Los valores de la equidad, la participación y la aceptación
Desde la diferenciación que establece Max Weber entre poder y autoridad, podemos comprender que el derecho emana de la autoridad, que a su vez dirime lo injusto de lo justo en los asuntos cotidianos de sus miembros. Este texto explora cómo valores como la equidad, la participación y la aceptación orientan nuestra acción ética y profesional.
20 de octubre · 2158 palabras
En este artículo se aborda la intervención de los psicólogos en términos de la ética y los valores que deben guiar su labor. Se resalta la diferencia entre legalidad y justicia, y se señala que la ética adquiere sentido en la medida en que el objeto de estudio son las acciones humanas.
Se reconoce que la neutralidad axiológica es una aspiración intachable, aunque improbable de llevar a la práctica. Se argumenta que los valores son esenciales para la existencia humana y se encuentran en los conocimientos trascendentales.
Además, se considera que es necesario replantear constantemente los valores trascendentes en una perspectiva crítica y contextual. Sin embargo, esta perspectiva puede ser criticada desde diferentes puntos de vista, como el nihilismo o la imposibilidad de establecer valores universales.
En general, se concluye que los valores deben ser considerados en la práctica de la psicología, aunque su definición y aplicación pueden generar debate.
Como psicólogos intervenimos parapetados por una legislación, pero nuestra mirada telescópica va más allá al asentarse nuestras intervenciones en determinados valores. Hay una diferencia sutil entre legalidad, que se refiere al poder, y justicia, que se refiere al ejercicio del poder. La ética adquiere sentido en la medida en que nuestro objeto de estudio e intervención son las acciones humanas. No es posible una intervención psicológica ajena a los valores. La neutralidad axiológica es una aspiración intachable, pero es improbable que podamos llevarla a la práctica. Aristóteles entendió que “el hombre prefiere lo no probable verosímil a lo probable no verosímil”; así, dirimir el “sentido” de las acciones es más prioritario que atender a una verdad que transita sin red de lo cognoscitivo a lo axiológico. Establecer un hiato entre la teoría y la práctica supone comprender que la ciencia no nos puede suministrar los valores que deben guiar nuestra existencia. Los valores son las brújulas que guían nuestra existencia y los encontraremos en los santuarios que nos proporcionan los conocimientos científicos; por ello, los conocimientos trascendentales han ocupado un espacio relevante. Los valores incluyen la finalidad: mientras la ciencia se pregunta por el cómo, los valores siempre nos remiten al por qué. No me parece lícito el salto de la inmanencia a la trascendencia, pero no podemos vivir con una trascendencia impenetrable. Una reflexión crítica debe permitirnos replantearnos constantemente nuestros valores trascendentes. Esta perspectiva de un sesgo innegable de contextualismo, no relativista, puede ser criticada desde muchos frentes. Así, unos pueden argüir que estamos ante un nihilismo, otros que no es posible establecer valores universales, otros que el peso cultural (social e histórico) es excesivo, que la ciencia no puede ser un mero instrumento. Pensar que los valores son siempre producto de un pacto histórico y contingente es cargarse de un plumazo la existencia de un derecho natural. Las dificultades que hallo en las teorías universalistas son el inmovilismo que comportan, mientras soy consciente de la necesidad de unas ficciones que operen sin ser conscientes de que lo son. Nietzsche, con su conciencia lúcida, se dio cuenta de que “todo lo que he pensado es mentira, pero menos mal que me he dado cuenta tarde”. En el fondo parece, otra vez citando al díscolo filósofo germano, que “cada uno tiene la verdad que es capaz de soportar”.
En la ética existen dos tipos de indagaciones: la ética normativa, que acredita determinados criterios con arreglo a los cuales debemos valorar la bondad o justeza de las acciones humanas, y la metaética, que reflexiona sobre los criterios para buscar su fundamento y justificación. Me centro en la metaética para desvelar cómo nuestras acciones pueden fundamentarse y, para ello, establezco una visión dicotómica entre teorías cognoscitivas y teorías no cognoscitivas.
Teorías cognoscitivas y no cognoscitivas de la acción justa
Una gran parte de estas teorías sostiene que los valores son cualidades inherentes a las cosas o acciones y, por consiguiente, cognoscibles. Se subdividen en el naturalismo, que parte de la tesis de que los valores son cognoscibles empíricamente; el racionalismo, que establece el carácter racional de los valores; y el intuicionismo, que asume que los valores son mediados por la intuición. El otro grupo, no cognoscitivo, piensa que no pueden darse conocimientos sobre los valores, ya que son una expresión de los estados de ánimo. En este grupo encontramos a los voluntaristas, cuyo fundamento es la voluntad, y a los emotivistas, que se basan en el sentimiento. La perspectiva que subyace en nuestras intervenciones como psicólogos implica un análisis más exhaustivo de cada una de las teorías esbozadas.
1.- Teorías cognoscitivas
Para el naturalismo la justicia es una cualidad que pertenece a las normas o a las acciones, siendo susceptibles de corroboración empírica. En la tradición filosófica de Occidente se ha materializado en el utilitarismo, que identifica la justicia con la utilidad. Para Bentham el fin es conseguir la mayor felicidad para el mayor número de personas e ideó una especie de “aritmética moral” que conduce a la afirmación de que una acción que produce más placer que dolor debería aprobarse. Stuart Mill pretende dar un fundamento psicológico-asociacionista al paso de lo útil individual a lo útil colectivo, mientras Spencer le da un fundamento biológico-naturalista. El desarrollo ulterior del utilitarismo lo podríamos definir en dos líneas que son pertinentes en nuestra actuación como psicólogos: el utilitarismo del acto, que postula realizar aquellas acciones que proporcionen el máximo de felicidad para el mayor número de personas, y el utilitarismo de la regla, que no se fundamenta en las consecuencias de la acción singular, sino en las consecuencias que tendría la adopción de una regla general de la máxima en la que se inspira la acción. El utilitarismo se sustenta en una ética de las consecuencias, siendo la corriente de más abolengo empírico y que menos posibilidades dota a una “ética de las convicciones”.
En la misma línea, el iusnaturalismo moderno sostiene que existe una tendencia instintiva a la sociabilidad. Para Grocio se deben observar cuatro reglas: a) abstenerse de las cosas ajenas; b) mantenimiento de las promesas; c) adecuación de la pena al delito; d) resarcimiento del daño causado.
Para el racionalismo la justicia es una cualidad perteneciente a las normas o a los comportamientos que se revela por la racionalidad humana. Para Kant, el derecho es la exigencia de conciliar la libertad de cada uno con la de los demás. Una actuación justa es la que permite la coexistencia de las distintas libertades. Como psicólogos, cuando actuamos debemos ser conscientes de que la persona o el grupo no es un medio, sino un fin en sí mismo. Una ética racionalista se cimienta en un formalismo que, como patentiza el prescriptivismo de Hare, sostiene que los juicios éticos son universalizables.
Por último, para el intuicionismo, Platón sería el representante más preclaro: el bien y la justicia son realidades trascendentes, suprasensibles.
2.- Teorías no cognoscitivas
La teoría voluntarista se divide en cuatro: el materialismo jurídico (la ley del más fuerte, de resonancia nietzscheana), el contractualismo (contrato para la paz social; su representante sería Hobbes), el estatalismo (una fusión de las dos anteriores e identificada con el positivismo jurídico) y el teologismo (representado por San Agustín de Hipona).
Otro grupo de teorías serían los emotivistas; los representantes más claros han sido los neopositivistas. Para los neopositivistas, una acción justa no tiene sino un significado emotivo y no hace más que expresar nuestras preferencias hacia ciertos comportamientos.
Ética del éxito o ética de convicciones
El breve repaso a las teorías mencionadas nos puede hacer entender la existencia de dos grandes grupos de teorías metaéticas: teorías absolutistas (de convicciones), que defienden la inmutabilidad del criterio de la acción justa (pertenecientes al iusnaturalismo, racionalismo jurídico, teologismo jurídico e intuicionismo), y teorías relativistas, que piensan que lo justo está sometido a fluctuaciones históricas (pertenecientes al utilitarismo, contractualismo, estatalismo, positivismo jurídico y el emotivismo).
Una ética del éxito presupone una acción racional con arreglo a valores. Intervenimos en relación a unos valores (consideramos algo digno o valioso), pero la pregunta acuciante podríamos formularla del siguiente modo: ¿por qué unos valores y no otros? En cierto modo, la ética de las convicciones es una acción sustancial con arreglo a valores válidos en cualquier contingencia. El cementerio está repleto de visionarios que, impelidos por la pasión de un valor inquebrantable, utilizaron a sus semejantes como mera tramoya; pero, a su vez, la racionalidad en pos del éxito ha sembrado los crematorios de una cantidad ingente de anónimos. Una solución parcial es poner en el centro a la persona. Se me puede tildar de cierto sesgo occidentalista al considerar el individuo por encima del grupo; además, la justicia me parece una virtud fría mientras la equidad desprende un calor que reconforta. La equidad comporta la empatía, es decir, la conciencia de que el “otro” se comporta en base a otros valores que pueden resultar diametralmente opuestos a los míos. Hobbes es consciente de que los hombres, para vivir en sociedad, tenemos que pactar; si no, viviríamos en una “guerra constante de todos contra todos”. No en vano es el primer autor que sustenta teóricamente una doctrina jurídica positivista, cuyo objeto es limitar la sed insaciable de poder que alimenta el alma de los seres humanos. Presumiblemente Hobbes estaría de actualidad en nuestra sociedad aparentemente muy competitiva, pero no hay que olvidar que en la espesa fuerza de la lucha existen remansos de paz y cordialidad. El problema lo podríamos plantear con una pregunta inquietante: ¿cómo llegar a un acuerdo unánime sobre aquellos principios que han de organizar y encauzar nuestro desacuerdo? En una línea similar a la propuesta de necesidad de pensar la equidad, Rawls propone una teoría de la imparcialidad (fairness). Rawls critica, sin hundirlo tanto, al utilitarismo como al intuicionismo; digamos que se aproxima al utilitarismo y moralmente se sustenta en el intuicionismo. Para Rawls, el error del utilitarismo es confundir la imparcialidad con la impersonalidad. Nos propone un experimento mental con su “velo de ignorancia” para crear los principios rectores, pero como teoría declarada de inspiración kantiana navega con una ética de la convicción que no quiere renunciar al éxito.
Retomando el valor de la equidad y de la imparcialidad, presuponen reconocer una pluralidad de valores que se resiste a una racionalidad ética. No se me puede acusar de nihilista porque asumo que en la acción los valores desde una ética del éxito se pueden fundamentar racionalmente y los valores desde una ética de convicciones son impenetrables a la luz de la más potente racionalidad. Ortega afirma que “en las creencias estamos y las ideas las tenemos”: si las creencias se basan en valores hablamos de moral y si las ideas se cimientan en la reflexión nos referimos a la ética. La moral, como conjunto de reglas explícitas e implícitas, es inexcusable en cualquier sociedad; la ética es la reflexión sobre las reglas que nos sustentan. Pensar es convertir lo extraño en familiar y lo familiar en extraño; como hace la ética, es volver a ver nuestros valores. Como psicólogos intervenimos en el marco de unas creencias, una moral, pero como pensantes podemos ser seres éticos si somos lo más equitativos e imparciales (sin ser impersonales) que nuestras capacidades nos permitan. La ética exige un esfuerzo, una traslocación del lugar que ocupo para ser el “otro”. Sin duda, como afirmó Sartre, “el infierno son los otros”, pero el purgatorio, el estado más impreciso y doloroso, es asentarnos en nuestros asideros sin despojarnos de nuestras vestiduras. La ética es dejarse contaminar con la “mirada del otro” para acceder a nuestra “mismidad” con el tamiz, todo lo contingente que se quiera, de los que nos han mirado. Apuesto por un decisionismo, por alguien que es capaz de actuar en relación a una justicia que se fundamenta en los principios de imparcialidad y equidad. La imparcialidad sería el espíritu apolíneo nietzscheano (esa necesidad de orden, de racionalidad), mientras la equidad sería dionisíaca (esa pasión creadora y desbordante). Una hipertrofia de Apolo nos conduce al desencanto; una sumisión a Dionisio nos paraliza y nos convierte en marionetas de nuestros instintos. Dionisio es más difícil de comprender porque la equidad presupone el reconocimiento de la individualidad, de la fuerza creadora ajena a cualquier convenio. Apolo es la rutina, la burocracia, y Dionisio es la fuerza, el carisma. Una ética completa requiere tanto de la rutina como del carisma, de las normas como de la capacidad de violentarlas si fuera necesario, de los individuos como de la sociedad en su conjunto. Una ética sancionadora arruina la fuerza del carisma; una ética sin principios impide la supervivencia de cualquier cultura. La ética es la amalgama más sólida para cualquier sociedad: permite que cada uno se sienta individuo y, a su vez, parte imprescindible para la supervivencia de su cultura.
El otro valor que propongo, inspirándome en Comte-Sponville, es el de la aceptación. Si nada en nuestra tierra o fuera de ella genera reglas y obligaciones, sólo el consenso entre los seres humanos reales puede proporcionarnos una base ética para la convivencia. Si optamos por la tolerancia asumimos tanto una inmanencia como una sociología del poder. Ciertamente Kant establece una filosofía humanística de la inmanencia que presupone la existencia de este mundo como único ser actual y única fuente de valor ético y autoridad política. El peligro surge cuando el triunfo de la inmanencia transforma el poder en autoridad. Una autoridad que en el mejor de los casos puede ser tolerante con respecto a sus súbditos descarriados. La aceptación presupone mirar al “otro” sin el tamiz de un marco de referencia, considerarlo como una autoridad en sí mismo. Una vez más, centrarse en la persona, en su autonomía, es un principio imprescindible en la acción ética.
Sobre el autor
Licenciado en filosofía y en psicología por la Universidad Central de Barcelona. Máster en psicoterapia humanista por el Instituto Erich Fromm.
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