Ojo por ojo, diente por diente

Relato medio ficticio, medio real de unos chavales que tirotearon a sus compañeros en la universidad. Algo crudo y macabro, pero también, como contrapunto, la visión imaginativa del individuo ante la sociedad.

Daniel Matas Clavero
Daniel Matas Clavero

1 de junio · 2749 palabras

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Ojo por ojo, diente por diente - Poesía y Relatos

El artículo narra la historia de Jonny, un joven que se siente marginado en un mundo donde la belleza y la hipocresía son valores en alza, y donde él no parece encontrar su lugar.

Sus padres lo critican y humillan, y los compañeros de clase lo acosan y ridiculizan, incluso el jefe de la selección de rugby del instituto lo persigue para hostiarlo.

Jonny busca refugio en el container de la basura y sueña con pasar lo más inapercibido posible, pero ni siquiera sus profesores le brindan aliento o le reconocen algún talento especial.

La mañana en que transcurre la historia, Jonny despierta en el acantilado, apesadumbrado y fumando su último cigarrillo, pero algo ha cambiado en su mirada y en sus pensamientos, quizás porque ha descubierto un olor embriagador en la hierba, un aroma intenso que lo lleva a pronunciar la siguiente frase: -Mierda, mierda, ha de ser hoy.

Y aunque no sabemos qué sucederá al final del relato, podemos imaginar que Jonny ha decidido dejar atrás su condición de paria para hacer algo, como si hubiera descubierto que en la firmeza de la decisión se encuentra la salvación.

La mañana era fría y oscura, tan penetrante como un cuchillo sin dueño. En el acantilado los primeros rayos de luz quemaban la decepcionante hierba húmeda. Jonny no había ido a dormir a su casa y realmente le importaba una polla lo que pensarían sus padres sobre ello. Todos los días eran las mismas mierdas, los mismos gritos, las mismas humillaciones en la escuela, las mismas caras que componían su particular galería de arte. Jonny miró hacia el sol y tuvo que apartar la vista al notar como hasta aquel hermoso astro se burlaba de él. Apretó con sus manos un manojo de hierba y aspiró fuertemente su olor.
-Mierda, mierda, ha de ser hoy. Gritó su alma enjaulada.
Se levantó y encendió su último cigarrillo. Engulló como un enfermo una bocanada letal de aquel cáncer legal y, sin parar de maldecir, se encaminó hacia la casa de sus padres.
Jonny no era un chico excepcional, nada sobresalía de él. Era bajo, moreno de piel aunque no negro, de pelo rizado desdeñoso y, como única marca de identidad, llevaba en su cara unas gafas de culo de vaso. Jonny no solía sacar buenas notas en el colegio, ni se sabía de ninguna chica que lo hubiese rondado. Jonny era un paria en un mundo donde la belleza y la hipocresía son signos de admiración. Sus compañeros solían gastarle bromas pesadas, o lo ridiculizaban delante de las chicas solo para joderlo. Mark, el jefe de la selección de rugby del instituto, solía mofarse de él cuando no lo estaba persiguiendo con James y Marlon para hostiarlo. ¿Cuántas veces tuvo Jonny que buscar refugio en el contenedor de la basura para poder huir de ellos?
Sus profesores lo tenían por un inútil sin sesera, uno de tantos que sólo van a la escuela a calentar la silla y que pasan su vida sin glorias ni alabanzas. Las mofas de sus tutores en clase eran de un gran desconcierto para Jonny, que lo único que quería era pasar lo más inadvertido posible. Sus padres tampoco eran la excepción al desconsolante mar donde habitaba Jonny. Su padre, un predicador borracho, dirigía grandes blasfemias a su hijo:
¡Eres un desgraciado hijo de Satanás, maldito hijo de puta, así te pudras en el infierno!
Su madre, atemorizada por las múltiples palizas que le daba su marido, yacía callada ante aquel terrible escenario.
-¡Joderos todos, hoy será vuestro día! Maldecía Jonny mientras bajaba la colina que llevaba a su casa.
Jonny había nacido en un barrio más bien pobre de Minnesota, donde la gente que no se espabilaba en la calle simplemente era devorada como carroña. Tampoco su infancia fue demasiado feliz. Con un padre que era guía espiritual de su comunidad, Jonny tenía siempre que asistir a las prédicas de su tutor en la iglesia. Pero, una vez traspasado el umbral de su casa, el padre Benson solía recurrir al alcohol por miedo a caer en el pecado. Cuando su estado de embriaguez era tan alto que no podía controlar sus impulsos, solía pagar su borrachera con la mujer que le hizo pecar y tener la abominación de su descendencia. La infancia de Jonny era como un prisma que cambiaba de color pero cada vez con menos luz. Sus amigos de niñez fueron dejando de lado aquel crío que era continua diana de escarnios hasta dejarlo solo ante esa sociedad imperfecta. En su soledad Jonny consiguió la tranquilidad y el deseo de ser alguien.
Ya observaba la puerta de su casa, toda carcomida. El porche que alguna vez fue ostentoso y radiante ahora era pasto de todas las variedades de insectos devoradores de la madera. La pintura maltrecha de la casa se caía con pesado aburrimiento y las ventanas, con sus enormes mosquiteras, eran pasto de unos agujeros propios de la elaboración de un topo. Entró con sigilo en casa, aunque no pudo evitar que su madre lo viese:
-Jonny cariño, ¿dónde has estado?
-Vete a la mierda, mala zorra, y déjame en paz. Le cortó Jonny ante el asombro de su madre.
Se encaminó hacia su habitación y cerró con llave. Se empezaron a sentir golpes en la puerta mientras una cansina sonata retumbaba por el pasillo:
-¿Jonny, qué te pasa? ¿Estás bien, hijo?
-Que te mueras. Volvió a contestar él desde su interior.
De golpe, los linchamientos a la puerta habían cesado y ello sólo podía ser debido a que su padre había llegado de la iglesia.
Unas concretas pero decididas pisadas se dirigían desde el vestíbulo hacia el piso superior.
-¡Maldito hijo de puta, abre esta jodida puerta!
Jonny hizo caso omiso a las indicaciones de su padre, mas se acercó al armario y lo abrió. De su interior sacó un enorme cuchillo de caza que había comprado por correo y lo desenfundó. Miró con alucinante embriaguez el reflejo de su rostro en él y apartó apresuradamente la cara. Por aquel entonces los gritos y golpes en la puerta se habían transformado en patadas que pronosticaban la poca resistencia que opondría la puerta al predicador. Jonny se estremeció; sabía que si su padre entraba acabaría con él. En un momento en que los golpes eran más fuertes y las sacudidas de la desesperada puerta por no dejar entrar a nadie a su interior pronosticaban lo peor, Jonny abrió la puerta de golpe.
El cuerpo grande de su padre apareció de repente como por arte de magia. Jonny, sin pensárselo dos veces, se abalanzó sobre él. En el primer intento Jonny no llegó a acertar sobre su enemigo y este, en un momento de cruda lucidez, consiguió apartarlo de un manotazo.
-Maldito mocoso de mierda, así que quieres guerra. Vociferó la voz del predicador.
Jonny solo le miraba, le temía, pero por primera vez sabía que aquello iba en serio. Su padre se aupó de un golpe e intentó arremeter contra el endeble cuerpo del crío. Este se movió rápido y pudo esquivar a su padre, mientras le asestaba una puñalada en toda la espalda. Es entonces cuando la boca del reverendo empezó a emitir unos indescifrables sonidos de dolor. El cuchillo, empapado en sangre, aún estaba clavado en la espalda de su padre, dejando a Jonny sin defensa si el reverendo volvía a la carga. Jonny arremetió contra él con la pantalla del ordenador y vio como en cámara lenta unos dientes empezaban a emprender el vuelo al espacio infinito. Un borbotón de sangre ensució la pared y la moqueta del suelo. Jonny se empalmó ante lo que resultaba una orgía de dolor y sufrimiento.
-Ya no eres tan bocazas, papá. ¿Dónde cojones está tu puto dios?
-Eres el diablo, te condeno, maldito engendro. Le replicó el reverendo.
Jonny, ahora confiado en sí mismo, arrancó de un tirón el cuchillo de la espalda de su padre y le asestó varias puñaladas hasta que el cuerpo quedó inerte en un charco de sangre. Al virar la cabeza vio como su madre había sido testigo de aquel crimen. Le sonrió y, con voz sarcástica, le dijo:
Corre ovejita, que hoy es el día de la matanza.
Su madre salió como alma que persigue el diablo, pero al doblar por la escalera se torció el pie y cayó al suelo. Es entonces cuando Jonny la agarró por el pelo y la estiró hacia atrás.
-¿Jonny, qué vas a hacer? Le preguntó una atemorizada mujer que había llegado a mearse encima.
-¿Dónde estabas, mamá, cuando tu santo marido me visitaba por las noches con su aliento acre?
-Jonny, lo siento, le tenía miehhhhgggggggggg.
No pudo disculparse; el afilado cuchillo de caza desgarró la garganta de la mujer mientras se ahogaba en su propia sangre.
-Misión cumplida. Se enorgulleció Jonny de su acto dantesco.
Bajó lentamente las pocas escaleras que lo separaban de la entrada y se encaminó a la cocina. Se sirvió un vaso de whisky. Era la primera vez que tomaba alcohol y le quemó las entrañas, pero al rato le cogió el gusto y se tomó otra.
Cuando llevaba ya media botella la dejó descansar un rato y se fue al despacho de su padre. Al entrar aún pudo oler el despreciable olor de su padre. Se acercó a un mueble y rompió la cristalera, sustrayendo de él un subfusil de asalto. Volvió a sentir la embriaguez y el poder que tenían aquellos objetos que la sociedad le ponía en sus manos. Rió con sarcástica ironía al pensar que aquella sociedad que se había burlado de él desde su niñez ahora pagaría todas sus ofensas con las armas que le ponían en la mano. Recogió la mochila de la escuela e introdujo en su interior la pistola y el subfusil de su padre. Salió de casa saludando a todos los vecinos, una cosa que jamás había hecho en su vida, pero ese día era distinto; se sentía feliz. Andando tranquilamente se fue al instituto. Aquel día llegaba tarde, pero qué cojones le importaba a él llegar tarde, era su último día en aquel nefasto lugar. Entró en el instituto saludando al conserje y se fue a su clase. Irrumpió en ella sin llamar y se plantó ante toda la clase con una pose de poder.
-Jonny, aparte de ser un retrasado, llegas tarde a clase. Le dijo el profesor Eric.
Él no contestó, sólo lo miró con ignorancia, esa ignorancia que había sentido siempre hacia él. Sus compañeros no entendían lo que sucedía, pero eso sólo duraría unos segundos más. Introdujo su mano dentro de la mochila y sacó la pistola. Las caras se descompusieron, algunos gritaron, otros corrieron hacia la puerta en un intento de escapar, pero Jonny se interpuso entre ellos.
-¿Jonny, qué vas a hacer? Fueron las últimas palabras que el profesor Eric pudo decirle.
Jonny le disparó directamente en la cabeza mientras veía brotar de lo que antes había sido una cabeza trozos de carne. El profesor cayó pesadamente en el suelo, los demás alumnos gritaron de terror mientras él reía con la mandíbula desencajada. Siguió disparando a doquier, los cuerpos caían muertos o heridos, los demás intentaban huir como podían por la puerta o las ventanas. Al final se le acabó la munición de la pistola y los muchachos que aún quedaban en la clase intentaron reducirlo. Él sacó de la funda el cuchillo de caza y se lo asestó al primero que vino en la cabeza. La sangre le manchó la cara y, al notar aquel líquido caliente, se pasó la lengua por la comisura de la boca. En los pasillos la gente corría sin saber muy bien dónde ir; el griterío era inmenso y alarmando a las otras clases. En la clase sólo quedaban dos personas arrinconadas en la pared, mientras en el suelo los que no yacían muertos se retorcían de dolor por las heridas. Jonny los miró y les dijo:
-Largaros de aquí.
Salieron apresuradamente entre sus compañeros derrotados y ante la mirada satisfecha de Jonny.
Sustrajo de la mochila el subfusil y salió al pasillo. La gente al verlo gritaba, corría o simplemente se quedaba petrificada ante su presencia. Él se sentía satisfecho; tenía el poder de la vida en sus manos y eso le hacía tan grande como Dios. Empezó el destello de luces, mientras los cuerpos caían muertos o heridos al suelo. Él siguió pasillo abajo hasta llegar a una doble puerta y salió al gimnasio. Allí aún no se habían percatado de lo que pasaba y Jonny sabía que por la hora que era allí encontraría a Mark, James y Marlon. De golpe las actividades se detuvieron en el gimnasio y la gente miró con incredulidad aquella figura siniestra.
-Os largáis de aquí o vais a morir todos. Les dijo.
Todos hicieron caso a la advertencia, incluidos Mark, James y Marlon.
-No, no jodidos hijos de puta, vosotros os quedáis. Les dijo a Mark y su pandilla.
Se detuvieron de golpe sin saber qué decir. Sus corazones latían con frenesí, sus caras mostraban el miedo y el terror a lo que iba a suceder.
-Ya no sois tan gallitos. Se mofó Jonny.
Mark fue el primero a hablar:
-Jonny, chaval, sólo bromeábamos contigo.
-Tú te callas, subnormal, o eres el primero en caer.
Mark cayó de golpe y tragó una saliva espesa que se le atascó en la garganta.
-No sois los chulitos del equipo, los más fuertes y los que más rápido corréis. ¡Corred si queréis vivir!
Los tres se quedaron quietos, pero al ver que Jonny disparaba al techo se pusieron a correr como locos. Jonny apuntó y disparó. El primero en caer fue James, con un tiro en la sien. Los demás no podían dar crédito pero no se detuvieron.
Jonny volvió a apuntar y ahora fue Marlon el que cayó fulminado por la mano de Dios. Mark se detuvo, con los ojos cristalinos y los pantalones mojados.
-¡Jonny, por Dios, no me mates!
Jonny se le acercó y le dijo:
-De rodillas, maldito hijo de puta.
Mark no se lo pensó y obedeció a Jonny. Él, con paso descansado, se acercó y le puso el subfusil en la cabeza.
-¿Ya no te ríes? Le dijo.
-Jonny, por favor, no me mates.
-Suplícame, cabrón, suplícame por tu vida, hijo de puta. Le contestó.
Mark no supo qué decir y eso fue su muerte. Jonny le disparó en la cabeza mientras el cuerpo caía al suelo.
-Uno de menos, vamos a por más. Se dijo así mismo Jonny.
Para ese momento ya la policía estaba en camino y, aunque Jonny no lo supiera, podía imaginarse que la habrían avisado. Salió nuevamente al pasillo y caminó por él hasta llegar a un aula. Miró a su interior y vio que no había nadie en ella. Continuó pasillo adelante hasta la próxima aula, miró y sonrió. Allí agazapada estaba Pam, la chica más guapa del instituto.
Entró y se dirigió hacia ella:
-Hola Pam, ¿cómo estás? Le dijo.
La chica, asustada, no daba crédito a lo que acababa de oír. El miedo y el asco que reflejaban los ojos de la chiquilla encendieron la rabia de Jonny.
-¿Qué cojones te pasa, trozo de puta, no soy lo suficientemente bueno para ti, zorra? Le gritó.
La chica no pudo contestar; sólo lloraba y un amargo sonido salía de su garganta.
-¡Acércate, putita, anda, ven aquí, puta!
La chica no quiso molestarle y se acercó de rodillas hacia Jonny.
-No me hagas daño, yo no te he hecho nunca nada. Le suplicó esta.
-Maldita puta, nunca me has hecho nada, por eso ahora lo vas a hacer. Le contestó.
Se bajó la cremallera del pantalón y se sacó la polla ya erguida por la situación.
-¡Chúpamela, zorra!
La chica, entre sollozos, se negó con la cabeza; entonces él la golpeó fuertemente en la cabeza y le hizo brotar sangre.
-¡Que me la chupes, hija de puta, te he dicho!
Pam acercó sus jóvenes labios al miembro de Jonny y empezó a succionar. Aquello le resultó maravilloso a Jonny, jamás había estado con una mujer y era como una primera cita. La chica se atragantaba, paraba, volvía a empezar, todo ello entre sollozos.
-Así, zorrita, dale.
La chica recibió el esperma de Jonny en su cara como si una vela hubiese vertido su cera sobre ella. Jonny se retorció de placer, un placer que nunca había experimentado, un placer único y reconfortante. Sin duda ese era el mejor día de su vida; había dado rienda suelta a su odio y rencor.
-¿Te ha gustado? Le preguntó.
La chica no podía responder, estaba desconsolada, humillada y derrotada.
-¡Te he preguntado, maldita imbécil!
Ella seguía sin poder hablar por el miedo. Sin medir más palabra, Jonny descargó su arsenal sobre ella. Allí acabó su primera cita. Él la miró y sintió pena por ella, su primera amante, su primera chica estaba muerta y él la había matado. La pena le duró sólo unos segundos pues el sonido de pasos y sirenas irrumpieron por los pasillos. Jonny sabía que había llegado el último acto de su representación. No le quedaba munición, ni ganas de seguir luchando contra la sociedad, pero no quería acabar muerto como un cobarde y es entonces cuando lo decidió. Salió al pasillo con el subfusil apuntando, pero pronto pudo notar cómo su cuerpo era atravesado por las poéticas balas del odio. Cayó al suelo en un charco de sangre, pudo divisar en la lejanía unos hombres con trajes azules que vociferaban palabras inconexas. Intentó levantarse de nuevo, pero fue abatido nuevamente por un aluvión de balas. Su cuerpo se retorció hacia atrás antes de caer de rodillas. Así acabó la vida de Jonny igual como empezó, en un mar maldito fomentado por unas reglas que él no comprendía. En vida fue un desgraciado, un apátrida, no era nada, pero murió como un héroe.

Daniel Matas Clavero

Sobre el autor

Daniel Matas Clavero

Llevo tiempo escribiendo ya que para mí es sin duda una de las expresiones más fabulosas que hay. Mi objetivo en la vida es ser escritor y hacía esa meta van dirigidas todas mis...

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