Independentismo vintage
Bajo el lema «El 11 de septiembre marchamos sobre Barcelona. Catalunya nuevo estado de Europa», la Asamblea Nacional Catalana convocó una manifestación por el derecho a la autodeterminación y la independencia. Considero que ello es motivo suficiente para reflexionar sobre el sentido de la independencia en el siglo XXI.
4 de septiembre · 1311 palabras
La Asamblea Nacional Catalana ha convocado una manifestación con el lema "El 11 de septiembre marchamos sobre Barcelona. CATALUNYA NUEVO ESTADO DE EUROPA" para reivindicar el derecho a la autodeterminación de Cataluña y pedir directamente la independencia.
Esta situación nos lleva a reflexionar sobre el concepto de independencia en el siglo XXI. Si bien antes el Estado era considerado el enemigo, ahora lo vemos como la única defensa contra los mercados financieros.
Pero el dominio del Estado se ejerce más por consentimiento que por represión, lo que nos muestra que han cambiado las decisiones políticas y económicas.
En la era del capitalismo gaseoso, el poder del Estado ya no es capaz de financiar y poner en práctica todo tipo de políticas económicas, siendo el propio Estado el que debe ser financiado y promovido.
En la situación de crisis actual, aparece el miedo y se espera que el Estado pueda solventar los problemas, pero quizás debemos repensar el concepto tradicional de Estado y su capacidad de resolver todas las problemáticas.
Bajo el lema «El 11 de septiembre marchamos sobre Barcelona. Catalunya nuevo estado de Europa», la Asamblea Nacional Catalana ha convocado una manifestación para reivindicar el derecho a la autodeterminación de Catalunya, pidiendo sin ambages directamente la independencia.
Considero que es suficiente motivo para reflexionar un poco sobre el concepto de Independencia en el siglo XXI, dentro de las limitaciones de un post y sin entrar en la coyuntura de la noticia, aunque es muy reveladora de cierto desconcierto. Reivindicamos lo in (pacto fiscal) simultáneamente a lo out (independencia). Muchos políticos dicen que no irán a la mani, pero automáticamente instan al público a participar masivamente. (yo no voy, pero que no falte nadie).
El Estado-nación:
El Estado ha pasado por diversas fases, digamos, de popularidad. Hace pocos años, para determinada izquierda, era el enemigo al que debía derrocarse, encarnación de todas las perversiones neocapitalistas (el Leviatán) y ahora lo reivindicamos como la única baza que nos queda para poder hacer frente al tsunami globalizador encarnado en los mercados financieros.
Los que nos formamos políticamente en la era de Estado depredador, represivo y bebimos de las fuentes contraculturales, entre otros, de Marcuse. Después, leyendo a Foucault, no nos percatamos de que el dominio del Estado se ejercía más por consentimiento que por represión. Provenimos, en definitiva, de una época en que las decisiones políticas eran decisiones económicas. Algunos se empecinan en no ver que esto ha cambiado y esperan que el Estado corrija la situación aplicando métodos políticos, keynesianismo para contrarrestar a las políticas del puro mercado, etc.
Hace unos años todo parecía intervenido por el Estado, pero ahora, en la era del capitalismo gaseoso, este poder que era capaz de financiar y poner en práctica todo tipo de políticas económicas se ha evaporado y ahora es el propio Estado al que hay que financiar y promover.
En la situación de crisis en la que estamos inmersos aparece el miedo y nos gustaría que el papá Estado estuviera, como antes, a la altura de las circunstancias y presentara batalla a los mercados, a los bancos, a los especuladores y evasores, poniendo barreras al desaguisado especulativo global.
Además, para acabar de complicarlo, estamos en una situación de construcción europea que implica una deconstrucción del Estado-nación, especialmente a partir de la creación de la moneda única, el €. La parte más importante de la soberanía del Estado, la capacidad de acuñar moneda, devaluarla, etc., es decir su independencia económica, nos parece que perdemos referencias fuertes y no ganamos de nuevas.
Al contrario de lo que muchos piensan, la crisis está actuando como catalizador de esta construcción; está forzando una unificación de políticas públicas (control de presupuesto, inversión pública, etc.) como nunca se había producido en la UE desde sus albores. (Lo censurable no es el qué sino el cómo se está haciendo).
El Estado, una vez perdidas sus esencias económicas y el control externo, sólo le queda el control interno político y cultural (represión - consentimiento) y a ello se aferra encarnizadamente. Ejemplo: por más que aparente Rajoy que negocia con Europa, está al dictado como todo quisqui en la UE, y en política interior, aprovechando su mayoría absoluta, se aferra no sólo a no soltar según qué clase de prenda autonómica, sino a reconstruir un nuevo centralismo. (El centralismo, a diferencia del federalismo, no puede ser, por definición, asimétrico y esto preocupa a algunos y euforiza a otros).
El juego de las identificaciones:
Así como los norteamericanos identifican como su nación a América (la nación americana como sinónimo de EE. UU.) y el estado al que pertenecen, desde Alabama a Wyoming, lo ven como una circunstancia administrativa, los europeos lo hacemos al revés: nuestra nación es España, Alemania o Italia… y Europa una circunstancia administrativa.
Como si los Estados-nación no fueran construcciones sociales y formaran parte del estado de naturaleza rousseauiano. A la mayoría de los catalanes (los nacidos en Catalunya y segundas y terceras generaciones de inmigrantes) nos pasa lo mismo con España: no la sentimos como nuestra nación, es una circunstancia histórico-administrativa que nos impide la autorrealización como sujeto histórico de pleno derecho, es decir, como Estado.
El Estado-nación ha ido perdiendo buena parte de su poder, confrontado como está con flujos globales de capital, de producción, de comercio, de gestión, de información, de comunicación y del crimen de las mafias internacionales.
El Estado es cada vez más inoperante en lo global y cada vez menos representativo en lo local. Los mercados, globalizados, ya no necesitan al Estado, como fue el caso en particular del proceso de industrialización en los dos últimos siglos, y los entes locales con personalidad nacional perciben en esto un resquicio de oportunidad.
La nación también es un constructo, pero más enraizado y sustentado en profundos elementos culturales, incluso étnicos, de un determinado colectivo; ahí radica su fuerza, pero ¿cómo ejecutarla en la praxis, mediante qué mecanismos la ponemos en valor?
El futuro:
Igual que es un misterio si hay vida después de la muerte, no sabemos si hay Estado después del Estado-nación.
¿El modelo de futuro será el Estado-red del que habla Castells? Si es así, lo interpreto como un conjunto de naciones que se articularán más allá del corsé de los viejos Estados nacionales, para la praxis política, económica y social. El modelo será transversal y de abajo a arriba, al revés de cómo se ha producido hasta ahora.
Ante una España con una mayoría de comunidades improductivas, ante una mal entendida y obligada solidaridad interregional (si es obligatorio no es solidario), es necesario diseñar nuevos modelos de interdependencia desde la independencia.
Estos modelos deberán trascender las tradicionales fronteras del Estado-nación para crear nuevas fórmulas que permitan el desarrollo en función de determinadas variables. En este sentido sería muy coherente la creación de un clúster Catalunya-Languedoc, con dos capitales importantes, Barcelona y Toulouse, en el que se daría una perfecta combinación de industria aeronáutica con servicios tecnológicos complementarios. Igual que un clúster Barcelona–Madrid sería muy potente. Pero ambos con el mismo estatus y con independencia de pertenecer a un antiguo territorio intra o interestatal.
Europa deberá entenderlo, pese a que aparezca ahora como el nuevo mega-Leviatán que nos engullirá a todos con nuestras peculiaridades y diferencias.
Pero el viejo Estado se resiste y presentará batalla hasta el final contra lo centrípeto y lo centrífugo que pretende deconstruirlo desde fuera y desde dentro.
Mientras vemos si será este u otro el camino que seguirá la Historia, el papá, o mejor dicho el abuelo Estado-nación, es el único referente que tenemos para la construcción de una identidad y de una praxis política autónoma.
A pesar, como he apuntado anteriormente, de que el contexto del siglo XXI apunta hacia organizaciones con mayor capacidad de adaptación, más interdependientes que independientes, nos empeñamos en sacar del baúl de los recuerdos del abuelito Estado sus trajes, discursos y banderas reivindicativas.
El vintage nos sienta bien porque nos reconocemos en él, nos presentamos como iguales al viejo Estado, aunque sólo sea en el orden del discurso y la estética. Y para hacerlo todo más patriótico y cañí, aparecen nuevos fantasmas retro como el coronel Francisco Alamán Castro, que ha amenazado con una intervención militar en Cataluña si proclama la independencia. Mientras, desde Bruselas, Barroso dice que la independencia de Catalunya no sería un problema interno de España sino que la solución se debería encontrar y negociar en el marco legal internacional.
Quizá no tengamos otro remedio mientras los Estados sigan con su intransigencia; no son tiempos para inventar sino para reciclar y reivindicar el mismo modelo, liarnos en la senyera como la chica del póster y proclamarnos más patriotas que el coronel Alamán. Ya sé que es poco glamuroso e innovador, pero es lo que hay.
Albert Pérez Novell
Sobre el autor
Albert Pérez Novell Barcelona, Catalunya Director Ejecutivo de NVConsulting. Experto en Márketing Comunicacional, Consultor en planificación estratégica, comunicación y...
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