Ética del éxito y ética de las convicciones
Partiendo de la distinción que establece Max Weber entre poder y autoridad, podemos comprender que el derecho emana de la autoridad y que esta dirime lo injusto de lo justo en los asuntos cotidianos. En este texto examinamos cómo, desde la práctica psicológica y la reflexión metaética, se articulan la legalidad, la justicia y las teorías que fundamentan la acción moral.
22 de septiembre · 2933 palabras
En este artículo, el autor argumenta que aunque los psicólogos están obligados a trabajar dentro de un marco legal, sus intervenciones están basadas en ciertos valores.
La ética juega un papel importante en la manera en que los psicólogos conducen su trabajo, y es imposible tener una intervención psicológica alejada de los valores. Aunque la neutralidad axiológica es una aspiración, el autor señala que es improbable llevarla a la práctica.
El autor sostiene que establecer una separación entre teoría y práctica implica comprender que la ciencia no puede suministrar los valores que deben guiar nuestra existencia.
Los valores son las brújulas que guían nuestra existencia, y se encuentran en los santuarios que nos proporcionan los conocimientos científicos. Por lo tanto, la reflexión crítica debe permitirnos replantear constantemente nuestros valores trascendentes.
Aunque algunos podrían argumentar que esta perspectiva conlleva un nihilismo o anula la posibilidad de establecer valores universales, el autor defiende la importancia de cuestionar constantemente nuestros valores en un contexto cultural e histórico específico.
Como psicólogos intervenimos parapetados por una legislación, pero nuestra mirada telescópica va más allá al asentarse nuestras intervenciones en determinados valores. Hay una diferencia sutil entre legalidad, que se refiere al poder, y justicia, que se refiere al ejercicio del poder. [2] La ética adquiere sentido en la medida en que nuestro objeto de estudio e intervención son las acciones humanas. No es posible una intervención psicológica ajena a los valores. La neutralidad axiológica es una aspiración que, lógicamente, es intachable, pero que es improbable que podamos llevar a la práctica. Aristóteles entendió que “el hombre prefiere lo no probable verosímil a lo probable no verosímil”; así, dirimir el “sentido” de las acciones es más prioritario que atender una verdad que transita sin red de lo cognoscitivo a lo axiológico. Establecer un hiato entre la teoría y la práctica supone comprender que la ciencia no nos puede suministrar los valores que deben guiar nuestra existencia. [3] Los valores son las brújulas que guían nuestra existencia y nos los encontraremos en los santuarios que nos proporcionan los conocimientos científicos; por ello, los conocimientos trascendentales han ocupado un espacio relevante. [4] Los valores incluyen la finalidad: mientras la ciencia se pregunta por el cómo, los valores siempre nos remiten al por qué. No me parece lícito el salto de la inmanencia a la trascendencia, pero no podemos vivir con una trascendencia impenetrable. Una reflexión crítica nos debe permitir replantearnos constantemente nuestros valores trascendentes. Esta perspectiva, con un sesgo innegable de contextualismo —no relativista—, puede ser criticada desde muchos frentes. Así, unos pueden argüir que estamos ante un nihilismo; otros que no es posible establecer valores universales; otros que el peso cultural (social e histórico) es excesivo; que la ciencia no puede ser un mero instrumento… Pensar que los valores son siempre producto de un pacto histórico y contingente es cargarse de un plumazo la existencia de un derecho natural. Las dificultades que hallo en las teorías universalistas es el inmovilismo que comportan, mientras soy consciente de la necesidad de unas ficciones que operen sin ser conscientes de que lo son. Nietzsche, con su conciencia lúcida, se dio cuenta de que “todo lo que he pensado es mentira, pero menos mal que me he dado cuenta tarde”. En el fondo parece, otra vez citando al díscolo filósofo germano, “cada uno tiene la verdad que es capaz de soportar”.
En la ética existen dos tipos de indagaciones: la ética normativa, que acredita determinados criterios con arreglo a los cuales tenemos que valorar la bondad o justeza de las acciones humanas, y la metaética, que reflexiona sobre los criterios para buscar su fundamento y justificación. Me centro en la metaética para desvelar cómo nuestras acciones pueden fundamentarse y, para ello, establezco una visión dicotómica entre teorías cognoscitivas y teorías no cognoscitivas.
Teorías cognoscitivas y no cognoscitivas de la acción justa
Una gran parte de estas teorías sostienen que los valores son cualidades inherentes a las cosas o acciones y, por consiguiente, cognoscibles. Se subdividen en el naturalismo, que parte de la tesis de que los valores son cognoscibles empíricamente; el racionalismo, que establece el carácter racional de los valores; y el intuicionismo, que asume que los valores son mediados por la intuición. El otro grupo, no cognoscitivo, piensa que no pueden darse conocimientos sobre los valores, ya que son una expresión de los estados de ánimo. En este grupo podemos encontrar a los voluntaristas, cuyo fundamento es la voluntad, y a los emotivistas, que se basan en el sentimiento. La perspectiva que subyace en nuestras intervenciones como psicólogos implica un análisis más exhaustivo de cada una de las teorías esbozadas.
1.- Teorías cognoscitivas
Para el naturalismo, la justicia es una cualidad que pertenece a las normas o a las acciones, siendo susceptibles de corroboración empírica. En la tradición filosófica de Occidente se ha materializado en el utilitarismo, que identifica la justicia con la utilidad. [5] Para Bentham el fin es conseguir la mayor felicidad para el mayor número de personas e ideó una especie de “aritmética moral” que conduce a la afirmación de que una acción que produce más placer que dolor debería aprobarse. Stuart Mill pretende dar un fundamento psicológico-asociacionista al paso de lo útil individual a lo útil colectivo, mientras Spencer le da un fundamento biológico-naturalista. [6] El desarrollo ulterior del utilitarismo lo podríamos definir en dos líneas que son pertinentes en nuestra actuación como psicólogos: el utilitarismo del acto, que postula realizar aquellas acciones que proporcionen el máximo de felicidad para el mayor número de personas; y el utilitarismo de la regla, que no se fundamenta en las consecuencias de la acción singular, sino en las consecuencias que tendría la adopción de una regla general de la máxima en la que parece inspirada la acción. El utilitarismo se sustenta en una ética de las consecuencias, siendo la corriente de más abolengo empírico y la que menos posibilidades dota a una “ética de las convicciones”. [7]
En la misma línea, el iusnaturalismo moderno sostiene que existe una tendencia instintiva a la sociabilidad. [8] Para Grocio se deben observar cuatro reglas: a) abstenerse de las cosas ajenas; b) mantenimiento de las promesas; c) adecuación de la pena al delito; d) resarcimiento del daño causado.
Para el racionalismo, la justicia es una cualidad perteneciente a las normas o a los comportamientos que se revela por la racionalidad humana. Para Kant, el derecho es la exigencia de conciliar la libertad de cada uno con la de los demás. Una actuación justa es la que permite la coexistencia de las distintas libertades. Como psicólogos, cuando actuamos tenemos que ser conscientes de que la persona o el grupo no es un medio, sino un fin en sí mismo. Una ética racionalista se cimienta en un formalismo que, como muy bien patentiza el prescriptivismo de Hare, sostiene que los juicios éticos son universalizables. [9]
Por último, para el intuicionismo Platón sería el representante más preclaro: el bien y la justicia son realidades trascendentes, suprasensibles. [10]
2.- Teorías no cognoscitivas
La teoría voluntarista se divide en cuatro: el materialismo jurídico (la ley del más fuerte, de resonancias nietzscheanas), el contractualismo (contrato para la paz social cuyo representante sería Hobbes), el estatalismo (una fusión de las dos anteriores que se identifica con el positivismo jurídico) y el teologismo (con San Agustín de Hipona como representante).
Otro grupo de teorías serían los emotivistas; los representantes más claros han sido los neopositivistas. Para los neopositivistas, una acción justa no tiene sino un significado emotivo y no hace más que expresar nuestras preferencias hacia ciertos comportamientos. [11]
Ética del éxito o ética de convicciones
El breve repaso a las teorías mencionadas nos permite entender la existencia de dos grandes grupos de teorías metaéticas: teorías absolutistas (de convicciones) que defienden la inmutabilidad del criterio de la acción justa —que pertenecen al iusnaturalismo, racionalismo jurídico, teologismo jurídico e intuicionismo— y teorías relativistas que piensan que lo justo está sometido a fluctuaciones históricas —que pertenecen al utilitarismo, contractualismo, estatalismo, positivismo jurídico y al emotivismo. [12]
Una ética del éxito presupone una acción racional con arreglo a valores. Intervenimos en relación a unos valores (consideramos algo digno o valioso), pero la pregunta acuciante la podríamos formular del siguiente modo: ¿por qué unos valores y no otros? En cierto modo, la ética de las convicciones es una acción sustancial con arreglo a valores válidos en cualquier contingencia. El cementerio está repleto de visionarios que, impelidos por la pasión de un valor inquebrantable, utilizaron a sus semejantes como mera tramoya; pero, a su vez, la racionalidad en pos del éxito ha sembrado los crematorios de una cantidad ingente de anónimos. Una solución, si se quiere parcial, es poner en el centro la persona. Se me puede tildar de un cierto sesgo occidentalista al considerar al individuo por encima del grupo; además, la justicia me parece una virtud fría mientras que la equidad desprende un calor que me reconforta. [13]
La equidad comporta la empatía, es decir, la conciencia de que el “otro” se comporta en base a otros valores que pueden resultar diametralmente opuestos a los míos. Hobbes es consciente de que los hombres, para vivir en sociedad, tenemos que pactar; si no, viviríamos en una “guerra constante de todos contra todos”. No en vano, es el primer autor que sustenta teóricamente una doctrina jurídica positivista, cuyo objeto es limitar la sed insaciable de poder que alimenta el alma de los seres humanos. Presumiblemente Hobbes estaría de actualidad en nuestra sociedad aparentemente muy competitiva, pero sin negar su gran intuición no hay que olvidar que en la espesa fuerza de la lucha existen remansos de paz y cordialidad. El problema lo podríamos plantear con una pregunta inquietante: ¿cómo llegar a un acuerdo unánime sobre aquellos principios que han de organizar y encauzar nuestro desacuerdo? En una línea similar, y pensando la necesidad de la equidad, Rawls propone una teoría de la imparcialidad (fairness). [14] Rawls critica sin hundirlo tanto al utilitarismo como al intuicionismo; digamos que se aproxima al utilitarismo y, moralmente, se sustenta en el intuicionismo. Para Rawls, el error del utilitarismo es confundir la imparcialidad con la impersonalidad. Nos propone un experimento mental con su “velo de ignorancia” para crear los principios rectores, pero como teoría declarada de inspiración kantiana navega con una ética de convicciones que no quiere renunciar al éxito.
Retomando el valor de la equidad y de la imparcialidad, ambos presupone reconocer una pluralidad de valores que se resiste a una racionalidad ética. No se me puede acusar de nihilista porque asumo que, en la acción, los valores desde una ética del éxito se pueden fundamentar racionalmente, y los valores desde una ética de convicciones son impenetrables a la luz de la más potente racionalidad. Ortega afirma que “en las creencias estamos y las ideas las tenemos”: si las creencias se basan en valores hablamos de moral, y si las ideas se cimientan en la reflexión nos referimos a la ética. La moral, como un conjunto de reglas explícitas e implícitas, es inexcusable en cualquier sociedad; la ética es la reflexión sobre las reglas que nos sustentan. Pensar es convertir lo extraño en familiar y lo familiar en extraño; como la ética hace, es volver a ver nuestros valores. Como psicólogos intervenimos en el marco de unas creencias, una moral, pero como pensantes podemos ser seres éticos si somos lo más equitativos e imparciales (sin ser impersonales) que nuestras capacidades nos permitan. La ética exige un esfuerzo, una traslocación del lugar que ocupo para ser el “otro”. Sin duda, como bien afirmó Sartre, el “infierno son los otros”, pero el purgatorio, el estado más impreciso y doloroso, es asentarnos en nuestros asideros sin despojarnos de nuestras vestiduras. La ética es dejarse contaminar con la “mirada del otro” para acceder a nuestra “mismidad” con el tamiz, todo lo contingente que se quiera, de los que nos han mirado. Apuesto por un decisionismo, por alguien que es capaz de actuar en relación con una justicia que se fundamenta en los principios de imparcialidad y equidad. La imparcialidad sería el espíritu apolíneo nietzscheano (esa necesidad de orden, de racionalidad), mientras que la equidad sería dionisíaca (esa pasión creadora y desbordante). Una hipertrofia de Apolo nos conduce al desencanto; una sumisión a Dionisio nos paraliza y nos convierte en marionetas de nuestros instintos. Dionisio es más difícil de comprender porque la equidad presupone el reconocimiento de la individualidad, de la fuerza creadora ajena a cualquier convenio. [15] Apolo es la rutina, la burocracia, y Dionisio es la fuerza, el carisma. Una ética completa requiere tanto de la rutina como del carisma, de las normas como de la capacidad de violentarlas si fuera necesario, de los individuos como de la sociedad en su conjunto. Una ética sancionadora arruina la fuerza del carisma; una ética sin principios impide la supervivencia de cualquier cultura. La ética es la amalgama más sólida para cualquier sociedad: permite que cada uno se sienta individuo y, a su vez, parte imprescindible para la supervivencia de su cultura.
El otro valor que propongo, inspirándome en Comte-Sponville, es el de la aceptación. [16] Si nada en nuestra tierra o fuera de ella genera reglas y obligaciones, solo el consenso entre los seres humanos reales puede proporcionarnos una base ética para la convivencia. Si optamos por la tolerancia asumimos tanto una inmanencia como una sociología del poder. Ciertamente Kant establece una filosofía humanística de la inmanencia que presupone la existencia de este mundo como único ser actual y única fuente de valor ético y autoridad política. El peligro surge cuando el triunfo de la inmanencia transforma el poder en autoridad. Una autoridad que, en el mejor de los casos, puede ser tolerante con respecto a sus súbditos descarriados. La aceptación presupone mirar al “otro” sin el tamiz de un marco de referencia, considerarlo como una autoridad en sí mismo. Una vez más, centrarse en la persona, en su autonomía, es un principio imprescindible en la acción ética.
[1] Weber define el poder en la medida en que monopoliza el uso de la violencia física, mientras la autoridad implica un proceso de legitimación tanto por el que manda como por quien obedece.
[2] Podemos pensar que uno puede ser legal e injusto y, a su vez, ser justo alejado de una legalidad contingente y temporal.
[3] El sociólogo Comte ha propuesto una política positiva. Con su analogía propone la etapa mágica (infancia que se explica con invenciones de los acontecimientos), la etapa metafísica (adolescencia que se explica con conceptos abstractos) y la etapa positiva (madurez que se explica por los hechos). Propone una física social; su maniobra tiene un aire de familia con la emprendida por Hegel.
[4] Hegel entrevió la importancia de esta idea y tildó a su teoría como “la versión racional del cristianismo”. El concepto de “sentido” se entiende con la dialéctica que dota a la historia (tesis-antítesis y síntesis) y que confiere sentido a la existencia humana un valor de verdad.
[5] Pensar que somos útiles en nuestras intervenciones nos puede consolar y hacernos pensar que somos justos.
[6] Spencer trató de dar un significado biológico al utilitarismo en la medida en que concibe la justicia como el equilibrio entre las condiciones del individuo y las del ambiente, equilibrio sujeto a las leyes de la evolución, a las que también obedecen las ideas morales y las estructuras políticas.
[7] Parto de la teoría de Weber para distinguir la “ética del éxito” de la “ética de convicciones”. El éxito presupone una transformación del mundo, mientras las convicciones presuponen una prioridad del sujeto cognoscente. Mi interpretación parte de un autor que vive en las postrimerías de la modernidad, alumbrando los senderos de la postmodernidad. Tildarlo de nihilista no es correcto, pero sí de trágico en cuanto el problema del ser humano “es elegir entre dos valores con el mismo grado de nobleza”. Desde la aceptación de una pluralidad de valores apuesta por un “decisionismo ético”. La racionalidad no puede solventar las cuestiones éticas y en este sentido es un autor paradigmático entre las dos grandes posturas que propongo.
[8] Aristóteles sería el padre del iusnaturalismo, ya que postula un derecho real y efectivo emanado de la naturaleza real y social del hombre, anterior y superior a todo derecho positivo.
[9] Del mismo modo, una acción calificada de buena nos obliga a convenir que otra acción exactamente igual es, lógicamente, igual de buena.
[10] La metáfora de la línea explica el conocimiento de una forma lineal, de menos a más: la eskasia (percepción), la pistis (creencia), la dianoia (conocimientos matemáticos) y la noésis (intuición directa de las ideas). La importancia de la intuición proviene de la influencia de sectas mistéricas orfico-pitagóricas. En esta misma línea, para Moore el bien es indefinible: solo quien lo intuye puede expresarlo.
[11] Desde mi punto de vista, Wittgenstein, autor inspirador tanto del neopositivismo como de la filosofía analítica, expresa el tránsito de una teoría del conocimiento que pretende la exactitud (neopositivista) a una teoría que incide en la importancia del uso (“inventar un lenguaje es inventar una forma de vida”, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”). La importancia de adquirir la conciencia lingüística del pensamiento (ya iniciada por Nietzsche) es vital en los planteamientos éticos.
[12] Desde un punto de vista personal no me satisface el rótulo de “relativistas”, ya que el relativismo presupone algo que no es relativo: la relatividad de todo. Podríamos plantearnos el rótulo de “contextualismo”, ya que dentro de un determinado contexto los principios, al materializarse en acciones, son absolutos.
[13] Platón, en la República, afirma “equidad, sinónimo de indulgencia, algo opuesto a la justicia férrea de la ley”. La equidad es la justicia del caso concreto; tendría gran sentido la queja de “es legal, pero no es ético”.
[14] La idea intuitiva de Rawls es considerar los principios de justicia como el objeto de un acuerdo original en una situación inicial debidamente definida. En este “overlapping consensus” las partes saben que no pueden proponer lo que considerarían su bien desde un punto de vista totalmente egoísta, pues los demás no lo aceptarían.
[15] En esta línea Aristóteles afirma que no hay peor injusticia que tratar al igual como desigual y al desigual como igual.
[16] Para André Comte-Sponville la virtud ética más importante no es la “tolerancia”, sino la “aceptación”. Aceptar significa acoger sin juzgar y elimina posibles connotaciones sobre la supuesta superioridad de unos valores sobre otros.
Sobre el autor
Licenciado en filosofía y en psicología por la Universidad Central de Barcelona. Máster en psicoterapia humanista por el Instituto Erich Fromm.
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