Nos gusta la izquierda, nos gusta sufrir
Tal parece que los latinoamericanos nos hemos enamorado perdidamente del sufrimiento. O, por lo menos, somos una cultura a la que le hace falta más de un tropiezo para aprender de los errores. De otra forma no me explico el gusto por los líderes gritones, corruptos y estúpidos.
17 de enero · 686 palabras
El artículo habla sobre la falta de entendimiento sobre el papel de la libertad en la vida de las personas, especialmente en países con gobiernos socialistas.
A menudo, los líderes utilizan discursos improvisados y agresivos, pero al final dejan a sus ciudadanos en la pobreza y destruyen la democracia. La libertad no puede ser concedida por un líder autoritario, debe ser alcanzada y protegida por cada individuo en su vida cotidiana.
La cultura latinoamericana está obsesionada con la figura del líder y espera que sea él quien controle la economía y la vida pública. Este enfoque es erróneo y deberíamos apoyar a hombres y mujeres libres que trabajan y respetan la libertad individual.
Debemos aprender a valorar las leyes y la calidad de vida, y no depender de los discursos inflamatorios de los líderes para satisfacer nuestras necesidades. La ignorancia es la raíz del problema y debemos trabajar para educarnos y tomar decisiones más informadas.
Ya van varias generaciones que se han entusiasmado más de una vez con discursos improvisados, nacionalistas, agresivos y, desde luego, socialistas, para después dejarlas en la más completa miseria, porque al caudillo en turno se le ocurrió espantar a los inversionistas, destruir las instituciones y acuchillar la naciente democracia que, todavía por estas tierras, no se ha quitado los pañales.
Aún son muy pocos los que han hecho la tarea de aprender que la libertad no está en las manos de un mesías revolucionario, sino que a cada quien le toca labrársela día con día. La libertad y una mejor calidad de vida no nos la dará un Estado empresario y todopoderoso que disponga lo que debe hacer cada quien; lo harán los hombres y las mujeres libres que trabajan y dejan trabajar, que viven y dejan vivir, que respetan y luchan por ser respetados.
Pero, lejos de aprender lecciones tan elementales y afines a la naturaleza del hombre, anhelamos siempre que un líder ambicioso venga y haga su santa voluntad con las instituciones, la economía y la vida de sus compatriotas. No nos gustan las leyes ni saber que existen; nos conformamos con discursos, pero los discursos, visto está, no quitan el hambre.
En lugar de mejorar, vamos de mal en peor. Antes, los líderes izquierdistas solían ser, cuando menos, buenos oradores, agresivos en sus discursos contra las libertades, pero carismáticos incluso para sus críticos. Incluso eso se ha perdido. Chávez es el venezolano más feo por decisión inapelable de la naturaleza, pero es también el más ridículo del mundo por elección propia. Lejos de lo que dice, que son desde luego estupideces, su voz es tan abominable que cuesta trabajo oírlo un minuto. Sin embargo, el tipo es adicto a abrir la boca con aterradora frecuencia.
Somos la cultura del odio a los Estados Unidos y lo que representa, que es, en una sola palabra, la libertad de cada individuo. Y también somos la cultura de la admiración a lo que representa Cuba, que es una prisión que no necesita rejas porque hay mar por todos lados.
La ignorancia, creen muchos, es la causa de nuestra equivocación. Pero no podemos negar que, en parte, la necedad es la culpable, porque muchos se niegan a entender y a aceptar las evidentes pruebas. Si los Estados Unidos son el mal en toda la extensión de la palabra, ¿por qué millones de latinos quieren ir a ese país incluso poniendo la vida en juego? Y si Cuba es la isla de la libertad, ¿por qué las balsas solo vienen de allá para acá y no en sentido contrario?
Hay quien tiene la esperanza de que con el tiempo y los sinsabores que nos dejan los caudillos idiotas que abundan por ahí, la mentalidad del latinoamericano se haga razonable y seamos en adelante leales seguidores de la democracia, el Estado de Derecho, el libre comercio y la libertad individual para que cada quien se dedique a lo que dé la gana.
No ha habido oportunidad de poner a prueba esa capacidad que tal vez tengamos y nos salve, porque cuando un líder de izquierda deja en la ruina a un país, los seguidores de ese líder no permiten al siguiente derechista que trata de enderezar todo; provocan que la población lo odie y pida a gritos a un nuevo caudillo.
Tal vez sea por eso que muchos ignoran de qué lado está el progreso. Tal vez. Pero ahora la oportunidad de experimentar ese cambio en la mentalidad de nuestra cultura se ve venir en la mayor isla del Caribe.
Si, después de la muerte de los hermanos Castro y de la restauración de las libertades en Cuba, los cubanos vuelven a probar suerte con un caudillo marxista, será esa la más grande prueba de que nuestra cultura nunca cambiará. Ese gran examen, al parecer, no está lejos.
Adán J. Loredo
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