Buscando tesoros

El relato de una búsqueda de un tesoro escondido en el casco de una hacienda con más de 300 años de antigüedad. Existen muchos tesoros escondidos esperando que alguien los encuentre.

Juan Michelena
Juan Michelena

7 de marzo · 1752 palabras

Compartir: 𝕏 Twitter 📱 WhatsApp
Buscando tesoros - Historia

Este artículo habla sobre la búsqueda de un tesoro, ya sea en sentido metafórico o literal.

El autor cuenta su experiencia en una búsqueda de un tesoro literal en colaboración con un amigo abogado, el nuevo socio de su amigo y un campesino dueño de una antigua leyenda sobre un tesoro escondido en una hacienda abandonada.

A pesar de que la búsqueda de tesoros puede parecer utópica, en este caso se logró gracias a la existencia de una leyenda y la experiencia y tecnología del amigo abogado. El equipo decidió repartirse el tesoro en caso de ser encontrado y se dedicaron a la búsqueda.

Finalmente lograron encontraron el tesoro en una vieja caja fuerte en la hacienda abandonada. Este artículo muestra cómo, con la ayuda de tecnología, experiencia y trabajo en equipo, es posible encontrar tesoros en la vida real y no solo en sentido metafórico.

Cuando alguien escribe o habla de buscar un tesoro, puede estar hablando en cualquiera de estos dos sentidos:

El romántico, que habla en sentido metafórico, dando este valor a algún aspecto de su vida, y los otros, que hablamos de buscar un tesoro en sentido literal, lo cual puede leerse como algo totalmente utópico, pero que sin embargo goza de total factibilidad, aunque usted no lo crea.

Permítame platicarle que mi actividad profesional la desempeño muy estrechamente con un abogado litigante, sin que esto implique que su servidor se dedique a la carrera de leyes; sin embargo hago referencia a este aspecto debido a que representa el inicio de la parte central de este artículo, que pretende documentar la búsqueda literal de un tesoro.

Mi amigo abogado se asoció con otro abogado en una ciudad vecina para, juntos, colaborar en sociedad y atender casos en beneficio de ambas partes. El nuevo socio de mi amigo defendía a un campesino que había sido afectado laboralmente, lo que le permitió conocer a fondo la vida de esa persona que, recurriendo a la búsqueda de un tema de plática, hizo referencia a sus conocimientos sobre una antigua leyenda que hablaba de la existencia de un viejo tesoro escondido en el casco abandonado de una hacienda de su comunidad.

El nuevo socio de mi amigo, sin saber que su contraparte había invertido mucho dinero y tiempo en la búsqueda de tesoros, platicó lo que el campesino le había confiado; así que inmediatamente el destino colocó en la mesa las dos variables indispensables para desarrollar la búsqueda de un tesoro: a) la existencia de una leyenda que hablaba de la existencia de un tesoro oculto y b) la experiencia y la tecnología que tiene mi amigo, lo cual permitió que se iniciara en forma profesional la búsqueda de un tesoro.

Mi amigo abogado, su socio también abogado, el campesino poseedor de la leyenda y un servidor como agregado cultural, decidieron comenzar la búsqueda del tesoro, previo acuerdo de repartición en caso de que este fuera hallado.

Aquí les relato la experiencia de buscar y encontrar un tesoro que había estado oculto más de cien años.

Con la finalidad de mantener en confidencia los nombres y los lugares, para proteger a los involucrados de este hecho real, omitiré nombrar a las personas que participaron en dichos eventos, lo cual espero que no reste en ningún momento la credibilidad de lo aquí contado.

Un día miércoles, en que los abogados en conjunto tenían que reunirse en la comunidad del campesino para el desahogo de una prueba relacionada con el caso de este último, decidieron agendar la búsqueda del tesoro al terminar la diligencia citada.

Nos dispusimos a abordar el vehículo 4x4 repleto de detectores de tesoros, herramientas para cavar, chamarras, agua, máscaras antigás, cigarrillos, sombreros y todo aquello que mi amigo consideró oportuno para apoyar en la labor.

El campesino nos fue guiando por caminos de tierra, al parecer poco transitados por el mal estado en que se encontraban. Circulamos con dificultad por espacio de dos horas, mientras que el señor nos contaba con detalle el origen y los pormenores de la misteriosa anécdota que le habían contado sus abuelos sobre la existencia de un gran tesoro escondido en el casco de la hacienda.

Les tengo que confesar que, debido al reducido nivel cultural del campesino, a su limitado léxico y al lugar por donde viajábamos, me parecía inverosímil la historia que nos relataba y, más aún, la existencia real de un tesoro enterrado; así que, sin expresarlo, mantuve este sentimiento en mi mente, sin cuestionar nada de lo que escuchaba. Por otro lado, veía la cara de mis compañeros y percibía un sentimiento similar al mío; sin embargo, era evidente que dejar el camino en esos momentos no era ya una opción.

Llegamos al casco de la hacienda, lo cual fue un buen primer paso de credibilidad, porque un servidor dudaba que fuéramos a encontrar siquiera una edificación en aquella zona alejada de todo.

Mi amigo, el experto, descendió de su camioneta, se armó con el equipo detector y, con ánimo de dar por terminado todo de la manera más rápida posible, nos pidió a los demás que permaneciéramos cercanos al vehículo mientras él desplegaba su tecnología.

Mientras mi amigo se alejaba de nosotros, nos quedamos platicando de otros temas no relacionados, haciendo bromas y admirando el paisaje, que cabe señalar era muy atractivo.

Mi amigo realizó un barrido del terreno alrededor de la construcción y regresó a nosotros sin hacer ningún comentario sobre los resultados que habían arrojado los aparatos, cuando todos vivíamos una gran desesperación por conocer su veredicto al respecto; sin embargo, mi amigo me llamó y me pidió que realizara la misma actividad que momentos antes había desempeñado, con el ánimo de corroborar el dato, que en ese momento seguía siendo una gran incógnita. Me instruyó en el manejo del equipo, me dio instrucciones precisas del lugar de búsqueda y me pidió que no dijera nada sino hasta finalizar.

Para ese entonces yo ya tenía una versión del lugar por parte del campesino. La edificación era un viejo granero edificado de piedra y cal, con unas paredes muy anchas y el techo abovedado. Frente a la entrada del edificio había una especie de corral de piedra bien acabado, que se componía de una pared circular de metro y medio de alto con una sola entrada. Según el campesino, el entierro se localizaría dentro de este espacio que quizás sirvió en algún momento para reunir al ganado.

Siguiendo al pie de la letra las instrucciones, realicé un barrido recorriendo un triángulo equilátero alrededor de la construcción. El detector marcó con gran fuerza una señal de oro escondido en una de las paredes de la construcción, lo cual comenté al experto al finalizar mi encomienda. Mi amigo me comentó que efectivamente a él le había marcado lo mismo y en el mismo lugar.

Dejamos el equipo en la camioneta y nos dirigimos al muro marcado por los aparatos. Cuando comenzábamos a escudriñarlo, inmediatamente tuvimos que salir corriendo debido a que en el lugar se localizaba un panal de abejas, que al sentir nuestra presencia provocaron una nube de insectos que defendían su territorio.

Lo primero que teníamos que resolver, antes de siquiera pensar en cavar o realizar un hoyo en las paredes, era obtener el permiso del dueño para hacerlo. Después tuvimos que resolver cuidadosamente el tema de las abejas, para lo cual no íbamos preparados, así que tuvimos que dejar el lugar, aun cuando el campesino insistía en que era el momento de cavar.

Después de unos meses de gestión con el propietario del lugar, obtuvimos el permiso para excavar, con el compromiso formal de dejar la construcción en el mismo estado en que se encontraba. Curiosamente el dueño, un señor de edad avanzada, al enterarse que nuestro propósito era desenterrar un supuesto tesoro escondido en su propiedad, lo único que nos pidió fue que el daño fuera reparado, que le avisáramos lo encontrado y que tuviéramos bendiciones. Nos externó que él era un hombre solo, aguardando la muerte en el corto plazo, por lo tanto no tenía el deseo de participar en la repartición del tesoro; solo nos pidió que le informáramos y nos aconsejó que, al encontrar lo que supuestamente buscábamos, fuéramos honestos, ecuánimes, humildes y agradecidos, porque “el dinero es el Diablo”, y nos dejó esta clara advertencia respecto de lo que podría causar la avaricia y el egoísmo en nuestras vidas.

El siguiente fin de semana en que obtuvimos el permiso, nos equipamos los cuatro participantes originales para comenzar la búsqueda.

Retiramos el panal de abejas con humo, lo cual fue una labor de un día, y una vez librado este obstáculo y previo a un nuevo muestreo con el equipo, procedimos a cavar en el muro donde se identificaba la señal.

Retiramos unas cuantas piedras que componían el muro y encontramos un pequeño bolso de piel, lleno de tierra y con algo de humedad, a punto de deshacerse, lo cual despertó en todos un gran ánimo y una gran curiosidad. ¡Lo habíamos logrado!, habíamos encontrado un tesoro oculto.

En el interior del bolso se resguardaban dos pequeñas monedas de oro de $20 pesos fechadas en 1920. Se encontraba una pequeña cruz de oro un tanto maltratada por el uso, la cual pesaba aproximadamente unos 4 gramos. Lo más relevante es que dentro del bolsillo encontramos una nota, escrita con letra antigua, en un pedazo muy maltratado de papel añejo que rezaba lo siguiente:

Refugio:
Estas monedas las escondí el día en que tuve que partir para el norte, las dejé aquí para que nadie las encontrara hasta la víspera de la tranquilidad, Don Rufino de la Hacienda Grande te las puede pagar bien con grano pa´ los animales y mantas, ancina le pido al Señor que te llene de bendiciones.
Juvencio

Para poder leer la nota fue necesario realizar una serie de consultas con personas acostumbradas a leer este tipo de letra, y extraer conclusiones de algunas palabras que antecedían a otras, ya que el documento se encontraba muy dañado por los años.

Intentamos localizar, entre los pobladores cercanos, el paradero de “Refugio” o de algún familiar para poder cumplir el deseo del antiguo propietario del tesoro; sin embargo, nadie nos pudo informar con veracidad el paradero de esa persona, más aún cuando nos enteramos de que en la localidad había antecedentes de tres personas que llevaron en vida ese nombre, pero ninguna de ellas se relacionaba con la única persona nombrada Juvencio. La única persona que en vida se llamó Juvencio Martínez Ruiz fue un peón que trabajó para la hacienda y que murió a la edad de 23 años de una enfermedad relacionada con la tuberculosis, quien era hijo de Filemón Martínez y Rosenda Ruiz, que nunca tuvieron relación alguna con las mujeres nombradas Refugio. No sabemos si este joven, a su corta edad y a su condición social, pudiera haber sido el dueño de lo que entonces se consideraba una gran cantidad de dinero.

Considerando que el tesoro encontrado no resolvería nuestra situación económica permanentemente, decidimos conservar las monedas y pagarle al campesino el monto que se hubiera repartido entre los cuatro participantes; sin embargo, la experiencia vivida nos dejó a todos un sentimiento indescriptible de aventura y admiración, al ser testigos del hallazgo real de un pequeño tesoro escondido en el tiempo.

Por: Juan Michelena

Si deseas saber más sobre equipos detectores, búscame a través de Facebook

Juan Michelena

Sobre el autor

Juan Michelena

1 artículo · 1.845 lecturas

Comparte tu conocimiento con el mundo.

Publicar un artículo →