Idiotas útiles
En el tema de la contaminación ambiental, el papel que jugamos los fumadores es el de chivos expiatorios. Se nos ha señalado, criticado, discriminado y separado de los demás, siendo el eslabón más ínfimo en la larga cadena de destructores del ambiente.
13 de mayo · 1006 palabras
En este artículo, el autor habla sobre la hipocresía del gobierno para culpar a los fumadores como la causa de los problemas ambientales cuando hay muchas otras industrias igualmente perjudiciales.
El autor menciona que los no fumadores que aceptan esta idea son "idiotas útiles" y que el gobierno solo está tratando de distraer a la ciudadanía con apariencias.
El autor también discute el hecho de que las ciudades como Medellín están altamente contaminadas por la emisión de monóxido de carbono y sustancias químicas nocivas. El río Medellín ha sido afectado por la industria de la locería en el municipio de Sabaneta.
El autor concluye que el gobierno no le importa realmente la salud de los individuos, y simplemente está tratando de culpar a un grupo específico para alejar la atención de las verdaderas causas de los problemas ambientales.
Cada vez que enciendo un cigarrillo en la calle varios pares de ojos punitivos me quieren fulminar con la mirada. Sólo gracias al azar continuo indemne. El Estado, fiel a su rol de disfrazar la verdad, de repente me convirtió en amenaza pública. Ahora resulta que los adictos al tabaco (chivos expiatorios) somos los causantes directos de las desgracias ambientales que afectan al planeta. Entre tanto, los no fumadores, dóciles a la manipulación mediática como agente distractor de la realidad, de un momento a otro adquirieron la función de idiotas útiles al aceptar el oficio (ad honorem) de gendarmes galácticos, dispuestos a condenar a todo aquel que debido a la producción del tabaco, otrora monopolio industrial del Estado, haya tenido la desventura de ser una víctima más en el mega mercado de consumo: el cigarrillo, en este caso específico. Hubiese podido ser el alcohol, el café, la fluoxetina o la Coca-Cola. En realidad, al Estado le importa un bledo la salud de los individuos, lo que intenta es desviar la atención de la ciudadanía hacia el reino de las apariencias, su ardid habitual.
Al salir de casa, una espesa capa de humo tóxico emanado de los tubos de escape de carros, motos, buses, microbuses y camiones impregna mi piel de monóxido de carbono. Los pulmones, ya enfermos por obra de la nicotina, absorben un aire enrarecido que no alcanza para regenerar la sangre de mi cuerpo. Valga anotar que Medellín es una de las ciudades más contaminadas del mundo. Además de los gases mortíferos de los vehículos (en el año 2003 había 605.4 millones de automóviles y 200 millones de motocicletas en el mundo), negruzcas chimeneas diseminadas a través de la ciudad expelen vapores venenosos desde el amanecer. En tanto, toneladas de químicos industriales se vierten en las aguas limpias de los manantiales. En el caso propio del Río Medellín, sucede que a la altura del municipio de Sabaneta el agua ya está muerta por falta de oxígeno, puesto que la industria de la locería, entre otras, ha derramado inmisericordemente sustancias nocivas en el preciado elemento. Y… ¿Quién les obliga a parar? Aún si fuesen conminados para que cesen el desafuero ambiental, el problema seguirá siendo exactamente el mismo, dado que prevalecen poderosos intereses particulares: “todo está en manos del poseedor en el mundo visible, sujeto a la ley de la indiferencia. Quien detenta los tesoros del mundo es el amo, cualquiera que sea la manera como los haya obtenido.”
La contaminación generada por el hombre: frigoríficos, mataderos, curtimbres, actividad minera y petrolera, envolturas, empaques, agroquímicos, envases, pañales, restos de jardinería y gases de combustión de vehículos, es sin duda factor determinante de la degradación ambiental. Se da el nombre de contaminación ambiental a la presencia de cualquier agente físico, químico o biológico en lugares, formas y concentraciones que puedan ser nocivos para la vida en general. Entonces, ¿por qué los esbirros del Estado comisionados subliminalmente para “exterminar” a los débiles fumadores, no atacan con igual sevicia a los gobiernos promotores de las letales plantas nucleares (hay más de 250 reactores nucleares en todo el mundo), con cuyo producto, la radiactividad, han herido de muerte a la tierra y a todos los seres que padecen sus mortales efectos (náuseas, vómitos, convulsiones, delirios, dolores de cabeza, diarrea, pérdida de pelo y dentadura, reducción de glóbulos rojos y blancos, daño al conducto gastrointestinal, pérdida de la mucosa intestinal, hemorragias, esterilidad, infecciones bacterianas, cáncer, leucemia, daños genéticos, mutaciones genéticas, daño al sistema nervioso y cerebral, niños anormales y cambio de color de pelo a gris). Basta recordar las recientes catástrofes nucleares de Chernóbil, en Rusia y Miyagi, en Japón. También traigo a colación el permanente derrame de hidrocarburos en los océanos (287 mil toneladas en el Mar Caribe, 530 mil toneladas en el Golfo de México, 1 millón y medio de toneladas en el Golfo Pérsico), los cuales han devastado la fauna marina poniendo en riesgo de extinción a cientos de especies.
Hablemos ahora del ganado vacuno, inocuo en apariencia. Pues bien, de acuerdo a estudios científicos, a causa de los componentes de su alimentación cada res arroja al eructar un promedio de 500 litros de metano a la atmósfera, contribuyendo con ello al menoscabo de la capa de ozono (el agujero ya cubre 23 millones de Km2), con las consecuencias que se desprenden del hecho (cáncer de piel producido por efectos nocivos de los rayos ultravioleta del sol).
Cuando apenas contaba 13 años de edad, veía a mi padre con el cigarrillo en la mano exhalando humo por boca y nariz. Este acto me impresionaba gratamente. Ocurría lo mismo al observar a mi abuelo disfrutando un enorme tabaco. Luego, en la televisión exhibían varias veces al día el comercial de Marlboro, en el cual un agreste vaquero aspiraba el humo del cigarrillo con deleite mientras oteaba el horizonte sobre su caballo. Entonces quise imitar a los adultos para infundir más respeto ante los demás. Llevo más de medio siglo atado a este vicio infame que físicamente corroe mi salud. En más de una ocasión he intentado dejarlo pero la adicción me somete una y otra vez. Soy consciente del daño que representa para mí; no obstante, creo que por sí solo el humo del cigarrillo no es tan lesivo para quienes no lo aspiran, dado que es el consumo directo de nicotina lo que en realidad perjudica al organismo.
Para terminar, sólo les pido a los que nos agreden que traten de comprender el dilema en el que nos encontramos las víctimas del tabaco: cada bocanada de humo representa una muerte cercana. Apelo al buen juicio de la mayoría de ustedes para que en lugar de combatir molinos de viento, hagamos frente común para expulsar de la faz de la tierra a todas aquellas industrias antiecológicas, incluidas las tabacaleras.
Fernando Betancourt Sarmiento
Sobre el autor
FERNANDO BETANCOURT SARMIENTOEgresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Antioquia (Colombia)FUNDADOR DE LAS REVISTAS LITERARIAS "Maya", "Oropel" y "Umbral...
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