Spinoza: un pensador expulsado por su autenticidad
Spinoza se anticipó a la secularización, al Estado político democrático liberal y al crecimiento de la ciencia natural, y preparó el terreno a la ilustración.
2 de enero · 727 palabras
El filósofo Baruch Spinoza ha sido reivindicado por neurobiólogos como Antonio Damasio, quien ve en su teoría de una única sustancia, Deus sive natura, con infinitos atributos, un marco teórico coherente para los avances en neurociencia.
El Dios de Spinoza, equivalente a la naturaleza, es un Dios que no juega a los dados y en el que todo sucede de acuerdo con las leyes de la naturaleza, como lo afirmó Albert Einstein. A pesar de que fue expulsado de su comunidad sefardita, la vida de Spinoza no fue un drama externo.
Fue un pulidor de lentes solitario y enclaustrado en su destierro, buscando incansablemente las ordenadas leyes del mundo moral y material. Su virtud ética permea su reflexión: aceptación.
Su objetivo es superar la esclavitud de las pasiones y no atarse a las autoridades que interpretan las historias supuestamente sagradas para pensar por sí mismo.
Para él, el camino hacia la felicidad no consiste en satisfacer los deseos que nos acechan, sino en reconocer que es la mente humana la que determina lo que es temible, deseable o de valor incalculable, y por lo tanto, la mente es la única cosa que debe ser alterada.
El Spinoza reivindicado.
Spinoza ha sido reivindicado por neurobiólogos, como Antonio Damasio, que entiende que su teoría de una única substancia, Deus sive natura, con infinitos atributos permite encuadrar en un marco teórico coherente los avances que se producen en las neurociencias. Einstein, cuando hablaba con Dios, hablaba con el Dios de Spinoza, un dios del todo equivalente a la naturaleza, un dios que “no juega a los dados” y que todo lo que ocurre, sin excepción, sucede de acuerdo con las ordenadas leyes de la naturaleza.
El Spinoza repudiado.
Spinoza era sefardita que fue expulsado de su comunidad. A pesar de ser apartado, no hay un drama externo en su vida. Una corta existencia que a primera vista no nos proporcionaría muchos indicios para imaginar o fabular una historia épica. Por el contrario, fue un pulidor de lentes alejado de los cenáculos, sin relaciones con las mujeres, enclaustrado en su destierro, buscando incansablemente las ordenadas leyes del mundo moral y material. Quizá la virtud ética que permea toda su reflexión sea la aceptación. Su mirada no pretende hacer un mundo a su medida; por el contrario, su leitmotiv era “superar la esclavitud de las pasiones”. Las pasiones nos atan, nos enjaulan en un yo que nos ciega. Existe otro tipo de pasiones que nos esclavizan: creer que Dios tiene el deseo de ser glorificado y sucumbir a las autoridades que interpretan las historias supuestamente sagradas. Así, uno debe alejarse de quienes se empeñan en presentarse como autoridades para pensar por sí mismo, pero a su vez no debe atrincherarse en su estrecho yo. No se trata de satisfacer los deseos que nos acechan porque, una vez que un objetivo ha sido alcanzado, simplemente engendra una nueva necesidad. Y así, más carreras, más búsquedas, ad infinitum. Así, piensa que el camino a la felicidad no efímera pasa por otro lado. Pasa por el lado de reconocer que es la mente humana la que determina lo que es temible, deseable o de valor incalculable, y por lo tanto es la mente, y solo la mente, la que debe ser alterada. Lo expulsan y lo destierran a la soledad porque no quiere renunciar a su propia mente.
La libertad era su única meta.
La libertad era su única meta, la libertad de pensar, de analizar, de transcribir los pensamientos que resonaban en su mente. Su punto de partida era su fe en la capacidad de razonar que todo ser humano posee. Con la razón podemos alcanzar la ataraxia (la imperturbabilidad del alma) y, por lo tanto, eliminar la ansiedad y las preocupaciones. En su vida ascética intentó maximizar el placer minimizando el dolor. Se alejó de las pasiones incontrolables para vivir en paz. No se embaucó con las caprichosas mariposas del enamoramiento fugaz y sorpresivo y fue consciente de que cuando el encaprichamiento lujurioso es consumado, el amante experimenta el aburrimiento o los celos, o ambos. Por su apego a la libertad no se dejó atravesar por la fuerza titánica de las pasiones amorosas y valoró un amor superior, el amor a los amigos, que nos abre a un estado de mayor serenidad. Para Spinoza el fin del Estado es la libertad: “El fin del Estado no es dominar a los hombres ni obligarles mediante el temor a someterse a derecho ajeno, sino, al contrario, liberar a cada uno del temor, a fin de que pueda gozar del mejor modo posible de su propio natural derecho de vivir y de actuar sin perjuicio para sí y para los demás” (Tratado teológico político).
Un Dios que refleja nuestras pasiones.
Dios no nos hizo a su imagen, sino que nosotros lo hicimos a él a nuestra imagen. Spinoza decidió decir la verdad; no estuvo dispuesto a renunciar a sus pensamientos para ser aceptado. Lo expulsaron porque fue auténtico y tolerante. Creyó que si uno vive entre hombres con creencias enormemente diferentes, entonces uno no puede complacerlos sin cambiar uno mismo enormemente. Su creencia era que la naturaleza, que es infinita y eterna y abarca toda substancia que existe en el universo, actúa de acuerdo con leyes ordenadas que no pueden ser reemplazadas por medios sobrenaturales (Dios es naturaleza. La naturaleza es Dios). Dios ni juega a los dados ni es nuestro papá salvífico.
Sobre el autor
Licenciado en filosofía y en psicología por la Universidad Central de Barcelona. Máster en psicoterapia humanista por el Instituto Erich Fromm.
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