Cuba casi pereció por las bombas nucleares

Era el 1 de enero de 1959 cuando un grupo de cubanos al mando de Fidel Castro tomaba el control de la isla de Cuba después de vencer al dictador Fulgencio Batista. Ese hecho marcó el inicio de una revolución que transformó la isla y, poco después, desencadenó una crisis internacional que casi provoca un enfrentamiento nuclear.

Adán J. Loredo
Adán J. Loredo

17 de diciembre · 921 palabras

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Cuba casi pereció por las bombas nucleares - Historia

La Revolución cubana de 1959 se caracterizó como “descomunal en papel y tinta” más que por su poderío bélico.

El triunfo de Fidel Castro sobre el dictador Batista fue difundido masivamente por los medios de comunicación, pero aunque en comparación con otras revoluciones, la cubana fue pequeña e insignificante en bajas y número de combatientes, la violencia por parte de los seguidores de Castro fue notable.

Para Estados Unidos, el cambio de régimen en Cuba y su aproximación hacia una dictadura comunista era un problema, en plena Guerra Fría y con el temor a que el “fervor cubano” contagiara al sur del continente. El presidente en turno, Dwight D.

Eisenhower, optó por dejar el asunto cubano a su sucesor, John F. Kennedy, quien decidió permitir que los propios cubanos arreglaran la situación en su país.

Se planificó armar y entrenar a los cubanos y ayudarles a llegar a Cuba para terminar con la dictadura comunista de Castro, lo que llevó al intento fallido de desembarco en Bahía de Cochinos en 1961.

En conclusión, la Revolución cubana fue un evento que tuvo gran repercusión a nivel internacional en su momento, y cuyo legado aún perdura en la política internacional.

La guerra duró poco más de dos años y, en comparación con otras revoluciones, fue pequeña e insignificante en bajas y en número de combatientes, pero grande, descomunal, en papel y tinta.

Los medios de comunicación del mundo entero derrotaron al dictador Batista, pero, por si faltaba sangre para que fuera una verdadera revolución, Castro y sus seguidores pasaron por las armas a cuanto pudieron para que quedara claro quién mandaba en la isla.

Cuba estaba en el ojo de todo el mundo. A no pocos se les caía la baba al ver que un grupo de jóvenes decía estar cerca de erradicar la pobreza y el sufrimiento de los débiles y oprimidos en la isla caribeña. Se trataba, pues, de un cambio de régimen: una dictadura capitalista desaparecería para dar paso a otra dictadura, pero ésta era comunista.

Para los Estados Unidos eso era un problema. Y más si el fervor cubano se expandía al sur del continente. Un patio trasero comunista era lo que menos querían los americanos en plena Guerra Fría. El presidente de los Estados Unidos en turno, Dwight D. Eisenhower, el héroe de la Segunda Guerra Mundial, estaba esperando pacientemente a que llegara el día de su jubilación, así que optó por dejar el problema cubano en las primeras carpetas de la lista de pendientes que tendría que atender su sucesor nada más llegara.

En enero de 1961 tomaba el timón un joven aristócrata de Massachusetts, John F. Kennedy, y, efectivamente, entre los primeros problemas que tuvo que atender estaba el nombre de Cuba. Kennedy tomó la decisión de dejar que los propios cubanos arreglaran las cosas en su país y pusieran punto final a Castro y su dictadura comunista. Había voluntarios de sobra; en Miami estaban llegando constantemente grupos de cubanos que salían huyendo de la isla.

La cosa parecía sencilla: entrenar a los cubanos, armarlos y darles un medio de llegar a Cuba para que a tiros resolvieran la situación. La mano americana se vería, más que nada, en la fuerza aérea, que tendría que eliminar a los aviones de Castro y evitar que éste tuviera una poderosa ventaja. El desembarco de los cubanos fue en la llamada Bahía de Cochinos, el día 15 de abril de 1961, unos meses después de la llegada de Kennedy a la Casa Blanca.

Para desgracia de los cubanos, el joven presidente de los Estados Unidos decidió no hacer uso de la fuerza aérea. El resultado de la invasión no podía ser otro que el fracaso. Castro lo sigue utilizando como uno de los logros más importantes de la Revolución Cubana. Pero algo le quedó bien claro al líder cubano: los norteamericanos iban a deshacerse de él de una u otra forma. Con el país más poderoso del mundo era imposible meterse, así que solo le quedaba aliarse con otro que casi le igualara en poderío: la Unión Soviética, el enemigo mortal de los Estados Unidos.

El líder soviético en turno, Nikita Krushev, no tardó en contactar con Castro para ofrecerle gratis toda la ayuda que necesitara. Al dictador cubano le cayó de perlas la generosidad de los soviéticos. Aceptó, sin un rechinar de dientes, que pusieran en su isla plataformas para misiles con carga nuclear. Ya eran palabras mayores y, al parecer, Castro no se daba cuenta de la estupidez que estaba haciendo.

Pronto se dieron cuenta en Estados Unidos y alistaron todo para la Tercera Guerra Mundial, que tendría un excesivo uso de bombas nucleares. El mundo estaba verdaderamente en peligro y Cuba sería, de estallar la guerra, el primer blanco. Kennedy actuó con cautela y con deseo de que la raza humana no pereciera. No ordenó un ataque con todo su poder a rusos y cubanos; se limitó a bloquear la isla de Cuba y dejar a sus enemigos la tarea de hacer el primer disparo. Lo hizo Castro en una acción irresponsable que, seguramente, también hizo palidecer a Kennedy y a Krushev: derribó un avión americano que volaba por encima de la isla.

El presidente de los Estados Unidos aguantó el golpe y siguió dejando la puerta abierta al diálogo. Krushev sabía que no la tenía segura y que, en realidad, llevaba las de perder; ya no podía abusar de la paciencia de Kennedy, así que aceptó dialogar y llegar a un acuerdo.

Los rusos tuvieron que llevarse de Cuba todo el arsenal que tenían allí. Kennedy se comprometió, a cambio, a no tocar un pelo de la barba de Castro. La guerra entre los dos colosos, que no la querían, se evitó a pesar de la intervención del dictador de una pequeña isla que, al parecer, deseaba ver desaparecer a sus compatriotas en un abrir y cerrar de ojos.

La irresponsabilidad y el poco tacto de Krushev, que se atrevió a poner bombas nucleares a unos kilómetros de los Estados Unidos sabiendo que eso era una declaración de guerra, y la poca inteligencia de Castro no hicieron que Cuba ardiera en llamas, gracias a la paciencia de Kennedy. Tuvieron suerte; tal vez, si otro hombre hubiera mandado en el coloso del norte, no habrían tenido oportunidad de vivir para contar que cometieron una de las más grandes estupideces que se han cometido en la historia.

Adán J. Loredo

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Adán J. Loredo

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