Rosa prohibida

Con frecuencia nos empeñamos en mirar las rosas y ver solamente aquello que nuestros ojos quieren ver, eligiéndolas desde arriba o desde abajo, pero nunca de frente. ¿Por qué se nos nubla la objetividad?

Maria Canovas
Maria Canovas

16 de junio · 479 palabras

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Rosa prohibida - Poesía y Relatos

El artículo reflexiona sobre cómo solemos juzgar a las personas por su apariencia inicial, sin mirar más allá. Esta metáfora se compara con una flor, donde nos dejamos llevar por la belleza de los pétalos, sin aceptar la presencia de las espinas.

De la misma manera, nos acercamos a esa persona que emana un "aroma seductor", ignorando las advertencias de la realidad. El artículo sugiere que podemos perder la oportunidad de conocer a personas maravillosas si solo juzgamos superficialmente.

También se advierte que debemos ser cautos al juzgar a otros desde la perspectiva opuesta, ya que podemos perder la oportunidad de conocer a alguien valioso.

En conclusión, el artículo invita a alejarnos de las personas que solo ofrecen apariencias y buscar a aquellos que realmente nos ofrecen su esencia, y para ello, debemos ser conscientes de las espinas que pueden surgir en el camino.

Solemos juzgar a las personas observando los pétalos, lo exótico, el brillo, los colores, lo hermoso de la flor... Sabemos perfectamente que debajo están las espinas y que van inseparablemente unidos a lo anterior. Pero lo obviamos.

Nos dejamos llevar, permitiéndonos a nosotros mismos, una vez más, el lujo de que el resplandor de los pétalos oculte los pinchos. No lo vemos, o más bien, simplemente… No lo queremos ver. Nos esforzamos en acallar esa voz que no nos interesa oír.

Porque algo nos dice que no debemos. En el fondo, sabemos que esa persona no es para nosotros, sabemos lo que hay detrás de ese efímero encanto, y que no será otra cosa más que los punzones sobre los que todo el mundo nos advierte, preveniéndonos con dosis de realidad... pero que somos reacios a apreciar.

Y ello, porque para nosotros las espinas se ocultan tras ese cautivador aroma… aroma seductor como él solo, y viejo conocido ya, vencedor absoluto en todas las batallas libradas contra la sensatez, y sustituto perfecto de cualquier aviso que nos contraríe.

Quizás sencillamente aceptamos que la herida llegará y que nos pasarán facturas esos indicios acallados… Pero aun así arriesgamos, porque el que no apuesta no gana, ¿no, señores?

A la inversa, pero siguiendo el mismo patrón, también pecamos de considerar, valorar a otras personas, desde la perspectiva opuesta. En esta ocasión, esas primeras espinas, mucho más débiles y erosionadas que nos encontramos, nos impiden alcanzar lo que hay en el fondo. Un fondo mucho más noble y valioso que cualquier otro destello pasajero... Pero cuyas espinas, si bien no dañarán, nos disuaden ni siquiera de intentarlo.

Quien tenga el don de alejar al fantasma de moto reluciente y sonrisa perfecta, ese embaucador atractivo y deslumbrante, que como si se tratara de un imán te atrapa, pero al mismo tiempo te repele... Fantasma con apariencia de hoja perenne;

Espantarlo a este, eligiendo en su lugar a aquel que realmente conservará su esencia, quien ostente este don, que explique el camino a seguir, porque creo que ni soy, ni seré la última en elegir la rosa menos adecuada del jardín.

Si bien, acostumbramos a quejarnos y martirizamos... Pero ya lo sabíamos, y con antelación. Nunca nos fue un secreto el tallo de espinas al que nos enfrentábamos, y como una y otra vez nos dicen y repiten, intentamos convencernos y no volver a ese seductor abismo…

Pero, ¿qué sería de nosotros sin esa flor de sabor amargo?

Intentaré, la próxima vez que cuide los rosales, escoger una flor menos tortuosa… por muy dulce que pudiera resultarme esa tortura... pero no prometo nada… puesto que frente a esos desafortunados reveses de la pasión, “después de todo, mañana será otro día.”

Maria Canovas

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