Un pastor al poder
El artículo “Un Pastor al Poder —entre la fe y el estado de derecho—” es un análisis general que compara los principios y normas de la Iglesia y del Estado para orientar la interpretación sobre si procede o no la inscripción de un pastor de iglesia como candidato presidencial. Considera la normativa constitucional y la necesidad de definir el inicio y término del ejercicio ministerial.
24 de agosto · 984 palabras
El artículo aborda la relación entre la Iglesia y el Estado, resaltando la separación que existe entre ambas instituciones. La Iglesia entiende que debe haber una división entre lo que pertenece al Estado y lo que pertenece a Dios, por lo que no interviene en asuntos políticos.
Por su parte, el Estado acepta todas las religiones pero no apoya ni financia a ninguna, lo que se conoce como Estado laico o secularización de la sociedad.
Aunque ambas instituciones tienen sus propios principios y normas, el ciudadano creyente recibe influencia de ambas pero sabe diferenciarlas y no las mezcla.
En cuanto al ministerio pastoral, el artículo resalta que es una interpretación espiritual que es para toda la vida, y que tiene un límite difícil de definir porque está íntimamente vinculado con un Don dado y dedicado a Dios.
Por último, se sugiere que el Estado defina el papel del Pastor como aquel individuo que acepta y es nombrado para dirigir a un grupo de creyentes, con una fecha de inicio y finalización determinada.
En definitiva, la separación entre Iglesia y Estado es fundamental para mantener una sociedad secularizada y pluralista.
Un Pastor al Poder
–entre la fe y el estado de derecho -
Mariano Portillo
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La Iglesia sabe por qué hay una separación entre ella y el Estado: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”. (Mateo 22, 21). El Estado está representado en el César, emperador romano, y Dios representa la Iglesia. En cuanto al Estado, la Constitución Política y el pueblo parecen aceptar el “Estado laico”. El Estado laico, o religiosamente neutral, admite todas las religiones pero no apoya ni financia a ninguna, base del pluralismo. La Iglesia no interviene en los asuntos políticos, ni el Estado debiera intervenir en los asuntos religiosos, manteniéndose cada una, por su lado, con autonomía en el ámbito que les compete. Por eso se habla del Estado laico, aconfesional o de la secularización de la sociedad. De hecho, la tendencia en el mundo moderno es hacia una secularización del Estado.
Cada una, Iglesia y Estado, como instituciones, funcionan con sus propios principios y normas. Sin embargo, el ciudadano creyente recibe influencia de las dos, pero no las mezcla, porque sabe sus diferencias y sus áreas de acción.
En la Iglesia, el creyente que acepta el ministerio pastoral sabe que lo hace para toda la vida —es una interpretación espiritual—, y sabe que es un privilegio que da Dios a pocos; ministerio que no tiene comparador en la vida en la tierra, ya que es del orden celestial. Muchas veces sus límites —cuando inicia y cuando termina— son difícilmente definibles, porque está íntimamente vinculado a un don, talento dado y dedicado a Dios, que incluye también los tiempos.
Por parte del Estado, debería definirse al pastor como aquel individuo que acepta y es nombrado al cargo para cumplir con su responsabilidad de enseñar y dirigir a un grupo de creyentes y promover el crecimiento de la agrupación; por lo que se puede determinar con precisión la fecha de inicio y la fecha de finalización, si fuera el caso.
Las cosas celestiales se interpretan en el orden espiritual y las cosas terrenales se definen en el orden material. No puede ser de otra manera. Están claras las diferencias entre la Iglesia y el Estado.
Los creyentes son miembros de la Iglesia y pertenecen al Estado. Dan diezmos y ofrendas a la iglesia (lo que es de Dios) y pagan impuestos al Estado (lo que es del César). Pero los ciudadanos del Estado no necesariamente deben ser parte de una Iglesia.
¿Un pastor de iglesia puede ser inscrito para participar como candidato presidencial, si la Constitución Política dice que no puede ser candidato un ministro de culto? Se requiere, por lo tanto, un análisis para saber cuándo iniciaron y terminaron las funciones del cargo, sin entrar en detalles sobre los motivos que hicieron retirarse de sus funciones. Lo que importa es que no tenga el cargo de ministro de culto al momento de su inscripción como candidato presidencial, porque si llegara a ganar tendría dos intereses (Iglesia y Estado), por lo que podría peligrar el Estado laico y no se garantizaría el pluralismo.
Para empezar, tenemos la interpretación religiosa: aunque se separe temporal o definitivamente, este seguirá siendo considerado pastor, solo que en este caso en desobediencia. Hay que recordar que Dios nos dio a todos el “libre albedrío”, por ello el Creador permite que las personas elijan lo que quieran, incluso hacer lo contrario a lo que establecen sus mandatos. Si fuera este el caso, el pastor tiene una cuenta pendiente con el Eterno, la cual, tarde o temprano, tendrá que resolver con él. Dios es tardo en ira y abundante en perdón, por lo que fácilmente podemos inferir cuál será el final de la historia.
Si lo dijera la Iglesia —desde luego, no se mete en estos asuntos—, podríamos interpretar que nunca podría ser candidato, porque su ministerio pastoral fue dado por el Eterno para toda la vida. Pero en este caso lo dice el Estado; entonces se debe definir de acuerdo a la ley: para iniciar, se debe establecer cuándo inició y terminó su trabajo dentro de la Iglesia. Desde luego se entiende que si está solicitando su inscripción es porque ya lo había contemplado con antelación, por lo que llenará los requisitos, entre los que está el no ser ministro de culto (artículo 186, inciso f: prohibición para ser candidato presidencial), o haber finalizado sus funciones del cargo como pastor de iglesia. Si están claros los tiempos y son comprobables, no tendría ninguna limitación para ser inscrito, ni corte que se oponga.
El tabú existente: si se elige a un religioso como gobernante, este hará del Estado una gran iglesia, bajo las normas religiosas. El miedo que se debe tener no debe ser mayor que el miedo habitual a que el nuevo gobernante nos salga peor que el anterior. Estos miedos pueden verse disminuidos si observamos su formación moral, que incluye valores, principios y concepciones que orientan el comportamiento humano; y en obediencia a Dios todo poderoso, sin influencia de élite alguna, a quien primero rinde cuentas de sus actos, actos que se deberían basar en el amor desinteresado y despojado de egoísmo, dando como fruto muestras de humildad, perdón, templanza y misericordia. A no ser que quien se identifica como religioso no haya dado buen testimonio al no producir los frutos enumerados; entonces estaremos frente a un farsante como los que estamos acostumbrados a tener como políticos. Si lo elegimos, tendremos otro gobierno semejante a los que comúnmente hemos tenido.
Artículo realizado por el Ing. Mariano Portillo
Licda. Cicely Sánchez
Máster en criminología y criminalística
Sobre el autor
Me dedico a la Investigacion Criminal, a dar capacitaciones y realizar Proyectos en Seguridad Publica, Prevencion del Delito e Investigacion Criminal
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