y ahora se ven mujeres desde otro panorama: trabajan para ayudar a sus hogares, se han convertido en grandes profesionales, gerentes, políticas, comunicadoras sociales; presentan un abanico de destrezas que antes era considerado un pecado. Ante estas circunstancias aparece de inmediato una interrogante: ¿qué precio tienen que pagar ahora?
Hablar de maltrato intrafamiliar y feminicidio o femicidio se refiere a un delito con todas sus características y componentes: un sujeto activo, el que golpea o mata; un sujeto pasivo, la mujer víctima; y el móvil, que es la causa del crimen. Son muchas las circunstancias: bebidas alcohólicas, consumo de drogas, prostitución, economía precaria, educación inexistente; muchas y pocas cosas, pero al final la única afectada es la mujer, la cual ante estas situaciones sigue siendo un objeto o menos que eso.
Mucha de la culpa de que exista el maltrato intrafamiliar y hasta llegar al femicidio la tienen las propias mujeres, ya que en su momento no denuncian los hechos antijurídicos de los cuales son objeto. Otras muchas llegan al Ministerio Público a denunciar como corresponde, pero en el momento de la ratificación no se vuelven a presentar y, si concurren, llegan únicamente para desestimar la imputación puesta, aduciendo que el marido es bueno, que las malas son ellas y que se merecen que las traten como las tratan porque ellas se comportan mal. Según la psicología criminal, esto se focaliza como una característica propia del síndrome de Estocolmo, en el cual la víctima está locamente enamorada de su victimario al punto de aceptar toda aquella agresión provocada.
La realidad es otra muy diferente, ya que el maltrato intrafamiliar y el feminicidio son el conjunto de hechos de lesa humanidad que conforman los crímenes contra las mujeres. Podría verse como el corolario de la cadena de violencia que tienen que enfrentar diariamente las mujeres, y constituye la manifestación más cruel de una sociedad machista que acepta y normaliza este tipo de actos. Los gobiernos dicen que hay un mundo mejor, pero es carísimo.
Las mujeres en la actualidad deberían pensar en que lo triste no es ir al cementerio, sino quedarse; poner un poquito más de su parte, organizarse en agrupaciones sociales y exigir a los gobiernos que sean escuchadas para la conservación y el respeto a sus vidas. En Guatemala, el recurso a la violencia ha sido esencialmente político, especialmente para reprimir a la oposición y generar un ambiente de terror que inmovilice a la sociedad; también ha sido un mecanismo utilizado para forzar un clima de ingobernabilidad e incidir en la correlación de fuerzas coyunturales que vive nuestro país.
Es necesaria una regulación de desarmamiento en Guatemala, ya que en Centroamérica es el único país que reconoce en su Constitución Política los derechos de tenencia y portación de armas de fuego; la relación entre mujeres y proliferación de armas suele ser trágica.
No esperemos que los cadáveres de las mujeres nos cuenten su historia en la morgue; pongamos un punto final a esta pesadilla y digamos no a la violencia contra la mujer, sí a la vida y a la dignificación de ella. Muchos niños quedan en la orfandad con el recuerdo triste de una madre que los abrazó un día y que jamás lo podrá hacer de nuevo. Felices los que nada esperan, porque nunca serán defraudados.
Licda. Cicely Sánchez
Master en Criminología y Criminalística
Sobre el autor
Me dedico a la Investigacion Criminal, a dar capacitaciones y realizar Proyectos en Seguridad Publica, Prevencion del Delito e Investigacion Criminal
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