Fachadas para casas modernas

Tradicionalmente la fachada ha sido a la vez la estructura y el cerramiento del edificio. Por tanto, la capacidad de abrir huecos para iluminar, ventilar o disponer de vistas al exterior ha sido limitada.

Cristian Abeldia
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2 de julio · 760 palabras

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Fachadas para casas modernas - Decoración y Diseño

La fachada es la parte exterior de un edificio que se encarga de expresar y caracterizar la construcción, siendo la única vista desde el exterior. Por esto, su diseño arquitectónico es fundamental y ha evolucionado a lo largo de la historia para adaptarse a las nuevas técnicas constructivas.

Antiguamente, la fachada también era la estructura y el cerramiento del edificio, lo que limitaba la capacidad de abrir huecos para iluminación y ventilación.

Sin embargo, la evolución del muro de carga y del vidrio permitió ampliar estos huecos, convirtiéndose en una carrera tecnológica para protegerlos y abrirlos.

Aunque la existencia del vidrio se remonta a Mesopotamia y Egipto, su uso relevante en la construcción no fue hasta el siglo VII con la expansión árabe. La utilización del vidrio en fachadas ha generado un interés creciente por realizar aperturas de huecos en ellas.

En la antigua Roma, se empleaba el lapis specularis como acristalamiento antes de la popularización del vidrio.

Una fachada es, por extensión, cualquier paramento exterior de un edificio; aunque por defecto, cuando se habla de fachada, se hace alusión a la delantera o principal, indicándose más datos en caso contrario (fachada trasera, fachada norte, etc.)

La fachada es objeto de especial cuidado en el diseño arquitectónico, pues al ser la única parte del edificio percibida desde el exterior, muchas veces es prácticamente el único recurso disponible para expresar o caracterizar la construcción. La componente expresiva está tan arraigada en el concepto de fachada, que en ocasiones se hace referencia a la cubierta como la «quinta fachada» cuando ésta posee una intención estética.

La fachada ha experimentado multitud de transformaciones a lo largo de la historia por su condición de soporte o lienzo para los distintos estilos arquitectónicos. Sin embargo, los cambios más profundos han sido consecuencia de la evolución de las técnicas constructivas.

Tradicionalmente, la fachada ha sido al mismo tiempo la estructura y el cerramiento del edificio, y por tanto la capacidad de abrir huecos para iluminar, ventilar o disponer de vistas al exterior ha sido limitada. El desarrollo histórico de la fachada ha sido, pues, una carrera tecnológica en pos de ampliar estos necesarios huecos.

El tamaño y disposición de los huecos ha estado condicionado fundamentalmente por dos limitaciones: la capacidad para abrirlos (evolución del muro de carga), y la capacidad de protegerlos (evolución del vidrio).

Aunque la existencia del vidrio está documentada desde hace más de 5.000 años en Mesopotamia y Egipto,[2] y a pesar de que el Imperio romano lo difundiera por Europa ya en el 300 a. C.,[3] no se puede hablar de una utilización relevante de este material en la construcción hasta el siglo VII y la expansión árabe. A partir de entonces, la posibilidad de realizar aperturas de huecos en fachada empezó a generar un interés creciente.

En la antigua Roma, antes de la popularización del vidrio, se empleaba como acristalamiento el lapis specularis; un tipo de roca traslúcida de yeso del tipo de la selenita.

La incapacidad para fabricar vidrios de grandes dimensiones se resolvió subdividiendo las hojas de ventana en cuadrados más pequeños, capaces de ser tapados con una única pieza de vidrio más pequeña. La costumbre actual de subdividir los paños de ventana en cuadrados más pequeños es una reminiscencia estética que ha perdurado desde entonces.

En el empleo del vidrio en fachadas, cabe detenerse en el capítulo de las catedrales, especialmente las góticas. Éstas supieron convertir el problema del tamaño de las piezas en una virtud: «dibujando» con un armazón de plomo diferentes figuras sobre las aperturas de fachada, y rellenando los huecos resultantes con vidrios tintados, crearon magníficas vidrieras.

Una vez superado el problema de proteger el hueco con vidrio, las limitaciones se debieron al carácter estructural de la fachada. La apertura de un hueco obligaba a su pieza superior, el dintel, a soportar la carga del edificio. Esto impedía practicar huecos demasiado anchos, por lo que las aperturas adoptaron formas verticales para aumentar en lo posible la superficie de iluminación. También era necesario disponer los huecos alineados unos encima de otros, de manera que se facilitase la transmisión de la carga del edificio por el resto del muro. Al igual que con el vidrio, y a pesar de no ser ya necesaria, esta composición de fachada con ventanas verticales y regulares ha sobrevivido hasta nuestros días como una herencia cultural.

Para aumentar el tamaño del vano, en edificios singulares se empleó el arco de medio punto y, posteriormente, el arco apuntado. Sin embargo, el primer gran avance en la fachada se produjo en las catedrales góticas, cuando se eliminó el problema de los huecos al despojar de función estructural a la fachada.

La revolución consistió en la sustitución del concepto tradicional de muro de carga por el de pilares puntuales, desviando la carga de la cubierta mediante arbotantes a unos contrafuertes exteriores. De esa manera la fachada, liberada del peso, podía cerrarse ahora con grandes vidrieras.

La llegada del acero a finales del XIX, y del hormigón armado a principios del XX, terminó definitivamente por liberar a la fachada de su dependencia estructural. Los arquitectos del Movimiento Moderno exploraron las posibilidades de una fachada libre, popularizando la ventana corrida y los huecos horizontales en lugar de los tradicionales verticales, utilizándolos tanto por adecuarse mejor a la visión de las personas como para evidenciar su independencia de la estructura Fachadas para casas modernas

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