Las clases sociales son una necesidad más que un mal
Suena muy bonito eso de que todos deberíamos ser iguales, con una repartición equitativa de los bienes con que cuentan las naciones. Que la educación sea igual para todos, que se elimine la pobreza y que, sobre todo, nadie explote a nadie.
21 de diciembre · 859 palabras
El artículo argumenta que la igualdad en términos económicos no puede existir debido a que los seres humanos son diferentes en términos de esfuerzo y valor.
El autor sugiere que la única igualdad posible es la igualdad ante la ley, y que partir de ahí se pueden lograr grandes cosas y aclarar confusiones históricas.
Sin embargo, la desigualdad económica tiene consecuencias negativas, especialmente la explotación de personas que no tienen las mismas oportunidades y derechos que otras.
A pesar de esto, se ha generado una cultura en la que se odia a los ricos y se piensa que no han trabajado lo suficiente para merecer su éxito, lo cual no siempre es cierto. Además, el autor destaca que dejar un sustento a los hijos es el sueño de casi todos los hombres.
En resumen, aunque la igualdad económica no es posible debido a las diferencias en esfuerzo y valor humano, la igualdad ante la ley es crucial para una sociedad justa y próspera.
Sin embargo, la realidad necesariamente tiene que ser otra. La única igualdad a la que todos podemos aspirar, y por la cual debemos luchar, es ante la ley. Partiendo de ahí, se pueden lograr grandes cosas y, lo más importante, aclarar confusiones históricas.
En el aspecto económico no puede haber igualdad porque, sencillamente, los seres humanos no somos iguales. Existen hombres que, gracias a una enorme suma de esfuerzos y a un valor extraordinario, logran acumular experiencia y conocimientos que los ponen por encima del resto de la población. También existen otros que son la pereza y el despropósito personificados.
No puede ser igual el hombre que se levanta a las diez de la mañana que el que lo hace cinco horas antes. Tampoco quien estudia la mayor parte de la noche puede ser comparado con el que se la pasa dormido o se va de fiesta. Aquel que, en su tiempo libre, toma cursos de diversas materias, haciendo sacrificios económicos, no podemos compararlo con quien usa su tiempo libre para pasarse el día acostado en la sala viendo televisión.
Hay quien nace con la idea de ser exitoso en la vida, y quien no tiene ambiciones más que la de un empleo fijo que le ayude a irla pasando. Hay también quien ambiciona pero no arriesga, y quien se juega el todo por el todo en una partida. Con una diferencia tan radical en los hombres, es imposible evitar la existencia de reyes y peones. Los males que de ello se derivan se deben, en gran medida, a la corrupción. Muchas personas son explotadas porque las leyes que les garantizan sus derechos como trabajadores no se aplican o ni siquiera existen.
Pero se ha generado una cultura en la que toda persona, honesta o no, de clase media y, sobre todo, baja, tiene que odiar con todas sus fuerzas al rico que se hospeda en los mejores hoteles y va a vacacionar en cualquier parte del mundo. Al que ha usado toda su vida la fuerza pero jamás la inteligencia le da por tacharlo de “heredero que nunca en su vida ha trabajado”. Pero, sin duda, dejarles un sustento a los hijos es el sueño de casi todo hombre.
Puede ser que el beneficiado por una herencia sea una persona miserable, ruin, perezosa, o todo lo contrario, pero eso no importa, porque quien le dejó la herencia sin duda trabajó para él y para sus hijos, y tiene todo el derecho de dejarla a quien le plazca.
El niño que va a un costoso colegio bien puede verse como el reflejo de un padre que no conoció el descanso, que luchó toda su juventud por prepararse, por superarse y, gracias a eso, pudo hacerse de un buen capital. Y, por el contrario, el niño que va con hambre por ahí bien puede decir que su padre no trabaja porque no le gusta y que el poco capital que consigue lo usa para emborracharse.
Aunque para la mayoría de las personas la situación tiene que ser siempre diferente: el que posee algo es porque explota y el pobre es por fuerza explotado. Lo cierto es que muchas personas trabajan donde les conviene, y también que muchas leyes en beneficio del obrero son la ruina de cualquier empresario honesto. No podemos olvidar que, gracias a los emprendedores, millones de seres humanos no se mueren de hambre. El que no tiene miedo de arriesgarse, el que no se enamoró de la pereza, provee trabajo a millones de personas típicas, adictas a los vicios, a los prejuicios y a la ignorancia.
Si las leyes funcionaran y se dejara trabajar al emprendedor y al resignado en lo que mejor les convenga, las cosas en el mundo podrían estar medianamente bien. Porque del todo bien jamás lo estarán: la receta de Stalin para remediar los males se cargó la vida de no pocos millones de personas. Sus seguidores, que aún existen por todas partes, no comprenden que el mundo es imperfecto porque funciona a imagen y semejanza del hombre. La mayoría de las personas hacen el mal que está en sus manos hacer. Si el pobre o indefenso tuviera con qué sobornar a la autoridad, con qué destruir a todo el que no le caiga bien, ¿quién nos asegura que no lo haría?
Las diferencias sociales llevan milenios existiendo, y desde luego han causado dolor y sufrimiento en cada uno de ellos. Hoy podemos alegrarnos de que las cosas están un poco diferentes de cómo estaban hace no mucho tiempo: la democracia y unas cuantas leyes sabias han hecho bastantes cosas buenas por la humanidad. Y todavía el sistema es mejorable en la medida en que se fomente la cultura y se luche contra la corrupción, pero llegar al límite de atar de manos a todo aquel que sueña con triunfar en la vida sería, sencillamente, un crimen contra la razón, la inteligencia y, sobre todo, contra la humanidad.
Adán J. Loredo
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