Cambio de vida... mi vida

Soy una persona común que reflexiona después de una gran tragedia y trato de sacar el lado bueno. Hablo de cómo fui superando los golpes de la vida y de las personas que me ayudaron y me aman.

Roberto Vejar
Roberto Vejar

9 de octubre · 701 palabras

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Cambio de vida... mi vida - Felicidad

El autor relata su experiencia tras sufrir un accidente que lo dejó paralizado y cómo este evento repentino cambió su vida. A pesar de haber sido causado por una estupidez, el autor asume la responsabilidad por sus acciones y busca soluciones para salir adelante.

Durante su tiempo de hospitalización, el autor reflexiona sobre su vida y reconoce sus errores, buscando sanar sus culpas y fortalecer su fuerza de voluntad.

Aunque se sintió tentado a rendirse y querer morir, la perseverancia de su madre y hermanos lo motivó a luchar y continuar su rehabilitación.

Durante este proceso, el autor enfrentó muchas opiniones diversas, desde personas extrañas hasta terapeutas y médicos alternativos, sin embargo, él siguió trabajando en su recuperación.

Al final, el autor aprendió que la vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, pero con determinación y la ayuda de los demás, podemos encontrar la felicidad y la fuerza para seguir adelante.

Un cambio de vida repentino y causado por una estupidez es difícil de asimilar, más aun cuando esa estupidez es causada por factores ajenos a tu voluntad; es incomprensible, injusto, ¿por qué a mí? Es la pregunta más recurrente de todas. Los caminos de la vida son tan impredecibles que son difícilmente comprensibles; en mi caso yo lo provoqué; eso me da la tranquilidad de saber que soy el responsable de mis actos y así tener el entendimiento de cómo solucionarlo.

Hay diferentes métodos de cómo salir de ciertos problemas, dicen que «el fin justifica los medios», y creo que en mi caso así fue. El querer morirme y no vivir así me ayudó a salir adelante. En el tiempo que estuve hospitalizado después de mi accidente tuve mucho tiempo para pensar muchas cosas referentes a mi vida y cómo la había vivido; como lo expliqué anteriormente no es de vanagloriarse con todas las estupideces que hice. Había que reconocer y olvidar, un costal lleno de culpas, remordimientos, tristezas se encargarían de acumularse en mi mente. Las enseñanzas y la fuerza de voluntad que nos inculcaba mi madre eran férreas; había que salir del problema en el cual me encontraba, así que no existía mucho tiempo para lamentarse o llorar. Necesitábamos trabajar y mi madre se organizó con mis hermanos para poder ayudarme; se crearon turnos para cuidarme, para voltearme periódicamente de lado ya que no podía permanecer mucho tiempo acostado en una misma posición porque se me hacían llagas muy profundas y se podían infectar. Tenía una terapeuta física que asistía a mi casa a hacerme ejercicios diariamente, además de asistir al Seguro Social a rehabilitación dos o tres veces a la semana. Mi vida estaba totalmente copada por mis pensamientos y rehabilitación; esa etapa fue muy dura, mi motor era la muerte.

Los psicólogos, brujos, médicos alternativos, yerberos, en fin las personas más extrañas pasaron por consejo de mi madre a verme. Yo, en mi necedad de no creer en nada y únicamente cerrarme a otras posibilidades, los mandaba al carajo a veces, enojado o de malas, sin darme el beneficio de la duda y lastimando todavía más a mi madre que en su afán de ayudarme lo único que conseguía era desesperarla más. Mis hermanos cambiaron sus rutinas por cuidar al «bulto» a veces y, comprensiblemente, aburridos, hartos, enojados porque tenían que quedarse en lugar de salir con los novios o asistir a fiestas o convivios con sus amigos. En mi cabeza quedaban los recuerdos de actitudes muy malas de mi hacia ellos, como cuando saqué a mi hermana Adriana a empujones de una fiesta, tratándola muy mal delante de la gente, humillándola y maltratándola, y ahora se quedaba a mi lado cuidándome y dándome todo su cariño. Esto, una vez que había pasado su enojo por no haber asistido a su evento o estar con su novio, en la mayoría de los casos acababan viendo una película conmigo o platicando. O el caso de mi hermano, que siempre hacía a un lado y trataba muy mal, y todo porque era homosexual; claro, como yo era un «macho» estúpido que no lo entendía, además de que yo siempre tenía la razón y mi soberbia me impedía ver que dentro de él existía un hombre con una calidad humana insuperable, un amor incondicional hacia sus hermanos y madre.

En mi afán de morirme no me di cuenta de que me estaba rehabilitando, poco a poco: pude mover las piernas, pude mover los brazos, me pude poner de pie, y justo cuando esto pasó se me abrió un panorama diferente. En ese momento pensé que después de tanto esfuerzo sería una estupidez morirme; además me había ligado a mi terapeuta y tenía una novia que siempre estuvo a mi lado. Mis amigos me sacaban a pasear, en fin, toda esa etapa fue muy difícil y ahora, al paso del tiempo, lo veo como un mal sueño que me enseñó mucho sobre cómo enfrentar la vida.

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Roberto Vejar

Sobre el autor

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